Viene de: VAN GOGH, El patriota de la luz (de día).
Cuando pintó este cuadro, Van Gogh ya había abandonado la fe cristiana: sin embargo, sostenía que aún tenía una necesidad terrible de religión. De algo que lo mirara desde arriba, en la soledad e inmensidad de la noche, algo que lo sostuviera. Vincent, el loco, el que se cortó el lóbulo de una oreja, el que ansiaba ser un genio y que el mundo se lo reconociera, mira hacia arriba, a finales del XIX y, ¿qué ve? Las galaxias en movimiento, retorciéndose sobre sí mismas, sobre un pueblito que, como él mismo, se aúpa hacia arriba en la torreta puntiaguda de un edificio religioso. Ve unos cipreses que ondulan, como un fuego vegetal, hacia arriba, buscando algo. Con una necesidad, los cipreses también, terrible de religión. O de astronomía, que suelen coincidir ambas disciplinas en los síntomas.
Es lo que tiene mirar demasiado hacia arriba: el dolor de cuello, el dolor de cabeza, el dolor metafísico. Depende, claro está, de quién mire. Cuando Kant mira hacia arriba, ve a un dios moral que ordena el cosmos a golpe de deber; cuando miro yo, veo los tejados de Madrid arañando la tela de la noche con sus antenas, sobre la casa que fue de Cervantes; cuando mira Van Gogh, ve esa monstruosidad de estrellas como neones.
En primer lugar, la luna. Parece un sol. Ya se sabía, en el XIX, que la luz de la luna es la del sol reflejada, pero Van Gogh parece enunciarlo de nuevo, y hasta tenemos la sensación de que este cuadro saca su luz del mismo modo, por reflejo, y pensamos que frente a este lienzo el pelirrojo tuvo que colocar otro, el de El Sembrador, por ejemplo. Así, obtenemos que el sol de Van Gogh está dando luz a la luna de La Noche Estrellada. ¿Así fue como lo pintó?
Después, las estrellas más cercanas. Sobredimensionadas, pugnando entre sí, discutiéndole a la luna la preeminencia de la luz nocturna. ¿Por qué tanta luz? ¿Por qué este politeísmo estelar, este panteón de luces en lo que se supone que es una noche de luna, que precisamente es la noche en que menos estrellas se acuerdan de salir? Quizá Van Gogh no soportara ya, a esas alturas, la negrura que se necesita para que las estrellas punteen el firmamento.
Por último, el resto de estrellas, las galaxias, en un remolino que parece el agua yéndose por el sumidero de la noche. La Vía Láctea danzando, estilizada, volviendo locos a los que la siguen en el camino de Santiago.
Los verdes del cielo son los mismos de los tejados del pueblo; los amarillos de las estrellas y la luna son como los que surgen del interior de alguna de las casas. Pero Van Gogh no tenía casa, no tenía hogar, no tenía familia. Fracasó en todo lo que su época le dijo que debía hacer. Y simplemente triunfó en lo otro: el arte. No fue suficiente para evitar que Van Gogh se quitara del medio. Con la oreja cercenada, admitiendo que se había pegado un tiro en el pecho, pasa las últimas horas sentado, fumando en pipa.
Hace poco nos traían una exposición del último Van Gogh, en el Thyssen, para convencernos de que los últimos cuadros fueron optimistas y coloridos. La última llama, el ultimo arreón que pega la vela antes de apagarse, de sofocar su amarillo, amarillo luna en este artículo. Por mucho que mirara, por mucho que danzaran las constelaciones en La Noche Estrellada, no fueron suficientes como para convencer al pintor holandés, pelirrojo, kirkdouglado, de que merecía la pena seguir intentándolo. Por mucho que nos quieran mostrar en exposiciones itinerantes, los pájaros negros llegan en bandada a Campo de trigo con cuervos volando, cuadro de julio de 1.890. ¿A por quién venían, sino a por el propio pintor, a por su patria, la luz (de noche)?
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