LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA. Salvador Dalí.

Del siglo XX se ha dicho de todo, casi siempre en mal tono: guerras mundiales, genocidios, epidemias, amenazas nucleares… Sin embargo, estos desastres comparten centuria con la física de Einstein y la de la mecánica cuántica, con cierta literatura y con obras de arte como las que hoy nos ocupa, La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí. Disculpen que no me plantee si no sería preferible vivir desmemoriados, vírgenes cada amanecer. Compréndanlo, en tal caso no habría artículo.


 

LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA. Salvador Dalí. Artículo enviado por Angelcaído.

 

Comenzaba la década de los treinta del XX, el cine ya amenazaba al resto de artes con aglutinarlas a todas en una misma expresión y Picasso trabajaba a su enloquecedor ritmo logrando lo que ningún otro había conseguido hasta entonces: acabar con la pintura. Así las cosas, sólo la locura podría tomar la calle del medio y seguir inventando imágenes poderosas. Si del escritor se recuerdan sus buenas frases, del pintor queda el poder de su estilo, sea esto la capacidad de pintar el aire (Velázquez), el vacío (Goya) o la música de lo infinitesimal (Van Gogh). Se habla siempre de la locura de Salvador Dalí. A mí me parece que un tipo capaz de ir por ahí con ese bigote, una de dos: o es el tontito del pueblo o ha comprendido que los tontitos son los otros. Puede que Dalí fuera ambas cosas a la vez, sólo que su pueblo, más allá del término municipal de Figueras, fue Nueva York, el imperio, el dólar, la fama, la posteridad. Si llegó a darse un beso con Warhol, travestido de muchacho Caiga Quien Caiga, es que ya se lo podía permitir todo.

Cuenta Dalí que una noche tomó un queso Cambembert tan maduro que se deshacía, y que con esa imagen se fue a la cama. Allí lo atrapó el insomnio, que traía consigo una reflexión acerca de la consistencia de las cosas. Así, como el que reflexiona sobre los Cuatro Fantásticos del Barça o sobre el Euribor. Y entonces se levantó, se dirigió al cuadro que tenía sin resolver, un paisaje desolado, y entonces añadió esos relojes blandos que parecen albergar un tiempo juguetón y mantecoso. Como el queso, sí.

No hacía mucho, ya lo decíamos, que Einstein había vuelto del revés las mentes humanas con esa idea de que el tiempo no es algo inmutable ajeno a nuestra percepción. Según su teoría, el paso del tiempo no se halla exento de variaciones, y entre otras cosas, depende de nuestra velocidad. ¿Un tiempo para cada uno? ¿Un tiempo que va a lo suyo, doblando el espacio y retorciéndolo en la famosa curva espacio-tiempo? Quizá, quizá, ahí andan todavía los eruditos dándole vueltas a la idea e intentando hacerla compatible con la física cuántica, al parecer incompatible en su plenitud con la teoría de Einstein. Sin embargo, Dalí, por eso es un genio, resolvió la cuestión antes que los científicos.

En La persistencia de la memoria los relojes se deshacen, quizá hastiados del tiempo, o de sí mismos, y lo hacen sobre la rama muerta de un árbol, sobre una cabeza disparatada que finge dormir, sobre una mesa que se cuadra obediente hacia al punto de fuga. Cada reloj marca una hora, como si la manía circular de cada uno de ellos mantuviera una postura distinta acerca de la hora exacta. Como el cuadro no es cine, no sabemos si las agujas, en efecto, marchan hacia delante, hacia donde estamos acostumbrados que lo hagan: las dos después de la una, y las cuatro después de las tres, cuando ya han terminado los telediarios. ¿Quién sabe si estos relojes de Dalí van hacia atrás, y entonces no habría que preocuparse por levantarse a tiempo, sino por haberlo hecho demasiado pronto?

Estos relojes, salidos del país en el que se perdió Alicia cuando perseguía a un conejo, son, me parece, la primera manifestación artística de E=mc2. Mientras Einstein se machacaba las neuronas teorizando sobre la constante cosmológica que le resolviera sus ecuaciones, Dalí ya sabía todo aquello, lo intuía, lo soñaba desvelado, en una mala digestión de queso Camembert. Si el tiempo es curvo, que lo sean también los relojes: liberémoslos de su cuadratura circular.

Pero llegó más allá, hay otro reloj en el cuadro. Uno de mano de los que ya no necesitamos porque la hora la llevamos en el teléfono móvil. Y está cerrado, y una reunión de hormigas se reparten el espacio que esperamos que ocupen las manecillas y los números. No, este reloj no es para marcar la hora, es un reloj de lo pequeño, de lo muy pequeño, un reloj cuántico en el que el tic tac habitual ha sido sustituido por los traqueteos de las patas de las hormigas sobre el metal: seis patas por hormiga, seis segundos, entonces, a la vez, múltiples posibilidades en una sola tirada. Y ahí andan, en efecto, los físicos cuánticos intentando comprender cómo es posible que un electrón esté en dos sitios al mismo tiempo o se cuele por varios agujeros simultáneamente. Y no encontrarán la respuesta, de ningún modo, hasta que se tomen el día libre y se den una vuelta por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde se encuentra expuesta La persistencia de la memoria, como un catecismo mudo de la modernidad, callado, a la espera de que las grandes mentes se detengan a comprenderlo.

Los dos tiempos, las dos clases de tiempo, el de lo muy grande y el de lo muy pequeño, en un mismo cuadro. Y constituyendo un tiempo único, personalísimo, hasta el punto de que el título del cuadro no alude el propio tiempo, sino al que nos importa a cada uno: el de la memoria. Un tiempo sentimental, por lo tanto, y desgastado, y comestible, y emocionado.

Y todo esto, por un empacho de queso. Cuánta envidia, ay, para un alérgico a los lácteos.

 

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