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LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE CRISTO: Martin Scorsese. Bienaventurados los que la vean.

Este comentario igual se cuelga en la sección de Cine, igual en la de Mitología…no sé. Pero, sin atender a clasificaciones, el otro día me ocurrió que vi La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, y recordé el género: las pelis del redentor. ¿Salvo soy, pues? [+]



 

LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE CRISTO: Martin Scorsese. Bienaventurados los que la vean. Artículo enviado por Angelcaído.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Last Temptation of Christ. Año: 1988. Duración: 157'. País: Estados Unidos.

Dirección: Martin Scorsese.

Guión: Paul Schrader, de la novela "Cristo de nuevo crucificado", de Nikos Kazantzakis.

Reparto: Willem Dafoe , Harvey Keitel , Barbara Hershey.

Música: Peter Gabriel.

Fotografía: Michael Ballhaus.

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Estéticamente yo estoy ligado a la película Jesús de Nazaret , porque uno siente siempre la llamada de la niñez como poderosa patria que te llama cuando los años surcan sus devaneos propios y te inminscuyen en su vértigo. Y a mí la que me pusieron en mi infancia, antes de escribir en La Revelación , fue Jesús de Nazaret .

Aquella historia era lineal, larguísima y cumplía la norma del género que consiste en que la virgen María es más joven que Cristo. No intentéis comprenderlo. Quedaba asentado el patrón que mi generación manejaría en lo sucesivo en lo referente a cine sobre Cristo. Jesús se alzaba en el ecuador de la cinta sobre la muchedumbre para enunciar las bienaventuranzas, fondo musical emotivo incluido, y muchos comprendimos que necesitaríamos muchas lecturas apócrifas y otras tantas horas en el bar de la esquina para, efectivamente, no creer a pies juntillas que “bienaventurados son los que tienen sed de justicia porque ellos serán saciados”. Yo tuve sed de ginebra, y en ello ando. Pero irrevocablemente, desde entonces, aquel Jesús de Nazaret sería el metro con el que mediría todas las películas del género.

Supongo que la siguiente fue La vida de Brian , de los Monty Python, de la que ya escribí aquí. Y la siguiente fue la de Mel Gibson, La pasión , que la progresía criticó a causa de la militancia política y religiosa del director pero que a mí me pareció una película excelente, nutrida en metáforas y en recursos narrativos. El Vaticano afirmó que “ayudaba a la fe”, y yo estoy de acuerdo, porque la gente salía del cine conmocionada por los golpes recibidos por aquel señor (o Señor).

Sin embargo, como ya os habréis percatado, lectores cuidadosos, se me había pasado La última tentación de Cristo . No sé, estaría yo por aquellos años intentado emular a Futre en algún descampado. El caso es que, como he dicho, me ocurrió el otro día que vi la película de Martin Scorsese, y me pareció (exceptuando el peculiar caso de los Monty Python) distinta al resto. Porque en cualquier versión que veamos de esta narración mitológica de milagros, nacimientos de una virgen y resurrecciones, el protagonista es un personaje completo desde el principio, consciente de sí mismo y de la importancia del papel para el que ha sido llamado. Es decir: un ser ajeno a la duda, impertubable; sufridor hasta el extremo, sí, pero jamás ignorante del proceso en el que se halla.

Por el contrario, en La última tentación de Cristo nos encontramos con un hombre que no tiene ni idea de lo que está ocurriendo. Jesús –encarnado en el actor Willem Dafoe, que no se ha recuperado aún de la perfecta interpretación que consiguió- , de entrada es un carpintero que manufactura cruces para que los romanos ejecuten a los judíos. Obviamente, padece un estigma social, y resulta odiado por sus vecinos y señalado como “colaborador de Roma”. Judas, ese personaje tan hondo en cualquier versión, interpretado en esta ocasión por un soberbio Harvey Keitel (que sí se ha recuperado), intenta convencer al joven artesano de que debe unirse a la causa de los zelotes, que hoy serían como palestinos lanzando piedras a la coraza del César. Jesús sufre ataques, tiene visiones, no sabe qué le está ocurriendo, pero confía en que Dios está preparándolo para una misión importante.

El protagonista pasará, siempre impregnado por su inquebrantable fe, por varias creencias: el amor como fórmula de hacer la voluntad del Altísimo, el hacha, es decir, la guerra declarada a Satanás y sus demonios, la revuelta política contra los romanos y, finalmente, el convencimiento de que debe ser usado como sacrificio para que la Humanidad reciba el perdón de sus pecados.

Pero Cristo duda todo el tiempo, es tentado precisamente por sus dudas. ¿Su última tentación? Estéticamente sublime, adorable, el rizo rizado hasta hacerlo espiral. QUE LOS QUE NO QUIERAN SABER EL FINAL NO LEAN A PARTIR DE AQUÍ, QUE SE PASEN AL ÚLTIMO PÁRRAFO. En la cruz, una niñita aparece para salvarlo. Es su ángel de la guarda, que viene a perdonarle el sacrificio lo mismo que Yaveh detuvo la mano de Abraham cuando en el Antiquísimo Testamento le propuso ofrendar a su hijo Isaac. Si salvó a Isaac, ¿no iba a salvar a su propio hijo? El argumento es bueno, no me lo neguéis. Cristo accede a bajar de la cruz y reiniciar una vida como hombre normal; se amanceba con la Magdalena , que muere poco tiempo después; se vuelve a juntar con María y Marta, ya sabéis, las hermanas que tan hospitalarias se muestran en los evangelios; llega a viejo, Cristo anciano, lo nunca visto fuera de la revista Cero. Y entonces vuelve Judas, mientras los romanos destruyen Jerusalén en el año 69. ¿Por qué nos traicionaste?, le pregunta Judas, ¿por qué te bajaste de la cruz? ¡Traidor! Y Willem Defoe entorna otra vez sus ojos para mostrar la perplejidad que lo domina. ¡Satanás lo engañó, Satanás era quien se hizo pasar por su ángel para bajarlo de la cruz! Ésta fue la última tentación de Cristo ―qué vuelta de argumento, me rindo―. Pero el buen hijo ora y el padre, misericordioso, lo devuelve a la cruz. Entonces Cristo suspira aliviado, se retuerce en el madero y expira satisfecho de cargar con tus pecados, y con los míos, y con los de Javi y Chuca… con todos. Por mí, perfecto. La mejor versión que he visto.

Y aunque sigo prisionero de la infancia, de los traumas, del doblete del Atleti y de Jesús de Nazaret en lo estético, me alegro de no haber visto esta película de Scorsese hasta rozar la treintena. Antes no la habría disfrutado tanto, y quizá la versión de Mel Gibson se me habría antojado repetitiva y poco original. Qué suerte he tenido; como guiado por una divinidad. Por cierto, qué Magdalena, como Monica Belucci en la de Gibson. Yo no habría resistido, lo admito. Así sea.

 

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