En el momento en que veo La Soledad han pasado catorce días desde el estreno. No ha disfrutado esta película de una campaña de marketing como la que pueden costearse otros títulos, vendidos con las mismas técnicas con las que El Corte Inglés nos vende una primavera anticipada y gozosa o los Reyes Magos nos recuerdan desde mediados de octubre que debemos encargar sus regalos. Sin embargo, la sala está medio llena ―sí, medio llena, no medio vacía, ya que de inicio el cine está despoblado, y lo que cuesta energía es sentar a un tío en una butaca, no desalojarlo―. Ha funcionado, deduzco, el boca a boca.
― ¿Has visto La Soledad?
― No, ¿eso de qué va?
― Pues no lo sé. Es difícil de saber. Es… como la vida.
Jaime Rosales está convencido de algunas cosas. “Estamos acostumbrados a que una película cuente una historia. Sin renunciar al placer que proporciona el relato, el director de cine tiene el deber de añadir nuevas dimensiones a su obra. La creación cinematográfica pasa por encontrar nuevas formas de percepción. Encontrar maneras nuevas de mostrar imágenes o enlaces entre imágenes. Aunque se corra el riesgo de fracasar, hay que intentar ir más allá. Hay es donde entra la polivisión”. La polivisión consiste en dividir la pantalla, en este caso en formato cinemascope, en dos partes, de modo que simultáneamente se nos ofrecen puntos de vista distintos de un mismo objeto o se nos amplía el campo de visión para poder cubrir a la vez, por ejemplo, dos estancias de una casa.
― Sí, pero, ¿de qué va La Soledad?
― Pues eso, de cómo superamos el dolor, de cómo son las relaciones que mantenemos los humanos entre nosotros.
― De la vida.
― Eso es.
Adela
Divorciada con un hijo. Vive en un pueblito del norte de León, zona de buen vino y mejor tapeo. Pero la señora está delgada, se conoce que no le pega a la cecina como debiera. Mantiene una relación de “paz armada” con su ex marido, al que intuimos más interesado que ella en retomar las relaciones. Adela se sienta en un jardín y le dice a una amiga: “Me voy a Madrid. Igual allí puedo empezar de nuevo. Aquí no tengo nada”. Y se va.
En Madrid convive con Carlos y con Inés, que es hija de Antonia (ver la columna de al lado). Y un día, un buen día, un día de cielos velazqueños, un acontecimiento terrible desarma la existencia de Adela, que, en efecto, debe reiniciar su vida, pero de manera totalmente distinta a como tenía pensado.
El dolor cae sobre Adela como el vino en las tragaderas de un alcohólico: con rotundidad e inundándolo todo. |
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Antonia
Antonia, viuda, emparejada con Manolo, un buen hombre, tiene tres hijas: Nieves, egoísta, Helena, que supera un cáncer a lo largo de la película, e Inés, que comparte piso con Adela (ver la columna de al lado).
Adela es una señora mayor a la que todo le viene bien. Aguantaría un tsunami con media sonrisa y, pasada la ola asesina, te miraría bonachona, entre ruinas, intentando que tú no le dieras importancia a lo que acaba de ocurrir y te diría: “Al menos se nos ha ventilado la casa”.
Adela protagoniza la escena más cruda de la película. No sé cuántos minutos de cámara fija centrados en ella, que llena la soledad del cine con solvencia, autoridad, ternura y sin fondo musical, porque La Soledad no tiene más banda sonora que la de los cuatro suspiros que se escuchan entre butacas. Y lo consigue. |
Más de dos horas, el 30% aproximadamente con la pantalla partida en dos. Y no se hace pesado. Y los diálogos parecen sacados de la calle, de los autobuses, de los bares. Ojo: parecen, dan la impresión. Pero no se trata de un collage de frases costumbristas colocadas en un crisol del que se obtienen unos diálogos fluidos. No, la manera en que Rosales y Rufas han conseguido escribir esas cosas se antoja muy complicada, lejos de la improvisación del “autor con desparpajo” o de los “¿actores?” de teleseries españolas grabadas contrarreloj. No sé cómo lo hacen, sencillamente, pero lo cierto es que esos personajes: Adela, Antonia, Inés, Manolo… no saben que están viviendo una ficción, han sido dotados de unas acciones y de unas palabras que les permiten tener vida propia: una vida muy semejante a la que estamos acostumbrados a vivir, a ver, a sufrir.
Consigue entonces La Soledad que no salga del cine con la sensación habitual: la de haberme equivocado de sala, sino con otra muy distinta y mucho menos cotidiana: la de ser mejor que el que era al entrar, cosa que sólo ocurre con algunos libros, algunos poemas, algunas canciones, algunas películas. Mientras enciendo el cigarro de después, a la salida, una frase es la más oída:
― Como la vida.
― ¿Qué te ha parecido?
― Es muy raro: es como la vida.
O sea, que he visto una buena película. No una película de cine español o de cine no español, sino una buena película. Es la única distinción, no la de nacionalidades, que es la distinción de las subvenciones, que es la subvención de la nada.
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