EL GRECO.

¿Griego, español, transalpino? ¿Quién se apunta al Greco, llamado Domenikos Theotokopoulos, nacido probablemente en 1541 en la ciudad de Candía —actual Heraclion—, en Creta? Y tenemos que hablar de una mera posibilidad si nos ocupamos de la fecha de nacimiento del pintor, porque esa fecha es tan sólo una conjetura sacada de una afirmación del propio Greco, que en que en 1606 declaraba tener 65 años.

¿Quién se lo apunta, de dónde es El Greco, en qué estante lo clasificamos? Jovencísimo, sabemos que ya oficiaba como maestro de la pintura de iconos en su ciudad natal. Pero le esperaba una vida de peregrinaje que lo alejaría definitivamente de su casa y que provocaría, asimismo, una honda evolución en su arte.

Pasa por Venecia y pasa por Roma. De la primera, su gusto por Tiziano; de la segunda, lo que vio de Miguel Ángel, muerto sólo seis años antes de que el Greco intentara estabilizarse donde antaño los Césares. No logró hacerlo en ninguno de los dos sitios. Los pintores locales custodiaban celosamente su pan y su sal, y parece que era difícil hacerse un hueco, penetrar en aquel catenaccio de artistas. Lo intentó, sobre todo a través del retrato, innovando en temas y en formas, pero sin un éxito definitivo.

Se cuenta una anédota, no confirmada, según la cual su marcha definitiva de Roma se debió al rechazo que generó después de haber propuesto al Papa Pío V rehacer El Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, para hacer figuras más «recatadas». La influencia de Miguel Ángel en Roma era absoluta, y se dice que aquello fue la puntilla para El Greco, que de entrada no debía de estar pasando por muy buena racha. Sea cierta o no la anécdota, el mero hecho de que de alguien se pueda suponer que propuso repintar lo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, ya se nos antoja un currículum completo. Eso, una de dos: o lo propone un demente sin temor de nada o lo propone un genio. Como cuando Borges dijo que, después de leer El Quijote en inglés, la versión española le parecía una mala traducción del primero. Pues eso.

No obstante, de su paso por Venecia y Roma El Greco se lleva para siempre la influencia de la paleta de Tiziano, el tratamiento de sus colores, y del terrible Miguel Ángel aprende la línea, el dibujo. Ya sería él mismo, dependiendo de los intereses del momento, el que eligiera entre una escuela u otra. Satisface pensar en el guerracivilismo que los transalpinos vivían por aquellos entonces: ¿Tiziano o Miguel Ángel? ¿Juve o Milan? ¿Predomina el col or o predomina el dibujo?

El Greco que más conocemos es el que se instala en Toledo, aquel al que Felipe II no otorga el privilegio de ser el pintor de la Corte. Domenikos había presentado sus cartas, había intentado hacer carrera pintando una Alegoría de la Santa Liga , en la que aparecen píos y triunfadores tanto el monarca español como el mismísimo Don Juan de Austria, que acababa de ganarle al turco la batalla de Lepanto en 1571. De algún modo, parece que cuela en principio, y aunque no sabemos ciertamente dónde está El Greco entre 1572 y 1576, inmediatamente después recibe varios encargos de Felipe II, pese a que para ello el pintor tenga que cambiar de bando y, procurando entrar en los cánones estéticos del lugar y la época, imite el estilo “miguelista”, la escuela romana —sin poder ocultar del todo su paso por Venecia, ese tratamiento tan peculiar del color—. Dicen los grequistas que esto se aprecia especialmente en el Expolio de Cristo , de la Sacristía Mayor de la Catedral de Toledo: estupenda excusa para pasar un domingo por la mañana en esa ciudad.

Sin embargo, ¿por qué después, cuando El Greco se gana la confianza de Felipe II y este lo pone a prueba encargándole algo para El Escorial, el examen definitivo que, si llega a pasar, le hubiese supuesto ser nombrado primus inter pares, el artista vuelve sobre sus pasos y se descuelga con el Martirio de San Mauricio? Es ahí donde El Greco pinta ya sin disimulo con el estilo que hoy reconocemos como suyo. Y, ay, se topó con el gusto del rey, que sostenía una clara postura respecto al modo de pintar santos: «Se han de pintar de tal modo que no le quiten a uno el deseo de rezar ante ellos», enunció el Austria. No sé qué extraños resortes moverían los deseos de oración del monarca español, pero desde luego, a mí, que lo que se dice deseo de rezar no me viene nunca, sea por costumbre o falta de ella, sea por convicción o por su ausencia, creo que si tuviera que elegir, antes rezaba delante de un cuadro del Greco que de la tumba de Felipe II. No hay más que ir a El Escorial y ver dónde dormía el monarca: una cama austera, en un pequeño cuarto, que suponemos lleno de miedos nocturnos y sombras de las llamaradas del infierno. Ay, si el Austria hubiese rezado delante de un Greco, igual le habría ido mejor (a él y a toda la nación…).

Pero, como todos sabemos, El Greco pierde la oportunidad de mantener el favor real. El gusto de la Corte iba por otro lado, no admitía esas figuras alargadas, esos fondos como un personaje más, esos grandes ojos, casi siempre mirando hacia arriba, ¿mirando el qué?, ¿esperando qué? Esas carnes proporcionadas en su desproporción… Ese Greco que es el que nos suena.

El Greco que conocemos, el del Enterramiento del Conde de Orgaz, es ese pintor que estira los cuerpos, otorgándoles una extraña espiritualidad, dibujando cielos en los que se anuncia al barroco y usando pigmentaciones asombrosas: sus conocidos verdes, el sacro dorado de inspiración bizantina, el azulgrana de la Virgen (sí, al parecer era del Barça).

Es el Greco del Retrato del caballero de la mano en el pecho. Durante un tiempo se dijo que ese misterioso caballero era Cervantes, mientras otros han sostenido que retrataba al propio pintor. Pero lo cierto es que poco sabemos acerca de la identidad del señor que alza su mano en señal de juramento, con los dedos anular y corazón unidos. Han limpiado el cuadro recientemente y han encontrado una policromía que nadie sospechaba, y menos los que nos hemos criado viendo en esa pintura un homenaje a lo oscuro, a lo adusto, al honor del sobrio caballero español.

Ese Greco.

Pero queda mucho Domenikos Theotokopoulos, el que menos se conoce: el de las series, el pensador humanista, el erudito, el que confunde su obra final con la de su hijo, el que se hacía traer músicos de cámara mientras comía, el que apuntaba en los márgenes de los tratados escritos por otros, el tallista —que ganó más dinero que el pintor—, el de las Magdalenas Penitentes , el Greco que pintó como después quiso pintar Picasso, el que pintó a Toledo como Minas Tirith, mucho antes de que nadie soñara con la existencia del soñador Tolkien. ¿Qué pasa con ese Greco?

(Continúa en El Greco, II: El otro Greco.)

 

Bibliografía que se puede asociar al artículo:

— José Álvarez Lopera. El Greco. Identidad y transformación. Catálogo Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, 1999.
— Fernando Marías, El Greco. Biografía de un pintor extravagante. Madrid, 1997.

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