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LA PROFECÍA. Como buenos profetas, lo veíamos venir.

Cuentan las profecías que una ola de remakes asolará las pantallas en el siglo XXI. Cuentan las profecías que el éxito de esas versiones, a pesar de su proliferación, será puesto continuamente en entredicho. Y cuentan, porque las profecías cuentan montón de cosas, que uno de estos refritos contaría, a su vez, la historia de otra profecía. Qué curioso. [+]



 

LA PROFECÍA. Como buenos profetas, lo veíamos venir. Artículo enviado por Chuca.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The omen. Año: 2006. Duración: 110'. País: Estados Unidos.

Dirección: John Moore.

Guión: Dan Mcdermott.

Reparto: Liev Schreiber, Julia Stiles, Mia Farrow, David Thewlis, Seamus Davey-fitzpatrick, Michael Gambon, Pete Postlethwaite.

Música: Marco Beltrami.

Fotografía: Jonathan Sela.

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Las señales son inequívocas. Tras el atracón de re-comics, re-acción y re-intriga, tarde o temprano tenía que llegar otra de re-miedo. Ya nos previnieron con la caspa que supuso La matanza de Texas 2004, la infame pre-cuela de El exorcistaEl exorcista: el comienzo- y la apañadísima Amanecer de los muertos. Tiempo después –mucho para el ansia monetaria de las compañías cinematográficas, poco para recuperarnos- un grupo de sesudos productores y publicistas se regodeaban y congratulaban ante la inminencia del 6 de junio de 2006. Esto suponía el soporte perfecto para sacar de paseo, una vez más, a Damien. La fecha representativa del número de la Bestia, 6-6-06, creaba el contexto ideal para dejar que la re-encarnación de Satán hiciera de las suyas treinta años después.

Y en esta ocasión, fíjense ustedes, juntando en una sola película tres de los componentes más citados en La Revelación: re-make, terror y niño raro.

- Re-make, del original de 1976, con Gregory Peck y Lee Remick bajo las órdenes de Richard Donner.
- Terror, relativo. Asistimos decepcionados a la trilladísima secuencia de sustos fáciles y extremadamente previsibles. Sólo falta el locutor radiando la jugada.
- Y niño raro, que no da tanto el pego como otras veces. Que sí: más raro que los que en ocasiones ven muertos o tienen amigos imaginarios con trastornos bipolares, es sin duda la mismísima encarnación del diablo. Un diablo de categoría “pasmao”, para más señas. Porque Damien sólo tiene dos expresiones: la de estar en la parra o la de tiro del pantalón corto.

Pero vayamos a la película como tal.

Tras una serie de acontecimientos, tales como el desparrame del Columbia o los tsunamis orientales, un cometa avistado desde el observatorio Vaticano hace temblar al personal. Todo encaja (al menos para ellos): la llegada del Anti-cristo es inminente. El mismo día 6, la mujer del machaca del embajador americano en esos lares da a luz y queda inconsciente. Su marido es avisado de que el niño ha muerto y, para no desilusionar a la ignorante mujer, se le ofrece a cambio al hijo de otra mujer que acaba de fallecer.¡Exacto! El desconsolado Robert Thorn acepta y se lleva el gran marrón: la re-encarnación del Mal.
El señor Thorn, tras una serie de curiosos acontecimientos, acabará siendo nombrado embajador en Londres, donde Damien crecerá. Para, una vez cumplidos cinco años, putear indiscriminadamente a todo lo que pille a mano. Sobre todo a su madre, que se las va a llevar todas juntas.

Y hasta aquí podemos leer.

Respecto a los actores: faena digna de todos ellos, a excepción del Merluzo de las Tinieblas. Destacaremos a Liev Schreiber y Julia Stiles como el matrimonio Thorn, sufridos ellos; David Thewlis, fotógrafo y receptor secundario de tragedias; y sobre todo Mia Farrow, niñera sectaria y protagonista de escenas de tintes erótico-peculiares con el churumbel a su cargo (no, no soy tan retorcido, eso mismo también lo señala la crítica).

Por último, en lo que a argumento se refiere, además de atropellado y cogido con alfileres, más de lo mismo: planteamiento actualizado, profecías más modernas, muertes más “gores”, algún guiño a obras maestras del género como El resplandor; vamos, mejor sartén para la misma fritanga. Los ingredientes son los mismos, las pescadillas más frescas, pero ya estábamos acostumbrados al sabor de lo antiguo.

 

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