Ahora bien, habría que hacer una puntualización en la afirmación “Al buen manejo de la pintura representando algo o alguien se lo suele considerar arte”. Hay quien opina que esa representación ha de ser fiel al natural, pura mímesis entendida por todos. Craso error. Lo que nos rodea, de lo que participamos a diario, lo que vemos con nuestros “comunes sentidos” nos resulta fácilmente entendible. Nada podríamos comprender en mayor medida y criticar con más encono que nuestro propio autorretrato, pues en verdad sería el que más comprenderíamos. Pero la pintura no tiene por qué ser fiel reflejo de la realidad o de lo que percibamos de ella por medio de nuestros sentidos. Podemos acercarnos al “ideal” de algo: no representar, por ejemplo, a María llorando, sino a la tristeza. En resumidas cuentas, deshumanizar un sentimiento particular haciéndolo general o “ideal”… o incluso abstracto. También podríamos intentar expresar nuestros propios sentimientos, aun a costa del aspecto formal. En todo caso, se puede optar por rechazar este tipo de arte, por relajarte y dejarte llevar por lo que te inspire o intentar comprenderlo indagando en el cuadro y en el pintor (lo cual siempre se me antojó una violación de la intimidad del autor, pese a que se exponga a ello).
A Bonifacio Alonso han querido ubicarle dentro del movimiento del expresionismo abstracto, aquel por el que los artistas de Estados Unidos se hicieron mayores e independientes. Bueno, el caso es que abstracto es, y expresionista… sin duda. En ese estilo parece estar cómodo, aun siendo un inconformista total.
Para él lo importante es el color, y antes del color, el dibujo en donde plasmarlo; sin él, no hay mancha buena. Luego, la derrota: uno no termina un cuadro, lo abandona, viene a decir.
Es un auténtico maestro del color, vive por el color, lo sufre y lo disfruta. Hay más sabiduría en su paleta que nicotina en sus pulmones. A veces le da por el azul, otras por el verde lechuga, ora por los pasteles, por los ocres, ora por los rojos taurinos y los dorados de luces. Porque él antes de ser pintor fue torero… y esto tampoco lo terminó por una mala cornada. Pero todo queda, y el imaginario taurino le acompañará toda la vida. También fue batería de un grupo jazz en su juventud, algo que no se olvida, algo que recuerda cuando se dispone frente a un cuadro y deja fluir su improvisación de una manera intuitiva. En ese diálogo entre el pintor y el cuadro, entre el ejecutador y el ejecutado, se funden muchas veces los papeles… y el cuadro casi siempre gana; es un cabrón que hace contigo lo que quiere.
Pero Bonifacio, ayudado por el humo que sale de su sempiterno cigarrillo que le nubla la vista, ya no está para gaitas. ¡A por otro!, que con los lienzos uno ya no tiene la obligación de terminarlos. Antes sí, que valían un pastón. Dentro de unos días, cuando vuelva a ver ese cuadro, pensará “coño, es bueno el jodido, qué cojones”, o “vaya chapuza… Me gusta”.
En una ocasión, en la realización de un cuadro, se le cayeron unas gotas de pintura en el lienzo. Tanto le gustó el efecto visual que causaban que allí las dejó. Más tarde, un
certero crítico habló acerca de ellas sobredimensionándolas, dándolas una intención artística que nunca tuvieron. Alguno pensará que esto es una burla, que una mancha nunca debería de pasar por ser arte. Yo no sé si eso es así, porque en parte tendrían razón, pero si queda bien hermoso, ¿vamos a borrar del diccionario artístico a la casualidad?
Da tu opinión sobre este artículo en el hilo de: "Disquisiciones quisquillosas acerca del Arte”.