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CARTAS DESDE IWO JIMA.

Dice una frase de Paul Valéry que «La guerra es una masacre entre gente que no se conoce para provecho de gente que sí se conoce pero que no se masacra». No conozco mejor definición para la guerra. Eso es y ha sido así para todas las guerras, pasadas, presentes o futuras, para todas las batallas y para todos los muertos de todos los bandos. Es un axioma que delimita bastante bien quiénes suelen ser las víctimas y quiénes los cabrones en ese absurdo invento humano llamado guerra. [+]


 

CARTAS DESDE IWO JIMA. Artículo enviado por Ivan Ilitch.

FICHA TÉCNICA:

Título original: Letters from Iwo Jima . Año: 2006. Duración: 141'. País: Estados Unidos.

Dirección: Clint Eastwood.

Guión: Paul Haggis, Iris Yamahsita.

Reparto: Ken Watanabe, Kazunari Ninomiya, Tsuyoshi Ihara, Ryo Kase, Shido Nakamura.

Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens.

Fotografía: Tom Stern.

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De eso nos habla esta última Obra Maestra que nos ha regalado el cine, de ese absurdo de la guerra, de esa destrucción sin sentido entre gentes que no se conocen (y por ende, no se odian), de ese sufrimiento y ese dolor en el que ese arrastra a millones de personas, del miedo inherente a morir.

Y lo hace con maestría «Cartas desde Iwo Jima» gracias a su equipo, desde su director Clint Eastwood, que aporta esa crudeza de las imágenes y esa magnífica dirección de actores, al productor Steven Spielberg, cuya mano se percibe en los toque anti-belicistas y la espectacularidad de algunas imágenes, o el guionista Paul Haggis, cuyos medidos diálogos o declamaciones en off son antológicos, sin olvidar a los actores japoneses que, directamente, son grandiosos. La presencia siempre imponente de Ken Watanabe dota de profundidad y carisma a su personaje, el General Kuribayashi, si bien el gran descubrimiento de esta película es el joven actor Kazunari Ninomiya, que construye en su papel de Saigo el papel de un joven japonés que no entiende ni acepta qué hace él en esa isla inhóspita lejos de su mujer, en esa guerra.

Así, de la mano del General Kuribayashi, de Saigo y de algún compañero más, cada cual con distintas motivaciones y reflexiones (mención especial también para Shimizu, ex-kempeitai, una suerte de falange japonesa a la caza de rojos), vemos en el principio de «Cartas desde Iwo Jima» cómo construyeron los japoneses su famosa defensa en aquella isla, cavando intrincados túneles que garantizaran en lo posible, si no ganar, al menos resistir. Es en esta primera parte de la historia donde se desgrana el carácter humano de los combatientes, donde te cuentan sus penurias en forma de arduo trabajo, hambre y disentería, donde se empiezan a escuchar las primeras cartas que los soldados redactan a sus seres queridos, cartas desde Iwo Jima, todo envuelto en esos sobrios y macilentos tonos de fotografía que acentúan los sentimientos de responsabilidad, abandono, miedo o soledad (el inmenso cartel anunciador con el general Kuribayashi caminando por una playa con aspecto abatido bajo la mirada atenta de un Sol Naciente puede dar una pista de lo que digo).

Pero «Cartas desde Iwo Jima» también es una película bélica, por lo que es ya en la segunda parte de la historia donde vemos la famosa batalla de la isla desde el punto de vista japonés, un punto de vista en aspectos de obediencia y honor tan alejados de nuestros valores occidentales que cuesta a menudo entenderlos. La derrota no es una posibilidad ante la ingente capacidad de sacrificio de los soldados japoneses, capaces de, en nombre del carácter divino de su Emperador, inmolarse en seppuku al grito de Banzai antes que caer prisioneros. Alguna de las escenas más descarnadas y duras de la película nacen de este ininteligible sentimiento japonés del honor y la patria, alcanzando cuotas de dramatismo y sobrecogimiento asombrosas como con la pérdida del monte Suribachi.

Quizá por ponerle un pero a esta «Cartas desde Iwo Jima» destacaría que no quedan bien definidos en la pantalla los 40 días de combate que duró la batalla de Iwo Jima, por más que algunas pistas sobre la escasez de alimento y agua te indiquen que se ha prolongado bastante en el tiempo. Sin embargo, este detalle no desmerece el tono épico y de película grande que tiene porque, repito, estamos ante un peliculón como los que se ven pocos o ninguno cada año, a la altura de la gran historia que cuenta: en Iwo Jima murieron 20703 soldados japoneses (por los 24480 americanos), siendo hechos prisioneros apenas 216. Tal fue la fiereza, el tesón, la resistencia, e incluso la locura, con que los japoneses defendieron Iwo Jima que posteriormente los EE.UU. justificarían el lanzamiento de su primera bomba atómica amparados por el recuerdo de esta batalla.

Valga pues esta «Cartas desde Iwo Jima» como recordatorio de aquella inhumana batalla, como lo son todas, y de aquellos hombres corrientes, gente sin odios ni rencores a quienes por parte de ambos bandos habían arrastrado allí, que dejaron su vida en las playas de Iwo Jima. Porque como cantan los Drive-By Truckers: «I never saw John Wayne on the sands of Iwo Jima», o dicho de otra manera, que ya está bien de inventarse héroes cuando lo que mueren en todas las guerras siempre son seres humanos en los que podemos, y debemos, vernos reflejados.

Palabra de Eastwood y compañía. Amén.

 

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