El causante de todo este lío era un joven llamado Orson Welles, y los micrófonos tuvieron que aplaudir, seguro, su osadía y realismo. Los que no se lo agradecieron en absoluto fueron los pobres hombres y mujeres que habían estado al borde del infarto por su culpa. ES EL TERRIBLE PODER DE UNA HISTORIA BIEN CONTADA. Y no sería la última.
Con apenas veinticuatro años, el desvergonzado Orson firmaba un impensable contrato con la productora RKO, con unas libertades increíbles, bien que le iba a pesar a la productora. Un año más tarde, conjuntamente con el rápido y mordaz H. J. Mankiewicz, tiene preparada otra obra maestra, Ciudadano Kane.
Pero... ¿qué se puede decir de esta película que no esté dicho ya? Nos conformaremos con intentar transmitir el modo y maneras, la genialidad, de la narración:
30 de Octubre de 1941, Estados Unidos de América. La gente que sale del cine se encuentra bastante extrañada. No es una sala de proyección grande, es de segunda fila. Al parecer, en las de categoría, la película está boicoteada por culpa del poderoso magnate de la prensa William Randolph Hearst, al que se parece mucho el personaje protagonista de la obra, Charles Foster Kane. Algunas señoras comentan que incluso al director le tendieron una trampa en la habitación del hotel, le introdujeron a una señorita, a una menor desnuda, y a unos cuantos fotógrafos para hundirle. Los engalanados señores, por su parte, hablan que la cinta se salvó milagrosamente de un incendio. Y todos, todos, dialogan acerca de lo rara que es la película.
Unos inciden en la narración, de cómo la película empieza con la muerte del protagonista en su deslumbrante mansión, al que sólo se le ocurre decir una palabra: Rosebud, para luego introducir un documental sensacionalista y ensalzador acerca de la vida del muerto. Y cuando esperaban, tras esto, ver su historia, se encuentran con una investigación periodística, con el móvil de la última y misteriosa palabra que pronunció el muerto, C. F. Kane. De esta manera jamás observan su vida de forma directa, sino que son los que en algún momento le rodearon quienes se encargan de contarla. Otros comentan cómo han saltado por los aires muchos aspectos que hasta ese momento se tenían por lógicos en el lenguaje cinematográfico: “Esos viajes en el tiempo, qué raros. ¿Flashback dices que se llaman?” “¿Habéis visto algún primer plano?” “¿Te fijaste que aparecen techos en los decorados? ¿Cómo habrá conseguido la luz?” “Qué manera de colocar la cámara, qué sensación tan amorfa, hay objetos que parecen mayores de lo que son y otros mucho más pequeños” “Claro, ¿os fijasteis en las cargas de indios en la película de La Diligencia, de cómo aparecen a veces por la izquierda y otras por la derecha? Dicen que Orson Welles admira el trabajo de John Ford” “¿Recordáis la música? ¿Os fijasteis que los sonidos a veces están más altos que otros?”
Algunos apreciaron todas estas innovaciones como recursos estilísticos y expresivos. Vieron el perfecto engranaje por el cual hacía que la música y efectos sonoros se diluyeran a la perfección en la trama; observaron la caída de C. F. Kane, sus principios morales y sus defectos humanos con creciente interés, ayudado y potenciado éste por la inserción de las pequeñas historias y recuerdos que le contaban al periodista los que en algún momento estuvieron cercanos a su corazón, creando un rico crisol de opiniones; constataron el expresionismo de cada fotograma, el avance tecnológico del gran angular y una mayor sensibilidad en la película que le permitían rodar planos largos, con una gran “profundidad de campo”. Y apreciaron la búsqueda inicial, el hilo conductor de la trama: Rosebud; ¿Quién o qué era? Toda la película basada en una fútil investigación. Sólo al final el espectador lo descubre, o quizá ni eso. Rosebud: ni diminutivo cariñoso de alguna amante, ni de familiar. Solamente un juego de niños, el nombre de su trineo. Esta gente podía pensar en la importancia de las pequeñas cosas, siempre que no dieran pábulo a un rumor que en esos momentos se extendía. “Rosebud, así llamaba William Randolph Hearst al clítoris de su amante”.
Bueno, aun así se reafirmarían. ¿O acaso no es dar importancia a algo tan pequeñito?
IR A LAS 50 ELEGIDAS