Estemos o no de acuerdo con el planteamiento filosófico de la película, lo que está fuera de toda duda es la manera magistral que tiene de contar esa historia; todas sus metáforas están llenas de un significado profundo, sus imágenes, sus pausas, es una obra excelsa de arte.
Pero comenzaremos por explicar un par de cosas sin las que el argumento no sería coherente. Si Kubrick se esforzó por dar sentido a cada uno de los elementos de la película nosotros no tenemos por menos que esforzarnos en comprenderlos. El que haya leído algo de Nietzsche o sepa quién es Zaratustra tendrá ya casi media película asimilada; para los que no lo sepan, les diremos que este filósofo creía que el hombre se debía superar a si mismo, pasar la actual etapa cristiana y de moral de esclavo, liberarse de prejuicios y, de esa manera, convertirse en lo que llamaba el “superhombre”: alguien que no busque redimirse ni justificaciones para su existencia, y así, dejando a un lado pecados preconcebidos y aceptando su inocencia, hallar la fuerza para dar sentido al universo y tener en verdad el don de CREAR. Comprendido esto se verá la película con otros ojos. Es precisamente la obra de Strauss “así habló Zaratustra” la que nos introduce los dos momentos más importantes de la película.
En la primera parte y con una narrativa magistral, se nos retrata el primer paso evolutivo: el de aquel primate expuesto a todos los peligros que lo rodean y en lucha continua con otros congéneres por el dominio del espacio (luego será espacial, ahora solo una simple charca). Pero ¿en qué consiste ese paso?: en el descubrimiento de la herramienta, en este caso de un arma homicida creada para la defensa y/o la agresión. Pudiera pensarse que, en vez de un instrumento para matar, fue creado en realidad para cortar carne, o para salvar la vida de un hijo agonizante o incluso para conquistar los favores del sexo contrario; pero no es el caso. El hito lo marca la aparición de un negro monolito que al parecer alumbra el instinto liberal del simio, de su alma asesina. Quiero pensar que ni lo dejaron allí invisibles extraterrestres filantrópicos ni alguna loca divinidad, sino que es un simple paréntesis en la obra, una simple metáfora. A este grandioso paso hacia la inteligencia humana lo acompaña sonoramente la celebérrima “así habló Zaratustra” de Strauss, y no casualmente. Es el movimiento hacia el hombre pensante, paso que posteriormente desarrollaremos.
En los siguientes fotogramas el lanzamiento de esa primera herramienta –un húmero- se convierte en una nave espacial acompañada de los suaves movimientos del “Danubio Azul”. Hasta aquí ha llegado la evolución del hombre, mas es completamente dependiente de sus inventos. La danza espacial bajo los acordes de Strauss es primorosa; la azafata, sus zapatillas... ¡ah sus zapatillas!, una de las escenas, a mi juicio, más bellas del séptimo arte. Pero este fragmento muestra otra metáfora, y es que en el espacio debes aprender a andar de nuevo, incluso se detalla pormenorizadamente como hacer buen uso de los mingitorios. En esta sección de la película asistimos a una nueva aparición del monolito y es el preludio que da paso a la parte más ágil de la película.
Para estudiar este fenómeno se desplaza un grupo de científicos, tres de ellos en hibernación, otros dos como meros supervisisores del funcionamiento secundario del viaje e ignorantes de la misión que se lleva en un profundo hermetismo, y un ordenador de última generación, dotado incluso de sentimientos. El único que almacena los datos del viaje: es el sexto pasajero, HAL 9000. El hombre se muestra torpe, incluso un poco estúpido; hay una secuencia de uno de los científicos que tiene que salir al exterior a comprobar un fallo en el funcionamiento de la nave, esta escena dura interminables minutos pero es indispensable para entender la película: es un tiempo donde lo único importante es la respiración, el hombre es como un niño en el espacio. Queda claro, pues, que el hombre necesita las máquinas que le rodean del mismo modo que Nietzsche hace al hombre dependiente de su moral y sus prejuicios, mientras que su invento HAL se muestra infalible. Pero un fallo suyo hace que los pasajeros opten por apagarlo, planean entonces su desconexión y perpetran su ASESINATO. El ordenador lo sabe y lucha por su supervivencia, intenta la eliminación de la tripulación. Está a punto de conseguirlo pero minusvalora al humano, de la misma manera que lo habían hecho con él. El único superviviente entonces muestra la misma falta de misericordia y, a sangre fría, anula a su creación. Todo es más horrible aún porque Kubrick se las ingenia para hacer que parezca incluso un infanticidio ante las últimas palabras de HAL, una nana que le enseñó su constructor.
Y ante esto el hombre se libera, está solo en el espacio, indefenso. Sólo la muerte le espera.
Y la muerte en Kubrick es algo grandilocuente, uno de los mejores retratos que de ella se ha hecho en el cine. En una nívea habitación el protagonista va viendo, en una concatenación perfecta de planos, como de la edad adulta pasa a la vejez y de ella a la postergada muerte, tras el estallido contra el suelo de una copa de cristal, símbolo de la materia.
Este sin embargo no es el fin, algo nos trasciende.
Los acordes de nuevo de la obra “así habló Zaratustra” y la aparición del Monolito cierran el paréntesis. Nace entonces el superhombre nietzscheciano, el niño de las estrellas de Kubrick, libre de prisiones.
Y que cada uno saque sus conclusiones, que para interpretaciones...
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