Tengo un sentimiento que se parece a la certeza: Moros y Cristianos en la pelicula no es más que una marca de turrón, precisamente el nombre comercial que sustituye al histórico, familiar, vetusto y cuasidecimonónico nombre de Planchadet y Calabuch, al que el patriarca de la familia, Fernando Fernán Gómez, se aferra con la vehemencia con la que los ancianos sostienen bastones. Pero aún así, ya os digo, me imagino qué habría pasado si, en lugar de estrenarla a finales de los ochenta, les hubiese dado por presentearla, no sé, hace seis meses, por ejemplo. Hagamos un poco de artículo-ficción, que a veces es la imaginación quien alumbra a las entendederas.
Imaginad la misma película, el mismo argumento: Fernán Gómez es el patriarca de una familia de turroneros que acuden a Madrid desde el Levante para patrocinar sus tabletas de turrón. Los dos hijos, Agustín González y Pedro Ruiz, babean ansiosos por quitar al viejo del medio y proponer y disponer a su antojo en la empresa. Rosa María Sardá (Cuqui en la peli: Cuqui, impagable) es una señora que comienza a dar sus primeras dentelladas serias en esa piscina de tiburones que es la política, dejando el timón de su carrera y su vida a un asesor de imagen que cobra a punta de encuesta: José Luis López Vázquez (con coleta torera). Para completar la escena, llegan a Madrid arrastrando toda una caravana promocional, con su moro y su cristiano peleando encima de una furgoneta, con su carga industrial de turrón y con su Andrés Pajares como sobrino deficiente de la parentela, obsesionado con las criadas y el billar.
Pues bien, todo lo que queráis, pero hoy la película habría provocado:
- Manifestaciones a favor y en contra de la conveniencia de titular a una película Moros y cristianos. ¿Por qué no Musulmanes y Cristianos?, pediría alguna asociación de siglas impronunciables, y acto seguido sacarían del cuarto de los aperos a cualquier político que dijera muy serio: “Creemos que el estado actual de las cosas aconseja prudencia cuando se trata de valorar las diferencias culturales...” o alguna zarandaja semenjante. No descartéis que alguien pidiera eliminar los nombres religiosos y exigir un título laico: el título entonces quedaría reducido a la conjunción copulativa, una vez eliminados los términosMoros y Cristianos: “Y”.
- Boicot de la película a las puertas de los cines, con pegatinas, pines, banderitas o algún lazo de determinado color, no sé, azul marquesa, se me ocurre, pidiendo que eliminasen la escena en la que los figurantes disfrazados de moro y cristiano dejaran su espada y su alfanje y las sustituyeran por una hoja de ruta que negociar pacíficamente.
- Una miriada de mails, artículos, portadas, horas de radio... indagando en una cuestión capital: ¿esta película nos acerca o nos aleja del Diálogo de Civilizaciones?
- Saldría algún señor en su pueblo, con grupo independiente en el ayuntamiento, diciendo que la cultura y las tradiciones de su gente se ha visto insultada, ya que ellos llevan haciendo turrón desde mucho antes que los levantinos. ¿Por qué Berlanga entonces no ambientó la película en su pueblo? Y esto sería la antesala de la petición de un Estatuto de Autonomía para ese pueblo.
- La gala de los Goya se vería completamente monopolizada por el asunto, y nadie repararía en la ausencia o no de Almodóvar.
- La ministra del Tabaco aprovecharía para salir al paso y denunciar que unos cuantos personajes fuman en varias escenas. ¡Celuloide sin humos!, clamaría esta señora tan falta de unos kilos que la alejen de la anorexia (por no ir más lejos). Y, por qué no, exigiría saber la composición del turrón Planchadet y Calabuch para ponderar la posibilidad de hacer una ley anti-turrón.
¿Artículo-ficción, dije? Me temo que sin ficción. Si no es por Moros y cristianos, afortunadamente estrenada a finales de los ochenta, a salvo pues de la necedad que nos ocupa actualmente, será por otro tema, otra película, otra moda. Lástima que a Berlanga y Azcona no les haya dado, una vez que nos contaron el ocaso de las maneras empresariales de este Fernán Gómez turronero, por seguir la escalada de Cuqui, Rosa María Sardá, política-marioneta ambiciosa guiada por la coleta de López Vázquez en su versión asesor de imagen. Me temo que hoy en día ya no quedan Fernán Gómez aferrándose al bastón de la honestidad, y sí muchos López Vázquez con coleta, asesorando. Y da igual que sean moros, cristianos o pekineses. Que les den turrón a todos.
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