La cosa, en verdad, fue mucho más prosaica. Haciendo una concesión a mis viejos (y malos) tiempos de tardón impenitente, llegué con casi veinte minutos de retraso a la cita con mi colega y, lógicamente, no son fechas para que las butacas esperen vacías a que tú las ocupes. El cartelito de no hay entradas se rió de nosotros con alevosía desde el cristal de las taquillas. Podíamos haber dado una vuelta y matado el tiempo hasta la siguiente sesión, mas dos circunstancias me disuadieron de la idea: en primer lugar, la sugerencia de Nacho acerca de la película sobre la que versa este artículo; en segundo lugar (y fue lo que terminó de convencerme), el hecho de que no hacía ni dos días que él la había visto en el cine y no le importaba hacerlo de nuevo. Siendo como es mi amigo un cinéfilo de pro, ese detalle no se me podía escapar.
“Habitación 1408” nos presenta a dos actores conocidos y de sobrada valía. El papel de protagonista corresponde a un ecléctico John Cusack, mientras que el siempre brillante Samuel L. Jackson encarna a un inquietante secundario. Los dos realizan un buen trabajo, obviando la disparidad entre los tiempos de aparición en pantalla; tiempos que, eso sí, son los convenientes. Sólo me atreveré a apuntar que, si bien puede ser problema mío, el rictus de Cusack me resulta a veces tan ambivalente que en ciertas escenas no sé si está sonriendo o poseído por la tensión. No me hagáis demasiado caso: seguro que son imaginaciones mías.
El argumento es manido, pero el film no se resiente por ello. El riesgo es pensar que esta es otra típica historia de mansiones encantadas y, aunque tampoco sea una noción muy lejana a la realidad, tal simplificación no le haría justicia al largometraje. El que la acción transcurra en apenas unas docenas de metros cuadrados y estos den lugar a momentos y situaciones realmente espeluznantes tiene su mérito. Los amantes del terror psicológico, como yo, tienen el disfrute asegurado. Eso no significa que vayan a temblar de miedo, pero sí gozar de una obra del género bien ejecutada.
Vamos con la trama, que aún no he desarrollado. Un escritor de cierto renombre, investigador de fenómenos paranormales, se halla un poco cansado ya de ir en busca de entornos hechizados, escenas de asesinatos pretéritos, sitios cargados de malos presagios y energías negativas… nada le satisface. Quedarse una noche en esos lugares le proporciona, como mucho, varias horas de insomnio inducidas más por el hastío que por la inquietud. No obstante, recibe una postal instándole a mantenerse apartado, a toda costa, de una habitación concreta de hotel -la 1408-, y eso no hace sino azuzar su curiosidad. Quizá haya dado con algo interesante para variar.
Allí, en el Hotel Dolphin, se encuentra con la consabida historia de suicidios y muertes en torno a la sala en cuestión. El gerente (Samuel L. Jackson) trata por todos los medios de convencerle de que elija otra estancia para su descanso nocturno: le enseña fotos dantescas, le refiere secretos escabrosos, le asegura que nadie ha resistido más de una hora en esa habitación… pero es en vano. El escritor, cuyo mayor antídoto contra el temor es que no cree en ninguno de los fantasmas sobre los que escribe, no se va a dejar arredrar por supersticiones y coincidencias. Ha decidido quedarse.
Y ahí empieza todo. Como comprenderéis, es el punto donde esta reseña tiene que interrumpirse, porque no me perdonaría revelaros la naturaleza de los múltiples “asaltos” a los que el pobre escritor se va a ver sometido. Buenos efectos especiales para dar cobertura a episodios de neurosis, pánico y claustrofobia muy bien conseguidos. Únicamente señalar, porque si no mi narración quedaría coja, que muy pronto el protagonista comprobará que el lugar donde está atrapado sabe mucho, demasiado, de él y de su familia. Del mismo modo que con ataques “físicos”, la 1408 se servirá del triste final de su pequeña hija y sus secuelas para desquiciarlo hasta el límite.
Nada más, amigos. Confío en que con este somero texto os haya abierto el apetito y os deis una de estas tardes un paseo por el Dolphin. Ya sabéis en que habitación NO tenéis que entrar. Que conste que os lo he advertido.