EL OTRO GRECO.

El otro Greco, decíamos, el de El soplón, al que copió Ignacio Zuloaga, El Greco de ciudades fabulosas o el que siente la llamada de los genes helenos y hace un tema mitológico. ¿Qué pasa con él?


 

EL OTRO GRECO. Artículo enviado por Angelcaído.

Viene de: El Greco I.

Para contentar a los más puristas, poco más que decir de ese Greco de La Anunciación, El caballero de la mano en el pecho o El entierro del conde de Orgaz o sus apóstoles. Sólo que, si hay santos, son esos; si tuvieran que poner otra vez por decreto que hubiera dioses judeocristianos, que fuesen los pintados por El Greco.

Por reducción, dada la necesidad de identificarlos, se suele ligar a un pintor con un estilo y se tiende a pensar que solamente sabía pintar con esas maneras. Pero del mismo modo que no todo lo que hizo Picasso fue cubista o no todo lo que hizo Dalí consistió en alargar figuras y relojes, siempre he creído que los grandes de verdad, los genios de la pintura, eran capaces de pintar de cualquier guisa, anticipándose a estilos que solo siglos después se hicieron populares o rescatando pinceladas de pintores muertos.

Es lo que ocurre si observamos el Retrato de Vicenzo Anastagi de El Greco. ¿Cómo sustraerse al aguijón de pensar que eso está hecho por Velázquez? Los reflejos en la coraza y el casco, el brillo del suelo, recién enyesado, la mismísima pared, en la que todavía olemos los brochazos que ha dado el encargado de encalarla. La carne del tal Vicenzo, por muy transalpino que sea, si parece humano...

O sea, que El Greco pintaba “grequerías” porque escogía voluntariamente pintar así, en ningún caso porque no supiera hacerlo de otra manera. ¿Es eso el estilo? ¿Cuándo nace el estilo? ¿Sólo después de haber dominado el resto? Y lo que más me inquieta: ¿Ocurre lo mismo con la escritura, que me temo que sí?

Es curioso que El Greco, que en modo alguno anduvo mendigando mendrugos de pan, sino que disfrutó de altos emolumentos, sobre todo una vez que se estableció en Toledo, llegó a ganar más por el marco de sus cuadros que por los cuadros mismos. Esto, que parece de chiste, se entiende cuando pensamos que en la España de la época se daba más importancia a la talla que a la pintura. De este modo, Domenikos cobra 317 ducados por pintar el Expolio de Cristo, pero se embolsa 535 por el marco, en el que talla escenas de la Virgen. Desde entonces, el pintor procuraría siempre que los encargos que le hacían incluyeran la tarea del marco.

Y es que los pintores en España, hasta que llega El Greco, no son considerados artistas, sino meros artesanos, con todo lo que conlleva. El de Creta, al parecer, es un pionero al respecto: mozos de Bellas Artes que ahora aspiráis a la fama y al reconocimiento, le debéis mucho a este señor de apellido imposible. Fijémonos si no en el retrato en que el pintor representa a su hijo, Jorge Manuel Theotokopoulos, ya en su última etapa. El personaje aparece con la paleta en la mano, proclamando así, con rotundidad, su condición de pintor; sin embargo, luce a la vez esa especie de collarín que Felipe II había puesto de moda en España y que ahora no nos pondríamos ni locos: la gorguera; era la prenda una señal de distinción, de buena posición social. Pues bien, posiblemente sea esta la primera vez en España en que un pintor aparece con gorguera, aspirando a disfrutar las mieles de las posiciones de una profesión liberal, intelectual, alta, como prefiramos.

El Greco, que si pasó apuros económicos, insistimos, no fue por falta de ingresos sino por su prodigalidad en el gasto (durante un tiempo contrató músicos para que le hicieran más agradables las comidas), cambió decisivamente la posición social del pintor en España. Parece que, como si de un cuadro suyo se tratase, estilizó la profesión, la elevó, la hizo más digna, la espiritualizó, como deseéis. La blanqueó, con esos blancos suyos, los de la Coronación de María, que ningún anuncio de detergente va a conseguir jamás.

¿Qué pasaría, me planteo, si alguien se atreviera ahora a innovar, a saltarse tiempos y escuelas, e hiciera cuadros que supusieran lo que en el siglo XVI tuvo que suponer el Muchacho soplando una candela (El Soplón)? Ahí, El Greco se une a la tradición de pintar a mozos soplando velas. Hay cosas peores, y ya Plinio el Viejo menciona esta moda, que supongo que consistía en el reto de dibujar, sobre fondo oscuro, un punto de luz que se apaga: el intento de dibujar, de pintar, una luz que se extingue. No parece fácil, desde luego. El Greco, como un holandés de dos siglos después, lo consigue.

¿Y la Vista de Toledo? No la Vista y plano de Toledo que se exhibe en la Casa Museo de la capital manchega, sino la Vista de Toledo que ahora custodian en el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York. Digna de ser estudiada en la próxima reforma urbanística de turno, el Greco, bajo unas nubes atormentadas que huelen a ozono, de nuevo esos blancos, nos muestra una ciudad inserta en jardines, a caballo entre la Comarca de los hobbits y los altos castillos de los herederos de Isildur. El pintor varió en este trabajo el curso del Tajo, añadió y eliminó edificios a su antojo y acentuó la subida del monte. ¿Pintura de ficción? ¿Creación de ciudades y murallas?

¿Por qué El Greco es moderno, actual, un clásico? A veces, por convicción y genio; otras veces, por azar. Por ejemplo, es por talento propio cuando pensamos en el Laoconte. Según una antigua leyenda, Toledo fue fundada por los troyanos Telemón y Bruto, y no es de extrañar, por tanto, que el pintor colocara a Laoconte y a sus hijos con el paisaje toledano de fondo, en un lienzo que jamás salió de su taller, y que sólo fue conocido una vez que, muerto el pintor, se inventariaron todas sus propiedades. Parece que el cuadro quedó inconcluso, y sólo recientes restauraciones y trabajos con rayos X han desvelados que el personaje de la izquierda sostenía una manzana en su mano. ¿La manzana del juicio de Paris? ¿Estamos, por tanto, ante un soberbio ejercicio de narrativa, tan del gusto de los grandes pintores, cuando cuentan en tres metros cuadrados más que muchos en páginas y páginas de redacción infructuosa?

Pero en otras ocasiones, el genio de El Greco ha de esperar varios siglos para revelarse, y a veces de la mano del azar. Pensemos en La apertura del quinto sello. Después de fraguarlo durante varios siglos, la mitología católica establece que el apóstol Juan, ya anciano y retirado en la isla de Patmos, tuvo una revelación, como la de esta página. El resultado de las delirantes y magníficas visiones que el anciano experimentó hacia el año 98 es la redacción del último libro de la Biblia, el Apocalipsis: apocalipsis, quitar el telón, revelar. Nos viene todo muy al hilo, en efecto. A pesar de que el Apocalipsis está redactado mucho después, pese a que se inscribe en una daliniana costumbre judía que ya venía de antaño, eso de detallar como será “el fin de los tiempos”, y aunque el redactor de ese texto fue un helenista que nada tuvo que ver con el supuesto apóstol, qué duda cabe de que la riqueza onírica del mismo, con esos ángeles soplando trompetas findelmundistas y abriendo sellos proféticos, nos interesa sobremanera. También a El Greco, que en La apertura del quinto sello nos muestra al narrador del Apocalipsis hincado de rodillas y mirando hacia arriba, mientras que de fondo las almas de los justos que han muerto en el nombre de Dios reciben vestiduras blancas y claman venganza por su sangre. Pues bien, Domenikos no pudo terminar el cuadro, que en la parte superior iba a mostrar el altar de Dios con todos los que en él se supone que deben sentarse, como en el salón de plenos de un Ayuntamiento: el alcalde y los suyos. Pero el cuadro, como decimos, quedó sin concluir. En 1880, durante el trancurso de una restauración, al lienzo se le recorta más de metro y medio de tela, y de este modo, el redactor del Apocalipsis queda clamando, no ya al altar divino, sino al vacío. Y esto, precisamente, es lo que despierta la atención a Zuloaga, a Rusiñol, al poeta Rilke, a Picasso... En un siglo en que estremecerse mirando al vacío se estila mucho, el cuadro de El Greco parece hermanarse con El Grito de Munch o con el perro agonizane de Goya. Por casualidad.

Feliz Greco, felices pinceladas, felices casualidades. De un modo u otro, sirvan estas líneas para justificar cuantos viajes sean necesarios a Toledo, a Nueva York, a El Escorial, allá donde guarden las pinturas y tallas de Domenikos Theotokopoulos; y a ver cuándo empezamos a pedir que la capital del mundo sea el Museo del Prado. Amén.

 

Información LR: La exposición "Los Grecos del Prado" podrá disfrutarse en el Museo Nacional del Prado del 4 de diciembre de 2007 al 10 de febrero de 2008.

Bibliografía que se puede asociar al artículo:

— José Álvarez Lopera. El Greco. Identidad y transformación. Catálogo Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, 1999.
— Fernando Marías, El Greco. Biografía de un pintor extravagante. Madrid, 1997.

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