En primer lugar, dejaremos claro que la elección de El retorno del rey es la representación elegida de toda la trilogía, la más laureada de la saga, para formar parte de las 50 mejores de La Revelación. Difícil resulta escoger entre las tres, todas con sus grandes momentos, todas con sus minutos épicos, todas con sus destellos continuos de gloria cinematográfica. Pero quizás esta última resulte la más representativa por varios motivos.
Para empezar, es el colofón, el gran punto y final a una de las grandes maravillas del cine fantástico. Se trata de una tercera entrega, pero sólo a efectos de metraje, ya que forma parte de un todo. Pocos espectadores podrían aguantar entre ocho y doce horas, dependiendo de versiones normales o extendidas, pegados a la pantalla; aunque muchos lo hemos conseguido, y más de una vez, gracias al gran invento del DVD.
Los efectos especiales también han ido mejorando a lo largo de la trilogía, culminando en la magistral batalla de los Campos del Pelennor, momento cumbre junto a las
Minas de Moria, tanto en papel como en celuloide.
La implicación de los actores, su identificación con lo que representan, aumenta progresivamente, así como la de todo el equipo de rodaje.
Y por supuesto, la más representativa en lo que a galardones se refiere. ¿Exagerados? Eso ya va en gustos. Siempre se dijo que semejante aluvión de Premios de la Academia era, sobre todo, una compensación a la falta de laureles que el cine fantástico arrastraba. Pero los hechos, hechos son. Once estatuillas doradas, amén de otros 96 premios y 62 nominaciones.
Por supuesto no faltaron las críticas, no tanto de los profesionales del bloc como de los seguidores más acérrimos y puristas. Se habló del comportamiento exageradamente estúpido de algunos hobbits, exageradamente necio de algunos entes de Mordor o exageradamente afeminado de algunos elfos. Se comentó la, incomprensible por muchos, desaparición de Christopher Lee en el metraje de El Retorno del rey. Y, como la de él, la omisión de muchas partes, que desilusionó a los incondicionales del libro. Especial dolor causó –hablo por mí, y por otros muchos- la ausencia de Tom Bombadil y demás eventos en el Bosque Viejo.
Pero lo comprendemos. El señor de los anillos merecería quince, veinte, cien horas de metraje para que todo se contara con detalle. Pero es obvio que ningún libro puede fusilarse en la gran pantalla, que la película no iba dirigida sólo a los mayores fans, y que es imposible reproducir en tres entregas un viaje tan largo como un embarazo.
Teniendo todo eso claro, y enjugando pequeñas lagrimillas por no ver lo que nos hubiera gustado, el resultado final es esta obra de arte. Para los profanos en Tolkien, un peliculón de batallas, magia, alegrías y penurias. Para los devoradores de su legado, una fidelísima adaptación, una genialidad; un homenaje a JohnRonald Reuel, a su trabajo, a sus seguidores y al cine en definitiva. Una cinta que se desliza en la bovina a la par que nuestros recuerdos, haciéndonos rememorar de forma casi idéntica a como lo hicimos frente al libro, esos fantásticos personajes, ciudades, paisajes y concilios.
No vamos a hablar de actores para diseccionar su trabajo. Todos cumplen con creces. Desde los Mortensen, Blanchett, McKellen y compañía, hasta el último neozelandés que acabó con ciática por representar con ahínco a un simple orco. Pero sí mencionaremos a Peter Jackson, aquél que detrás de la cámara, delante del papel y entre medias de todos nos ha regalado semejante joya.
Némesis, en su artículo sobre Spielberg, hablaba de él como un dios. Dejémosle pues, en su Olimpo particular, brindando por su labor. A su salud, a la de Tolkien y a la de todos nosotros
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