No sabemos por qué se le llama poderoso, ¿qué poder puede tener el bisnieto de la única familia de la tierra? No pudo heredar haciendas ni pudo casarse pegando el braguetazo con la bisnieta de otra familia, porque no había más familias, se supone. Quizá el detalle está en ese apelativo: vigoroso cazador. ¿Cazaba más y mejor que sus primos? ¿Acumuló más carnaca en la despensa que el resto? Parece, en todo caso, un tanto desmesurado llamarle “el primer poderoso”, pero aceptemos el cuento y situémonos en el momento en que Nimrod, al mando de toda una multitud que no sabemos de dónde ha salido pero que está a su cargo, llega a la llanura de Sinar. Ahí decide, por miedo a ser esparcido por la faz de la tierra, levantar una torre que llegue hasta el cielo. Será la llamada Torre de Babel, que siempre nos han representado en forma de zigurat, aunque la iconografía actual nos haga pensar más bien en las torres de la Castellana de Madrid, esas cuatro catedrales del dinero findelmundista.
Bruegel el Viejo, discípulo estético del Bosco, tiene dos lienzos en los que representa el momento de la construcción de la Torre de Babel. Uno se exhibe en Rotterdam, el otro, en Viena. En este último, aparece Nimrod con atavíos del siglo XVI, capa y tocado de dirigente, siendo cumplimentado por una serie de esclavos albañiles que, entendemos, le están rindiendo cuentas del desarrollo de la construcción. La obra, la Torre, ocupa el resto del cuadro, alzándose hasta llegar a la cúspide de la tela, una vez que ya ha rasgado y sobrepasado las nubes. Los cimientos son sólidos, el edificio muestra zonas más terminadas que otras, y se va estilizando a medida que aumenta la altura, con fuertes, contrafuertes, arcos de medio punto y cierta estructura repetitiva, casi como una colmena vertical, fácil de defender (¿de quién?) y casi imposible de costear y mantener (¿cómo, para qué?).
Barcos, canteranos, casas de trabajadores, escaleras, herramientas para trabajar la piedra... El cuadro, la visita de Nimrod, ha sorprendido a los afanados curritos en mitad de la tarea. ¿Hasta dónde habría llegado la Torre en caso de haberse podido acabar? El Génesis no da opción a saberlo. El dios antiguotestamentario, ¿hay otro?, se apresura a tomar cartas en el asunto, molesto al parecer por la idea de que esos humanos no se esparzan por la tierra. Desconocemos en qué perjudica a una deidad eterna, ajena a espacio y tiempo, omnipresente, todopoderosa y sabedora de todas la cosas, que los humanos escojan vivir en vertical en vez de en horizontal. Pero el caso es que, para evitar que construyan antes de tiempo las torres del Paseo de la Castellana, hace que comiencen a hablar en distintas lenguas y esto impide que sigan construyendo, provoca que se agrupen por hablas y los obliga, misión cumplida, a esparcirse por la faz de la planísima tierra de entonces. Y, por cierto, de ahí el nombre de Babel: confusión.
Pero no parece muy creíble el relato, no ya porque antes el mismo Génesis haya hablado de distintas lenguas, esto lo pasaremos por alto, sino porque, hoy lo sabemos, nadie deja de construir por hablar en distintos idiomas. Si Bruegel el Viejo hubiese visto el boom inmobiliario español de los últimos años, jamás habría hecho dos versiones de la Torre de Babel. Marroquíes, rumanos, búlgaros, españoles, peruanos, portugueses, ecuatorianos... cada uno chamullando su jerga, adorando a sus propios dioses, clamando por sus respectivas selecciones nacionales de fútbol, han sido capaces de levantar para los Nimrod actuales toda una civilización de ladrillos, chalets, bloques de pisos, viviendas unifamiliares, duplex... una Torre de Babel dispersa que iba a ser adquirida por otros descendientes de los descendientes de Noé a golpe de hipoteca y Euribor.
Pobre Nimrod, confundido en su lengua, obligado a abandonar la construcción de su Torre hacia el cielo. Lo imaginamos ya anciano, contando a los hijos de los tataranietos de Noé que él había sido poderoso, el que más, ante la conmiseración de los pequeños, que ya no creen nada de lo que dice el viejo. La Torre, abandonada, sería carcomida en sus poderosos cimientos por la vegetación, tomada en sus lugares más secretos por animales montaraces que convertirían los recovecos en madrigueras. La Torre, por orden divina, echada a perder. Como las de ahora, abandonadas por los propietarios, constructores, concejales y alcaldes de ocasión. El dios de la crisis ha ordenado, implacable, que se detenga la construcción, que se confundan los mercados, que caigan las Bolsas. Y el Nimrod actual, que no sabemos quién es exactamente, se ha hecho la lengua un lío, balbuceando excusas en idiomas desconocidos. Muchos se han quedado hipotecados de por vida. Otros, han comprado casas que no existen. Estamos necesitando ya, urgentemente, otro Pieter Bruegel el Viejo, u otro Bosco, que nos pinte la situación actual, que no es El Jardín de las Delicias, pero que parece casi tan divertida.