He de comenzar diciendo que un servidor no ha tenido en sus manos el cómic que da título a la película que hoy nos ocupa más de cinco minutos seguidos. Es por esto que me limitaré a hablar de la película en sí, sin hacer comparaciones, establecer paralelismos, ni cosas por el estilo. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que estarán más capacitados para ello.Aclarada –y asumida- mi total ignorancia sobre la obra del sr. Miller, comencemos.
Como todos ustedes saben, 300 es una película basada en el cómic homónimo de Frank Miller. Podríamos resumir el argumento de la siguiente forma: el imperio persa se dispone a conquistar Grecia. Con tan alevosas intenciones en mente, manda una embajada a Leónidas, rey de Esparta, pidiéndole que se someta. Este se niega y se dirige al desfiladero de las Termópilas para bloquear allí el avance del persa. Tras unas cuantas batallas en las que el ejército de Jerjes recibe las suyas y las de un bombero, son traicionados, rodeados y finalmente aniquilados.
Naturalmente, y aunque el episodio en el que se basa la obra es histórico, la película no lo es. Ni lo intenta. Podríamos considerarla épica en estado puro: un grupo de hombres conscientes de su destino se enfrentan a un final inexorable, personificado en la horda persa, sacrificando heroicamente sus vidas en defensa de todo aquello en lo que creen: su forma de vida, su tierra y sus familias. Dicho esto, centrémonos en el asunto.
Visualmente la película es inatacable. Espectáculo en estado puro, con una escenografía cuidada y unas coreografías perfectas, corales. Los combates forman un todo complejo en el que la figura principal está perfectamente arropada por los sucesos del fondo de la escena. A ese nivel nada sobra, y todo está perfectamente pensado para ofrecer un completo escenario perfectamente equilibrado. Peca, quizás, de un exceso de barroquismo en dos momentos concretos, pero esto no sería más que anecdótico si no fuera por la inclusión de una serie de escenas metidas a capón que rompen el ritmo de la narración sin que, además, aporten nada nuevo a la trama general.
Los diálogos merecen párrafo aparte. Si bien generalmente me parecen adecuados y coherentes con el desarrollo de la trama –son inmensos los careos entre Leónidas y Jerjes- hay tres o cuatro discursos que creo son completamente gratuitos. No tanto por el momento dramático del que forman parte –hasta ahí casi nada que objetar- si no por la forma en la que han sido tratados. Tras escucharlos tiene uno la impresión –quizás debido al presente momento histórico- de haber oído ya, y en otro contexto, las mismas referencias a luchadores por la libertad enfrentados a las oscuras fuerzas del oscurantismo y el fanatismo proximo-oriental. Al final –sin saber si es causal o no- me parece un error que una película que por lo demás es un maravilloso espectáculo sensitivo pueda dejar en la boca un marcado sabor político. O politizable, que es peor. Resumiendo: a veces uno echó en falta la posibilidad de quitar la voz, o de tirar de mando a distancia y saltarse un par de cosas.
Y un consejo final. Si van a verla, no se olviden de llevar un impermeable o un paraguas. Salpica hasta la cuarta fila. La sangre.
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