Dentro del cine oriental de artes marciales siempre destacó Bruce Lee, aunque siempre me pareció forzado, soberbio, contrario a la humildad que desprende toda esta filosofía. Por el contrario disfrutaba viendo a Jackie Chan, sobre todo en sus primeras películas donde se armonizaba la comicidad y la disciplina de las artes marciales de modo muy aceptable, y con Jet Li. Pero ahora quiero hablar de una película concreta de Chow Jun-Fat: Tigre y Dragón.
Nada más ver el póster de la película surgieron en mí deseos intensos de verla, y no tarde mucho en hacerlo.
Salí del cine soñando despierto, flotando ante algo que despierta en mí una sensación de paz indescriptible, en un estado de meditación y reflexión, pero también con cierta rabia interior por la estupidez simplista de algunos que arrastran al resto de borregos, pero en su momento explicaré el porqué de ese sentir.
Dejando al margen los paisajes, la música, la ambientación, la trama, la actuación de los protagonistas..., me centraré tan solo en las distintas relaciones que pueden surgir de una misma raíz, y a su vez en direcciones tan opuestas y comprensibles como muestra la película. Todo lo anterior me pareció sublime, aunque mi opinión se encuentre, seguramente, muy influenciada por mi pasión por ese mundo. Pero empezemos:
Jen es la hija del gobernador Yu, de familia acomodada y en donde la tradición le fija un matrimonio de conveniencia. Pero ella lleva en su interior la motivación de la vida libre, sin servidumbres impuestas, la vida de los guerreros o guerreras como Li Mu Bai y Yu Shu Lien (Los protagonistas: Chow Yun Fat y Michelle Yeoh respectivamente), pero con un grado de ambición incompatible con esa motivación. Nadie consigue despertarla de su egoísmo absoluto y su soberbia. Ni su primer maestro, un conocido delincuente asesino del maestro de Li Mu Bai, el cual la instruye en las artes marciales con el fin de tener un discípulo y cómplice para cometer sus delitos, ni Yu Shu Lien, a quien Jen ve como una modelo a seguir, ni Li Mu Bai, quien, viendo sus cualidades en las artes marciales, la quiere tomar como discípula para transmitirle sus conocimientos. En el primer caso Jen aprovecha la incultura de su maestro para superarlo en las artes marciales; sintiendo que ya no puede aprender nada de él, comienza a engordar su ego que más tarde o más temprano siempre lleva a la autodestrucción. Sus conocimientos en las artes marciales la hacen sentirse invencible. Respecto al segundo caso, comienzan con una especie de relación fraternal, en donde la hermana mayor, que se rige por la disciplina, el respeto y la humildad, trata de mostrar a Jen su egoísmo, su inmadurez y su distorsión cognitiva. Pero de nuevo su orgullo y soberbia hace que la relación se torne insostenible. E igualmente sucede con Li Mu Bai. Tanto para poder enseñar como para poder aprender se requiere de madurez técnica y psicológica, o al menos un potencial. La madurez técnica es fácil de enseñar, no ocurre lo mismo con la madurez psicológica que requiere un alto grado de humildad, aunque también es posible con un alto grado de sufrimiento. Lamentablemente solemos escoger, generalmente, el segundo camino debido a nuestra incansable ignorancia. La idea de la muerte, propia o ajena, su proximidad o la injusticia también pueden despertar en nosotros una mayor madurez psicológica. Y entonces surge la pregunta ¿Cómo despertará esa chica cegada de soberbia y ambición? ¿Acaso podrá?
Destacan también dos relaciones amorosas. La llevada a cabo entre Jen y Lo, un ladrón que ataca la caravana de Jen y su familia, y la de Yu Shu Lien y Li Mu Bai.
En la primera, podríamos hablar de un amor pasional, dependiente, inicial, conflicivo al principio, donde de nuevo la ambición y el orgullo de Jen hacen imposible su consumación. Ni siquiera el amor de Lo será capaz de salvarla de ese veneno. Pero él la seguirá, lo intentará, y acerca de si lo consigue: solo diremos que al final se desvela.
En la segunda, el respeto, los principios y la dignidad hacen igualmente inalcanzable la consumación. En este caso por que Yu Shu Lien estaba prometida con el mejor amigo de Li Mu Bai, que muere por salvarle la vida a él. Ambos sienten el amor del uno por el otro, un amor puro, verdadero, tímido, pues la memoria del ser querido desaparecido y el respeto a su memoria se establece como freno para su culminación. Y aunque la situación parece aceptada, surgen las dudas. ¿Acaso el verdadero amor supondría una falta de respeto al ser querido y ausente? ¿Acaso esta persona no desearía la felicidad de sus seres queridos?Lo que queda claro es que esta relación lleva implícito el amor verdadero en cada palabra, en cada mirada, en cada comportamiento para con el otro.
Tigre y Dragón no es solo una película de artes marciales, lleva implícito mucho más sobre el sentido de esta vida perecedera de la que desconocemos su momento final, sobre como vivirla, sobre como saber encontrar un equilibrio entre los sentimientos y la razón.
Solo una cosa clara, todos influimos con nuestras palabras y comportamientos individuales en el todo, algunas teorías orientales afirman que incluso los pensamientos inciden, como el efecto mariposa cuyo aleteo termina originando un huracán. Y dentro de nuestros comportamientos: los deseos y los apegos ignorantes constituyen el mayor de los males de la humanidad.
Por cierto, se me olvidaba; aquello que tanto me indignó fue ver como media sala se partía de risa viendo una persecución y una lucha a través de las ramas de los árboles, sin pararse a ver la belleza de la idea, de la fantasía, de ese baile de equilibrio, porque algunos no ven más allá de su nariz y de su móvil.
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