ESCHER. EL DIBUJANTE QUE VENCIÓ A LA GRAVEDAD.

«A menudo me encuentro más cerca de los matemáticos que de mis colegas los artistas.
Todos mis trabajos son juegos. Juegos serios».

M. C. ESCHER

¿Un lunes a una exposición y encima en la Castellana, tan cerca del Bernabéu? A priori parece imposible; pero mirad, las cosas no siempre ocurren como todos las esperamos, de modo que sí, me planté ayer en el museo del Canal de Isabel II, en esa parte de Madrid por donde los atléticos pasamos «como pasa un extranjero».

M. C. Escher, holandés nacido en 1898. A nosotros nos quitaban Cuba (menos mal) y a ellos les nacía un crack del dibujo y la imaginación. Pero enseguida percibí que aquel tipo era decente: me recibió con unos canapés en forma de grabados con mucha litografía oscura: pájaros, animales, reptiles… todos ellos mezclados oportunamente, todos evolucionados hasta alumbrar la figura humana en los primeros platos.

Los humanos de Escher pasean por unas construcciones alucinadas en las que una escalera puede tener dos lados, y ser transitable por ambos. Parecen vivir en un tiempo en el que se aúnan distintas etapas históricas: en una Torre de Babel, edificada en los mitológicos años del Génesis bíblico, se alzan unas figuras, en la cima de la torre, que no parecen estar desafiando a ningún dios antiguotestamentario, sino más bien gozosos por lo conseguido.

El gozo, me pareció fundamental a lo largo de toda la visita. Se notaba que Escher gozaba mientras trabajaba. Me recordó a otros dos tipos: Lewis Carrol y Luis Eduardo Aute, en los que el concepto de juego, en los que lo lúdico parece guiar pinceles, argumentos, temas.

Y la exposición era un juego, sí: una parte consistía en una especie de laberinto en blanco y negro, con juegos de luces, espejos y cristales. Qué mareo: me perdí, lo reconozco, y eso que no serían más de setenta metros cuadrados.

Salí de esa zona, me recosté en una pared apartada y, entonces, comenzó a sonar una música y la pared que tenía a menos de treinta centímetros soltó unos cuantos destellos de luz: se alumbró una escena en la que unos cuantos reptiles subían planos inclinados y escalones, unas figuras desafiaban perspectivas y lógicas, unos charcos bullían de hojas otoñales. Qué manera de narrar, con la luz como voz.

Un tipo mayor, con barba afilada y ojos hundidos, me dijo: «Todos mis trabajos son juegos. Juegos serios». ¿Quién era ese viejo que se alejó descomponiéndose en esferas acuáticas que echaron a volar, ajenas a la ley de la gravedad?

Más salas: en otra mostraban un vídeo con el artista en plena acción, e incluían una entrevista. Frente a la pantalla, unos bancos como de misa soportaban el peso de los visitantes, pero distinguí en la penumbra a un grupo de «artistazos» que, por tales, observaban las evoluciones de Escher en pantalla tirados en el suelo: a más artistazo, postura más rara y horizontal. En el vídeo descubrí un poco decepcionado dos cosas: primero, que Escher tenía una voz excesivamente aguda para mi gusto, algo que no le iba a la barba y al rostro afilado y alargado que se gastaba; y segundo, que Escher se pronuncia con la CH arrastrada, como lo haría un gaditano: y obviamente no tengo nada en contra de lo gaditano, muy al contrario, pero estas dos cosas juntas le restaron algo de autoridad al holandés.

Las esferas son un círculo que escapa de la ley de la gravedad; los pájaros y las aves desafían, cada cual en su medio, a la misma norma; Escher, con su voz aflautada y su barba de holandés errante, también desafió durante toda la exposición tal ley, supongo que asimismo lo hizo durante toda su vida.

Destaco, finalmente, una Metamorfosis de unos cuatro metros donde, dibujo a dibujo, Escher nos cuenta una historia circular, completa, riquísima… donde Escher dibujó un poema más allá del ultraísmo. Si eso no es un poema, nada lo es.

Salí, fumé y el humo huyó juguetón, formando peces, aves, pompas… libre y ajeno a la ley de la gravedad: «escheriano». El postre aéreo de una cena ingrávida.

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