VER DELFOS Y MORIR

VER DELFOS Y MORIRViene a ser esto como cuando un amigo que acaba de volver de sus vacaciones nos invita a su casa y nos fusila con fotos, vídeos y verborrea sobre sus andanzas estivales. Viene a ser esto como cuando, además, ese amigo tiene toda la pinta de ir de enteradillo, de habérselo pasado mejor que nadie, de haber aprendido más que ninguno y de haber vuelto de todas partes cuando los demás aún están yendo. Repugnante, para qué vamos a buscar otra palabra. Así que no hace falta que sigáis leyendo, porque ya digo que lo que sigue «viene a ser» eso (pero no lo es), y que yo «tengo toda la pinta» de eso (pero no lo soy). De hecho, es más un desahogo personal que una pretensión de que alguien lo lea. Porque aunque yo no pienso colgar casi ninguna de las fotos que hice (francamente pocas, la verdad) ni mucho menos el vídeo de hora y media que grabé (ridículo, apenas 90 minutos), sí me temo que se me va a escapar verborrea, mucha palabrería, prosa inútil, cháchara hueca y tonterías a mansalva. Por lo tanto, con plena conciencia de lo que voy a hacer, en uso (bueno o malo) de mis facultades mentales, y habiendo avisado previamente, ahí va…

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LOS AMORES DE APOLO

Apolo, «el que hiere de lejos», hijo de Leto y Zeus, es sumamente bello, alto y notable por sus largos bucles negros de reflejos azulados como los pétalos de un pensamiento. Tal vez es con justeza el sumum de lo sublime que se eleva por sobre hombres y dioses. Las apariciones de Apolo son más que majestuosas. La voz suena con la majestad del trueno. Es Apolo el gran arquero Olímpico. La Ilíada comienza con los millares de flechas que arroja Apolo contra los Aqueos que deshonraron a su sacerdote. Por su flecha se desmoronó Aquiles. Pero sus flechas provocan una muerte maravillosa. Vuelan invisibles y sorprenden al hombre, que conserva su semblante fresco como el del durmiente. «El que hiere de lejos» utiliza flechas más suaves que la brisa.

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SAGA TEBANA (VI), El oráculo de Delfos.

Edipo, pues, partió hacia Delfos en busca de tranquilidad, en el afán de que la Pitia le confirmara que era hijo de reyes, de que él mismo era rey o lo sería. No le cabía ninguna duda. Cada vez más, en casa, sus peleas con sus compañeros se hacían más encarnizadas.

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HÉRCULES, VII. En busca de esposa.

Con Hércules todo era similar, y cuando se trataba del dulce tálamo más. Así se las gastaba nuestro protagonista: casando a antiguas esposas con sobrinos, rompiendo pactos maritales hechos en el infierno con héroes muertos y jugándose una esposa en una competición de arco. Que se abra el telón.

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