Y de eso habla esta película, “Babel”, de las dificultades que los seres humanos encontramos para relacionarnos entre nosotros, dificultades con origen en motivos personales, culturales, matrimoniales, paterno-filiales o un largo etcétera, y a su vez lo mucho que depende nuestra vida de dicha interrelación entre nuestros semejantes, desde los más cercanos hasta los más lejanos y a priori irrelevantes.
¿Y cómo plasma Guillermo Arriaga en su guión esta interrelación, esta perentoria necesidad de relacionarnos y lo dependientes que somos todos de todos? Pues a través de una entrelazada trama coral que atraviesa Marruecos, Estados Unidos, Méjico y Japón con historias que pudieran parecer independientes pero en absoluto lo son, siendo todas ellas una concatenación de causas-efectos al más puro estilo de la teoría del caos (la de la mariposa y el huracán).
Pero es que además de este apasionante entramado que construye el guión cada historia posee por sí misma sustantividad propia y, como quien no quiere la cosa, según avanza la película se van arrojando pinceladas sobre grandes temas de la Humanidad, desde la soledad, hasta la incomunicación, la marginación, el egoísmo, la manipulación informativa, la inmigración, la injusticia, el valor de los heridos de un bando en contraposición con los muertos de otro y, en resumen, un compendio de pensamientos entrecuzados con los que el espectador inteligente sabrá disfrutar durante el visionado y mucho más tras abandonar la sala de cine. Películas que invitan a la reflexión, buenas películas son.
Y es que aparte del magnífico guión, uno de los mejores que recuerdo, la película también se sustenta en una perfecta y orquestada labor de dirección de González Iñarritu, con movimientos de cámara adecuados en cada momento, un montaje milimétrico, una fotografía de quitar el hipo y una banda sonora que es un personaje más de la película y tiene la importancia que debe de tener. Chapó a todo ello, que ganado tienen ya el Óscar.
Huelga decir, a su vez, que en una película intimista y humana en la que las miradas, los silencios y los diálogos tienen tanta importancia, la dirección de actores y las actuaciones son también sobresalientes en su conjunto, siendo quizá la actuación incluso mejor cuanto más desconocido para el gran público es el actor en cuestión. Que no voy a decir yo que Brad Pitt, Cate Blanchet o Gael García Bernal lo hagan mal, ni mucho menos, pero cómo no preferir la increíble interpretación de Rinko Kikuchi (los que piden el Óscar a Mejor Actriz para Penélope Cruz que vean el trabajo de esta japonesa y sientan un poco de vergüenza) o las no menos memorables de Adriana Barraza o la familia marroquí al completo. Qué actuaciones, Dios mío, de quitarse el sombrero. Plas plas plas.
En definitva, un peliculón de los que dejan huella (personalmente lo mejor que he visto este año 2006 junto con “Crash”), hipnótico, cargado de emotividad y capaz de transportarte al interior de la película en la montaña rusa que propone. Y no, no es una película sobre la globalización como he llegado a leer por algún sitio (la globalización es un término básicamente económico), vuelvo a repetir que es una película sobre las relaciones e interrelaciones humanas ofreciendo además una mirada general sobre diversas miserias de La Tierra y sus gentes.
Por eso deben de seguir haciéndose películas como “Babel”. Porque a pesar de lo mal que se presenta la situación, en ese maremagnum de lenguas y culturas aún ha de quedar espacio para el entendimiento y la mirada autocrítica. Porque el vivir, el día a día, no es sino un puzzle cotidiano de seis mil millones de piezas que cada día nos movemos y tenemos contacto entre nosotros, y no debemos subestimar la influencia que podemos llegar a tener sobre personas sobre las que nada sabemos. Porque en esa nueva Torre de Babel que es este mundo seguimos sufriendo ese rencor divino de la eterna incomprensión, y ya va siendo hora de dejar de mirarnos los ombligos y ensanchar un poquito el ángulo de visión, vamos, digo yo…
Por todo lo dicho, peliculón, obra maestra, cualquiera de esos apelativos valen para “Babel”. Imprescindible.