El anzuelo fue un vídeo-juego, claro, de estos juegos de ordenador o consola donde uno se harta de pegar tiros a horribles criaturas en las que puedes personalizar al responsable de los tipos de interés de tu hipoteca o a la vecina de arriba que a las doce de la noche pasea por el pasillo con tacones. Por lo visto, el juego de marras, llamado también Doom, marcó época allá por la prehistoria de este tipo de entretenimientos, es decir: hace unos cinco o seis años, hablo de oídas. Total: que el juego fue la bomba de bueno y, de algún modo que aún no alcanzo a comprender, mis “amigos” habían alumbrado el siguiente silogismo: juego bueno – peli buena.
Dos o tres minutos de película demostraron la falsedad de tal deducción. Argumento: unos científicos instalados en Marte realizan de forma secreta experimentos con el ADN de la gente y, como no podía ser de otro modo, la cosa se le va de las manos y crean una galería de monstruos que ríete tú de los porteros de discoteca. La única diferencia es que los de la peli te descuartizan directamente, sin realizar ninguna observación sobre si llevas zapatillas o no. Pues nada, sin pega ninguna: se llama a un grupo de tíos—“grupo de élite” le llaman, o algo así— que son un cruce entre el M.A. Barracus del Equipo A y Hulk Hogan cabreado porque ha perdido su pañuelo amarillo, y se les encarga que frían a tiros a los malditos engendros. La presentación que nos hacen de los justicieros es suficientemente explícita: los tipos están en un barrancón encerrados, la mar de entretenidos lanzándose cosas los unos a los otros y empleando el vocabulario que uno esperaría escuchar si de pronto alguien lograra que los borricos hablasen. Y nada, les dicen que tienen que ir a Marte a exterminar unos bichejos inmundos y allá que se van, como el que sale a por tabaco.
Dado que en esta película es impracticable el consabido esquema Planteamiento-Nudo-Desenlace, tan bien traído desde los griegos, y visto que la capacidad de los actores para transmitir cualquier emoción, aunque sea el hambre, es nula, directamente os digo cómo acaba todo, qué más da: los bichos se van cargando uno a uno a los miembros del grupo de élite (que se convierten o no en alimañas también dependiendo de si su alma es buena o mala, atención al trasfondo moral del asunto, a la altura de una discusión entre Epi y Blas); pues ya digo, se cargan a todos menos al protagonista, que al final se convierte en una suerte de formidable superhombre capaz de tratar de tú a tú a los mutantes y de administrarles una somanta sin darse importancia y sin despeinarse. Y entonces la peli se acaba, se encienden las luces del cine y tú ya puedes salir corriendo escaleras abajo buscando un bar, más desesperado que si hubieses estado ocho horas en IKEA.
Lo único bueno que tiene la peli es:
1. Que se acaba.
2. Que después de verla todo nos parece bueno, hasta el cine español.
3. Que no creo que deje secuelas permanentes en el cerebro de quien la ha visto.
4. Que hay un minuto o así en que la cámara se instala en el punto de vista del tipo que ha cogido un pistolón, imitando así al juego. Eso está logrado y tiene su pizquita de mérito, vale, pero entonces: ¿por qué no han hecho un corto de cinco minutos?
Y ahora, para terminar, querría exponer algunas recomendaciones a los guionistas de este tipo de películas sobre cosas que, por mucha ginebra que llevemos en el cuerpo, NADIE SE CREE:
1. Cuando uno está en un túnel oscuro, acorralado por mutantes cuyo único deseo es traspasarte el hígado de un manotazo, nadie dice: “Espera un momento, que voy al baño”, y se mete en unos baños a desahogarse —esto pasa en la peli, lo prometo por el doblete del Atleti—. Una de dos: o se te pasan las ganas de desahogos o, directamente, te alivias en el túnel, con el equipo puesto.
2. No es verosímil que a una señora como la que encarna a la investigadora que lleva el proyecto en Marte, que para más inri usa transparencias, la dejen sola en la sala del laboratorio mientras que por toda la base pululan monstruos asesinos con ganas de fiesta. Porque a ésa se la comen fijo: un monstruo o un humano, y lo digo por las transparencias.
3. Revisen, en vez de enredar tanto con el ADN, el DNI de quien les escribió la historia.
4. Sugerencia a los del casting: los verdaderos monstruos son los guionistas, no hace falta gastar presupuesto en efectos especiales, metan en la piel de los mutantes sin más a los tipos que han escrito el guión, nadie notará la diferencia.
Dije al principio que a los que me arrastraron a ver Doom les he retirado el saludo; pero desde aquí les aviso: que no crean que he descartado ni emprender acciones legales contra todas sus familias ni protagonizar cualquier acto de violencia descontrolada hacia ellos, así, en mitad de la calle, sin avisar. En plan Doom.
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