Al comenzar el día, me he acercado con una taza de café caliente (un pequeño lujo que había olvidado) a la cristalera del salón, donde podía ver, por la alta disposición de la planta, todo el recorrido de la calle; la gente andaba de forma normal y, que ese hecho estuviera formando parte de lo cotidiano, me ha resultado extraño y al mismo tiempo me ha llenado de esperanza.
Me he terminado el desayuno, he escrito estas palabras y me he marchado al trabajo (otro lujo olvidado).
Día 2
Me he despertado empapado en sudor. No logro recordar con qué he soñado, tan sólo sé que, de forma inmediata, he ido al lavabo y me he refrescado nuca y cara pretendiendo, quizás, eliminar los recuerdos en la misma acción. Me he acercado, como ayer, a mi pequeño mirador con mi taza de café caliente y he observado el trasiego de personas; he detenido la mirada un instante en el convoy militar cuyos soldados continuamente observan. Alzando la mirada hasta los tejados de los edificios contiguos he dado con los francotiradores allí apostados y algún que otro helicóptero.
He tomado mi tarjeta de identificación y la de acceso al edificio de control militar; tras esto, he partido dispuesto a proseguir con mis labores de mantenimiento.
Día 3
De nuevo, pesadillas. Una sucesión de imágenes pasadas a cámara rápida y teñidas de sangre. Me he apoyado, algo aturdido, donde en lugar de muro tenemos, por seguridad, el vidrio transparente que procura una mejor inspección del interior por parte de los que están fuera. Entre sorbos de café he visto caras nuevas entre el gentío.
El ejército de los EEUU controla la ciudad de Londres para asegurarse de que no haya un nuevo brote; en caso de que se diera (un escalofrío me recorre la espalda sólo de pensarlo), las instrucciones son claras: CODIGO ROJO.
Las personas que quieren volver a la ciudad, iniciar una nueva vida o, lo que es menos habitual, visitarlo; deben pasar un estricto control médico donde sólo se permite la entrada a los que, con seguridad, no sean portadores del virus. Aquél que dé positivo en las pruebas, desde luego, es eliminado ya que, aún, no se conoce cura alguna.
Al oír un helicóptero surcar el cielo me he sobresaltado y he vertido un poco de café sobre mi camisa; me he sentido como un estúpido.
Día 4
Los sueños son cada vez más reales. Aún tengo esas imágenes en mi cabeza: cadáveres mordidos y hacinados por todos los lados. Es más, tengo la sensación de que me van a acompañar toda la mañana.
Cuando he tomado conciencia por primera vez, me he encontrado mirando el suelo, de pie y apoyado en una de las paredes de la ducha mientras el agua golpeaba en mi cabeza y se escurría por mi rostro.
Hoy he sustituido el café por un vaso de agua, que no deja de ser un privilegio; antes, si no encontraba una botella de agua en una casa abandonada o en un supermercado susceptible de ser desvalijado, podía pasarme días sin beber por temor a que el agua del río estuviese contaminada.
He observado a la gente en su transcurrir diario y me los he imaginado corriendo despavoridos y gritando mientras, tras ellos, un grupo de no-vivos les persiguen emitiendo bufidos, sonidos guturales y arcadas de sangre. En mi descabellada ensoñación, algunos tenían éxito en la caza y andabandevorando con saciedad la parte del cuerpo de la víctima que quedaba libre; así, unos como si fueran unos caballeros seduciendo a una doncella, se arrodillaban y tomaban la mano de su presa, arrancando a pedazos la carne de su brazo; otros, en actitud vampiresca, mordisqueaban el cuello; aquél que sabía hacerse con el mejor hueco, arrancaba la cabellera como en la películas de indios y vaqueros y se disponía a absorber la sabiduría del caído engullendo sus sesos.
Hoy, al ver rostros nuevos, no he sentido esperanza... he sentido miedo. El infierno vino a nosotros de forma inesperada; no me gusta la idea de que los limpios seamos expuestos a aquéllos que han sido encontrados recientemente, según dicen, en el momento en el que se exponían a los primeros rayos de luz tras una larga temporada de reclusión en búnkeres, donde agotaron sus reservas de cereales y comida envasada.
Me he quedado un buen rato observando al apoyo militar, buscando respuesta a mi señal mental de socorro. He visto a los soldados relajados, quizás es normal; no ha habido ninguna alarma en mucho tiempo. Las zonas más desvastadas se encuentran exentas de población, tanto de los vivos como de los no-vivos; hace poco que se redujeron a cenizas los últimos vestigios del despertar de los muertos y, las operaciones en el extrarradio de Londres, se centran en la desinfección de materiales y en los últimos rastreos en busca de supervivientes. Entiendo la tranquilidad del equipo militar.
Me he despertado de mis divagaciones al sentirme observado; un francotirador me vigilaba con su punto de mira.... suelen hacerlo, recorren ventana tras ventana para detectar cualquier anomalía.
Día 5
....un alarido, creo que he gritado antes de abrir los ojos y encontrarme sentado en la cama, enredado entre las sábanas, agarrando con fuerza la colcha y temblando. He tenido que escribir, procurando frenar el nerviosismo, para intentar expulsar de mi pensamiento lo que me había despertado en ese estado.... La pesadilla ha sido horrible: el fondo era negro y veía mi figura en el centro de la escena, encogida y agarrándose el vientre mientras gemía rechinando los dientes. De repente, comenzaba a golpear los límites invisibles del recinto y me echaba las manos a la cabeza como si quisiera aplastármela. Un zumbido surgía, a partir del cual, dejaba de ser un observador y me situaba en el punto de vista del protagonista. Era entonces, cuando el fondo se tornaba rojizo, la visión borrosa y un dolor lacerante nacía del estómago junto con un hambre irrefrenable que rugía desde el estómago; el olfato se amplificaba y detectaba carne, adquiriendo, en ese momento, una conciencia innata de que eso era lo único que podía aplacar el dolor.... Escupía saliva mezclada con sangre y, de repente, aparecían delante de mí un grupo de personas atónitas debatiéndose entre la disyuntiva de ayudarme o huir. Mi conciencia humana quedaba, poco a poco, reducida a un minúsculo punto.
La incertidumbre se hacía presa de las bocas y los corazones, llegando a formarse un silencio absoluto, el cual se rompió en el momento en el que enseñé los dientes y mostré mi garganta para dejar libre un largo bufido que, al finalizar, me hizo lanzarme a la carrera.
Mi pequeño subconsciente llegó a percibir algo que se repetía a voces: CÓDIGO ROJO.
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