Una vuelta más de tuerca a la eterna lucha futurista entre el hombre, el poder y las máquinas.
El argumento es simple: allá por el 2078, en el remoto planeta minero Sirius 6B, por cuyo control ha habido más que palabras feas, un grupo de lumbreras con bata crean el arma definitiva. Unos robots, los screamers (llamados así por el chirrido made in Loreto Valverde que emiten al detectar chicha fresca) son desarrollados para proteger dicho planeta de huestes poco deseadas, hasta que el invento se les escapa de las manos; los screamers toman conciencia de lo divertido que es pensar por cuenta propia y, no contentos con montarse la guerra por su parte, consiguen el logro de autorreplicarse y evolucionar.
Estamos ante la típica película de ciencia-ficción cómica, no porque así lo haya querido su equipo de producción, sino por el cachondeo, caos y avalancha de palomitas al aire que provocan gran cantidad de escenas.
Analicemos:
- La atmósfera del planeta es poco aconsejable para los pulmones humanos; solución: fumarse unos porretes rojos de plastiquillo para poder respirar.
- Está claro que a los screamers se les ha ido la olla (la película es bastante predecible); solución: vamos a tener montón de movidas, discusiones absurdas y mentadas a la madre en el seno de nuestro grupo que sólo valen para ponérselo más fácil a los cacharros asesinos.
- Cada cierto tiempo el grupo de héroes, encabezados por Peter Weller (nuestro entrañable Robocop, encarnando ahora a Hendricksson) se encuentra con robots cada vez más evolucionados, nunca antes vistos, pero cuyos números de serie siguen una curiosa progresión (insistimos en el factor de previsibilidad); solución: vamos a comernos la cabeza pensando en la más que hipotética posibilidad de que los robots, lejos de lo que todos esperan, hayan evolucionado.
La película, que pretende hurgar en las inquietudes filosóficas del espectador, no consigue pasar ni de la primera meninge. Cuando a uno le da por pensar en el sentido de la película se encuentra doblado de risa, con media cocacola derramada en los pantalones (si no se ha derramado otra cosa por la manifiesta soltura de esfínteres) y todos los amigos con espasmos y toses por la misma circunstancia.
Todo esto, unido a unos efectos especiales dignos de mi primer Commodore 64, dan el definitvo toque de peli mecánico-filosófico-hilarante.
Sin embargo, a diferencia de otras películas comentadas en esta sección, animamos a ver esta película. A algunos quizá les dé por pensar (sobre todo en la posibilidad de ataque de su microondas), a otros incluso puede gustarles; pero sobre todo porque es la típica película que gusta algo más la segunda vez que la primera (aunque nadie se reirá tanto como la primera vez).
Destacamos, ya para terminar, escenas y frases antológicas de la historia del humor como el demoledor “Baja, cambio”, los ya mencionados petas oxigénicos y el final de la película, típico final absolutamente de coña que cuando piensas que se te han secado las lágrimas para el resto de tu vida, te das cuenta que era sólo un amago.
Aun así, reconozco que la he visto cuatro veces. Y es que a todos nos gusta pasárnoslo bien.
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