Clint, porque no aludiré a él por el nombre del personaje, él es Clint y punto, es un porquero mayor, oxidado, que no quiere recordar su turbio pasado de asesino a sueldo. Enviudó tiempo atrás y desde entonces se dedica a malvivir criando a dos hijos. Vaya calendario, colmado de cerdos febriles, a punto de morir y amenazando con cada décima de fiebre la subsistencia familiar.
Clint, dice Javi, es un Zidane cinematográfico, un tipo mayor del que todo se espera aún. Y cuando Javi dice eso se torna también “zideniano”, junto a los primeros cafés de la mañana. Pero tiene razón. No sé qué dignidad, confianza última, seguridad, da Clint a pesar de caerse del caballo, de ir destartalado, de salir al porche a tirar y no acertarle a una lata que ha colocado a escasos veinte metros.
Pues vaya peli del oeste vamos a ver, donde el protagonista no es capaz de meterle un balazo al arco iris. Pues sí, quizá deberíamos haber avisado, esta peli del oeste se toma todo con distanciamiento, desde los tópicos propios del género hasta a la figura de Eastwood, al que teníamos fichado como el bueno de El bueno, el feo y el malo, al que habíamos pagado un puñado de dólares, sabedores de que la muerte tenía un precio. Pero cometimos dos errores: el primero, pensar que esto era un western al uso; el segundo, no habernos dado cuenta de que Gene Hakckman y Morgan Freeman andaban por ahí.
Sin Perdón es la historia de las buenas frases. Dicen que Clint miró a Sergio Leone, en medio de un espagueti western y le dijo que sobraba texto en el guión: se podía decir todo con una mirada. Dicen, insisto, que el director no supo si estaba ante un actor farsante o si ante un genio. Ya veis, fue lo segundo. Porque a mí me mira el Eastwood como mira al entrar en el saloon y me da un cólico de tres días. Qué voz la de Clint, y qué voz la de Freeman, y qué barrigas, y qué sonrisa torcida de Hackman, también para llamar a urgencias y que te vengan a recoger.
Bueno, y tenemos una historia de venganzas, de supervivencias, de gallitos de corral (es del oeste, en eso sí), pero una historia donde el pistolero se asusta, pasa miedo, tira a ciegas y sobrevive de milagro. Se toma un pullazo de güisqui, se marea un poco y aprieta el gatillo como el pobre que echa una Primitiva, a ver si le sale bien. Si le sale, perfecto, si no, que el enterrador trabaje un poco más.
Qué salvajada, ¿no? Pues sí, qué salvajada, y qué manera tiene Clint de arrugar la frente y transmitirnos ese lado salvaje que, lo quieran o no, señores ilustrados, poetas gordos, académicos de salón, existe. Y se ve todos los días.
Sin perdón acaba sin perdón. Nadie se redime. Clint insiste: ya no soy así; pero sigue siéndolo, sólo que mejor. Y acaba como empieza: con un dominio total del sentimiento, un manejo del paisaje ―personaje más― y frases, frases muy buenas. Las frases buenas son ahora mi obsesión. Tirar fuerte, ajustado, con efecto. “Si os volvéis a meter con las putas, vendré y os mataré a todos, y a vuestras mujeres y vuestros hijos”, dice Clint. Pues eso, que ojalá todos los artículos pudieran rematarse con frases como ésa. O como ésta: “Sin Perdón me hizo entender que ser bueno o malo no importa: lo importante es lo otro, lo de acabarse el vaso sin hacer muescas estúpidas”.
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