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REBECCA, Alfred Hitchcock.

Las estadísticas son peligrosas: además del dato está el contexto, que es el que abriga a la fría ristra de cifras que se nos abalanza cuando abrimos un periódico, pinchamos determinada noticia o acudimos a un tomo de consulta. Recuerdo aquel ejemplo de manual: en tiempos, Segovia era la provincia de España en la que más muertes por tuberculosis se registraba; esto se debía a que el clima segoviano era el que se aconsejaba para luchar contra la tuberculosis: es entendible, por tanto, que esa provincia registrara un número mucho mayor de tuberculosos que León e, incluso, que Murcia o Pontevedra. [+]



 

REBECCA, Alfred Hitchcock. Artículo enviado por Angelcaido.

FICHA TÉCNICA:

Título original: Rebecca. Año: 1940. Duración: 130'. País: Estados Unidos

Dirección: Alfred Hitchcock.

Guión: Robert E. Sherwood, Joan Harrison.

Reparto: Laurence Olivier, Joan Fontaine, Gorge Sanders, Judith Anderson, Gladys Cooper, Nigel Bruce, C. Aubrey Smith.

Producción: Selznick International Pictures / David O. Selznick.

Música: Franz Waxman.

Fotografía: George Barnes (B/N).

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Sirva este párrafo como contexto a la fría aseveración que ahora escribo: los más tontos que he conocido eran universitarios. Es lógico, como el dato sobre la tuberculosis segoviana, si tenemos en cuenta que he tenido más trato con universitarios que con herreros, sacerdotes o agricultores. Supongo que la media de tontos debe de andar muy a la par: o sea, elevadísima, en todas las profesiones y sectores.

¿A qué viene todo esto?, os estaréis preguntando. Viene a que el sábado vi Rebecca, de Alfred Hitchcock, y recordé entonces a dos tontos de mis tiempos de universidad. Quien haya pasado por esa etapa sabrá de lo que hablo: conversación de cafetería, veinte añitos de edad flotando junto al humo de tabaco y cannabis y una baraja de cartas de por medio, con las sotas y los caballos haciendo las veces de profesores. En una de ésas, como os decía, dos tipos de la facultad de periodismo ―si no recuerdo mal no habíamos cumplido los veinte aún, ni mucho menos― ya eran eruditos en todo; aún no me explico cómo a esas alturas no le habían dado el Nobel o algo así. Pues bien: hablaban del “maestro Hitchcock”, y lo pronunciaban de tal manera que las comillas se notaban: “Maestro Hitchcock”. Y hablaban de Rebecca, de la maestría del guión, de las posturas de cámara, de lo bien que estaba rematada... y atentos todos: ¡de lo buena que era la actriz que hacía de Rebecca! Recuerdo aquella frase: “El papel de Rebecca está bordado”. Pronunciaban también las dos C de Rebecca en inglés, lo pronunciaban todo.

Como ya sabe toda persona normal que haya visto Rebecca, no existe actriz que interprete a Rebecca porque Rebecca, sencillamente, muere antes de que comience la trama: ella, durante toda la película, es sólo una presencia etérea, un tema, una insistencia en su recuerdo, pero nunca una actriz. Es decir: eran tontos mayúsculos, fariseos: que aseguran saber lo que desconocen. Hay muchos, cuidado.

Joan Fontaine en el papel de amantísima señora y Laurence Olivier como galán encanecido en el set de maquillaje lo bordan. “Esos papeles están bordados”, dirán mis tontos universitarios el día que de verdad vean la peli. ¿La trama? Una señorita de cuyo nombre Hitchcock no quiere acordarse en ningún momento (qué gran detalle, ni nombre tiene, está indefensa ante Rebecca, que sí lo tiene) se enamora de un lord inglés viudo, ambos se casan, se trasladan a la mansión inglesa de él y allí se topara con el hueco dejado por Rebecca, la anterior esposa del lord. Rebecca dura dos horas y finaliza en una catarsis final a la lumbre de una hoguera en blanco y negro, y da igual en este comentario cómo acabe, quién es el malo, el bueno o el feo. La cosa es que, cuando llevaba una hora o así de peli reparé que ya llevaba sesenta minutos de película perfecta, sin un solo desliz, rapidísima, enérgica, magistral. “Como esto siga así hasta el final”, me dije, “tendré que pensar en Rebecca como la mejor película de cuantas he visto”. Y eso me molestaba, claro, porque de algún modo habría sido como darle la razón a mis tontitos universitarios, que habrían estado, aunque involuntariamente, en lo cierto.

Afortunadamente para mi ego pero para desgracia de mi disfrute, Rebecca acabó haciéndoseme larga, con unos veinte minutos finales excesivos, que arrastré como pude con los últimos cigarros. ¿Nota final? Pero, ¿por quién me tomáis?

¿Rebecca? Peliculón de los que a uno lo hacen rejuvenecer y sentir que está descubriendo palacios antiguos en el mapa del cine. ¿Hitchcock? Maestro, desde luego, en el arte de mantenerme pendiente de un hilo, en este caso argumental. ¿Y mis tontos? No sé por dónde andan, la verdad. Esperando el Nobel, supongo.

 

PD: Tonto, según la RAE: “Falto o escaso de entendimiento o razón”

 

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