VAN GOGH, El patriota de la luz (de día).

Década de los ochenta. Verano. Había que elegir entre ver a Perico Delgado ganando el Tour o pasarse la tarde en aquel ecosistema que era la piscina municipal. Los días que se optaba por lo segundo, uno vivía abrumado por el hervor de la luz reflejada en el suelo blanco, pendiente de las pinceladas del brillo del sol sobre el azul intenso, liquidísimo, del agua clorada. ¿Y aquellas señoras, cuarentonas, delgadísimas, que nunca se acercaban al agua y que se pasaban varias eternidades rotando sobre sus toallas? Ellas mismas se untaban cremas de zanahoria y se refrescaban gota a gota con agua embotellada. Cuando Perico lucía el amarillo de líder, a estas señoras ya les había dado tiempo de adquirir una piel negra, tostadísima, carbonizada por el sol continuo. Nunca entendí para qué hacían aquello, por qué soportaban aquel espantoso calor y qué beneficio obtenían al achicharrarse de aquella manera; hoy voy a explicármelo: la claves es Van Gogh.


 

VAN GOGH, El patriota de la luz (de día). Artículo enviado por Angelcaído.

 

“En un cierto sentido, el girasol es mío”, le dijo Van Gogh a su hermano Theo. Vincent Van Gogh fingía saber que sus cuadros, llegado el tiempo, valdrían más que lo que a él le había costado el material empleado en su elaboración. Eso afirmaba, al menos, en un arrebato chulesco que tan visto tenemos en bares, noches sin salida y callejones de suburbios: la historia que nos han contado mil veces, el artista incomprendido que sólo después de su muerte será reconocido y que se las apaña para transitar este supuesto valle de lágrimas de la mejor forma posible. De hecho, cada vez que alguien nos viene con este cuento, nos cita a Van Gogh. Para mí, se trata de un mito sin fundamento. La dudosa cordura de Van Gogh no le impidió ver que, en efecto, tenía su propio genio; sin embargo, intuímos que en esas bravuconadas se estaba dedicando más a subsistir que a pontificar sobre el arte. Van Gogh fue un genio, sí, pero más por haber soportado hasta que dejó de hacerlo que por su arte. En efecto, aquellos a los que envidiaba eran mejores que él. Y él lo sabía.

Eso no significa, desde luego, que el pelirrojo no tuviera arrestos para mirar un cuadro de Delacroix y, a partir de él, sacar sus propias conclusiones, pintar a su manera. “En un cierto sentido, el girasol es mío”, dice, y tenemos ejemplos suficientes de girasoles pelirrojos como para saber que esa afirmación es indiscutible. Ahora los podemos admirar en la Galería Nacional de Londres, pero Los Girasoles, pintados entre agosto y septiembre de 1.888, que iba a exhibir en principio en su Casa Amarilla de Arlés (y después en una habitación que preparaba para Paul Gauguin) son una muestra perfecta de la exacta locura de este pintor. “Estoy trabajando en el cuadro cada mañana, desde la salida del sol, porque las flores se marchitan con gran rapidez”.

Hace poco hablábamos aquí del ansia de eternidad del humano. Y nos sonreíamos de perfil, y con ternura, al comprobar que ese deseo nace del interior de un amasijo de carne y huesos destinado a perecer. Van Gogh, no obstante, se levantaba temprano y luchaba contra el tiempo: contra el suyo, sabedor de su caducidad, y contra el de los girasoles reales, que se marchitaban aceleradamente, como en un documental de Punset. Los técnicos hablan de las pipas dibujadas en Los Girasoles y dan su explicación formal acerca del modo con que el pintor refleja sus texturas, sus consistencias. Leo en un manual lo siguiente: “Usa la técnica del empaste, que consiste en aplicar la pintura sin diluir, lo que deja la huella del pincel o la espátula: efecto tridimensional, como si los colores surgieran de la tela”.

Nosotros, que no somos técnicos, sino tiempo, un trozo más, nos conmovemos más allá de los juegos de muñeca y de los sabios pegotes de pintura sin diluir con la frase de Vincent: “Porque las flores se marchitan con gran rapidez”. ¿Como él?

El fondo amarillo, dicen, recuerda los grabados japoneses que Van Gogh tanto admiraba. Sabemos, de hecho, que dedicó bastantes horas a sus fantasías japonesas: almendros, puentes, temática y tratamiento oriental. Y no ponemos en duda el interés de tales detalles pictóricos, pero… de nuevo otra frase del holandés: “Quisiera pintar a hombres y a mujeres con un algo de eternidad”. Cómo no iba a querer la eternidad, —algo de eternidad, al menos— para unos cuantos seres humanos, si hasta la quería para unas pipas de girasol.

Pero el girasol se mueve hacia su patria, la luz; y por encima de ellos, los soles. ¿Habéis visto los soles de Van Gogh? Se mueven, se desgranan, se despiezan rayo a rayo, punto a punto, sobre todo el lienzo. Parecen vibrar, sí, como dicen que lo hacen las semillas, y embadurnan con su luz a la pintura que los pinta, al propio cuadro, a los museos, a Van Gogh (en cuyo rostro siempre vemos a Kirk Douglas caracterizado de sí mismo). Y embadurnaban, ese era su secreto, su fin último, su anhelo, a aquellas señoras de las piscinas municipales de los ochenta, que se tumbaban bajo el sol, reptiles e incomunicadas del resto de cosas, a la espera de ser quemadas por un sol de Van Gogh, al acecho de convertirse en un girasol, de permanecer en el tiempo. Soles amarillos de Van Gogh, como los jerseis de Perico. Como aquellas tardes.

 

Continua en: VAN GOGH, El patriota de la luz (de noche).

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