Tengo que decir que he visto mucho cine francés; tanto en España, en esas pocas salas donde se ofrecen películas en versión original, no comerciales y de bajo presupuesto, como en Francia, ya que allí pasé todos los veranos de mi infancia, pues tengo la mitad de mi ascendencia de sangre gala; quizá por ello, es ver un camión de frutas y sentir una terrible necesidad de volcarlo.
En Francia la promoción de su cine es tan grande que pocas veces se ve en la televisión películas que no sean gabachas, y por supuesto en los cines no faltan. Igualito que aquí…
He de decir que el cine francés tiene grandísimas películas y grandísimos actores en todos los géneros. De pequeño -y por supuesto de mayor, porque sigo siendo un niño por mucho que mi barba y mi carnet se empeñen en decir lo contrario-, disfruté mucho con el gran Louis de Funès, sobre todo en la película Le Corniaud con el también genial Bourvil. Otros actores y actrices muy destacables del país vecino serían las guapísimas Catherine Deneuve y Brigitte Bardot, Jean Moreau, Jean Gabin, Gérard Depardieu…, entre los clásicos, y en las nuevas generaciones a Audrey Tautou, Mathieu Kassovitz, Jamel Debbouze y Melvil Poupaud.
Pero hoy quiero hablar de Amelie. Esta película del año 2001 me ayudó a reflexionar sobre la vida y cómo podemos hacer de ella un cuento real. Como hacer de las relaciones algo más especial; por supuesto, si queremos y lo deseamos. Y comprobé que se puede hacer. La película está protagonizada por la bellísima Audrey Tautou y Mathieu Kassovitz. Los dos desempeñan una muy buena actuación; o mejor, todos hacen un gran trabajo y dotan a esta película del mayor abanico de sentimientos que he visto en un filme. Nos encontramos con personajes con personalidades totalmente distintas, en donde cada uno tiene sus problemas, su mundo, y en donde la combinación de todos refleja el mundo en que vivimos, siempre manteniendo ese halo de cuento.
Esta obra, tratada en rojos y verdes, desborda imaginación por todos los costados y es por ello que la considero una de las mejores películas de amor que haya visto. Existen historias que no dejan de ser muy buenas, pero la mayoría pecan de cierta previsibilidad. Y esta alegra el alma, nos hace sentir más vivos y tiene un final -por qué no decirlo- feliz para todos, incluidos nosotros como espectadores. Las otras historias de amor que ocupan mi pódium son, en segunda posición y empatadas: Cyrano de Bergerac de Gérard Depardieu y Ciudad de Angeles de Nicolas Cage, ambas con un final triste y, en esta última, absolutamente bestial; por lo bonito de la historia: Te puede pasar a ti, también de Nicolas Cage; y por la real del sentimiento: Más allá de los sueños, de Robin Williams.
Destacar también su banda sonora. La música puede hacer mejor o peor una película; siempre, en mayor o menor medida, la transforma. Juega un papel importante, pues induce sentimientos y su elección no es cuestión baladí. Ya pudimos ver lo sucedido con la banda sonora de 2001: Odisea en el Espacio, entre Kubrick y North en el foro. Una historia desconocida por muchos y en donde se comprueba los problemas que pueden derivar de la elección de una música u otra. En Amelie la música de Yann Tiersen la hace, sin duda, mucho mejor de lo que de por sí es. La Valse D’Amelie es una gran composición y un complemento más que perfecto.
Muchos amigos me recriminarán no poner Moulin Rouge, pero siento decir que es una de las películas más previsibles que he visto y no puede entrar en mi top de cine de amor. Solo aceptaría equiparar a Amelie y compartir el primer puesto la inclusión de la Vida es Bella de Roberto Benigni, pues la muestra de Amor es comparable en originalidad a Amelie, ya no tanto de pareja, sino para evitar el sufrimiento y las secuelas en un hijo; sólo el final te hace levantar de la butaca con ánimo distinto.
Es, pues, este artículo un alegato para todos aquellos que no han visto Amelie y quieran descubrir un ejemplo de cómo vivir con menos aburrimiento, con más originalidad y felicidad, viendo que se puede hacer feliz a muchos con muy poco. Para que puedan disfrutarla y consigan ver que la vida se puede vivir de otra manera, más felices y con menos preocupación de la que nos gusta imponernos en estos tiempos.
Es, en definitiva, una apología al amor verdadero.
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