En la cueva ya se ensayó la perspectiva. Nuestros ancestros aprovechaban los salientes de la piedra para dar volumen a la tripa del ciervo. Y qué decir de la explosión de naturalismo que consiguen los renacentistas cuando uno de ellos descubre la cámara oscura. Por supuesto, como buenos transalpinos, ocultaron el descubrimiento e hicieron creer que pintaban así por talento. Como hacen en el fútbol o en la exportación de aceite: mucho ruido y pocas nueces. De cualquier manera, las técnicas pictóricas fueron avanzando, y ahí nos encontramos con tipos que, en el colmo de la perfección técnica, tienen que saltarse las reglas y comenzar a delirar inventando delicias: El Bosco, Van Gogh, Dalí… Lo que no había hecho nadie hasta que llegó Picasso es lo de mirar desde varios sitios a la vez. Y se cargó la pintura, porque lo siguiente ya es el movimiento, es imposible mirar más en dos dimensiones: tenemos que pasar a las tres dimensiones (las dos del lienzo más la del tiempo, imagen en movimiento).
Resulta conmovedor que el cuadro que acaba con la Historia de la Pintura sea el retrato de cinco prostitutas. Para mí representa una forma de esperanza, un arrebato de honestidad. Picasso, pintor y putero, no necesariamente en ese orden, inmortaliza a cinco chicas de la calle, como se suele decir. ¿Por qué de la calle, me pregunto? ¿Es que las que no se prostituyen no salen de casa?
Las cinco señoras, superando en número a las habituales tres Gracias, ganan por la mano. El cuadro es de tal sensualidad que está pidiendo a gritos una portada de Interviú o un calendario debajo, para ir ya en las cabinas de los camiones. Demos algunos rápidos vistazos a algunos detalles.
En los rostros de las dos señoras de la derecha estamos viendo máscaras africanas, oceánicas, como si Picasso hubiese querido representar en estas cinco mujeres a cinco continentes distintos. A mí dejadme de aros olímpicos, yo prefiero a las cinco señoritas de Avignon, que sí simbolizan, en conjunto, todo lo digno de ser admirado.
Senos cuadrados, miren a la señorita de la esquina superior derecha. O sea, que ya en Alejandría discutían sobre la cuadratura del círculo (hasta que en el siglo XIX el estudio del número Pi demostró que es imposible esa operación geométrica) y resulta que Picasso lo consigue. De nuevo los pintores por delante de los pensadores, científicos y matemáticos. Porque ya Euclides intentó cuadrar el círculo, es decir, construir con un compás y una regla un cuadrado del mismo área que un círculo dado. La torre de Babel lógica e incontestable de las matemáticas se desploma cuando Picasso toma el pincel y te hace una teta cuadrada.
Y, como Picasso era un señor, hasta su platito de fruta les puso, muy cubista él, ahí abajo. ¿A qué sabrán esas uvas, esa tajada de sandía? ¿A qué color de qué siglo?
¿El paño azul lo pintó Picasso o se lo pintaron El Greco y Cézanne, a pachas, mientras él intimaba con las cinco meretrices? Triángulos, ojos ibéricos, rostros de máscara y todo un muestrario de tonos para la carne, en el que apreciamos distintos olores de diferentes sudores.
Siempre he preferido la compañía de los que pintan a la de los que escriben. Quizá anclados en la realidad por el sentido del olfato (las pinturas huelen, las letras no) los pintores viven como dopados, pero alegres, al menos los que yo conozco. No he visto tanta presunción en ellos como en el mundo de las letras. No sé, igual habría que volver a escribir con tinta, tinta que huela a rabiar, para poder alcanzar en un texto el mismo techo que Picasso consiguió en Les demoiselles d’Avignon. En francés suena mejor, parece hasta pecado. Lo que es increíble es que después de pintar esto siguiera durante décadas y décadas. ¿Cómo lo hizo para no jubilarse después de firmar este cuadro? Quizá por gula vocacional, como los artistas, como Romario.
Da tu opinión sobre este artículo en el hilo de: "Disquisiciones quisquillosas acerca del Arte”.