Tengo la suerte o la desgracia, según se mire, de ser más paciente y disponer de mayor aguante con las películas que con los libros. Me explico. Si un libro no me gusta, tras unas cuantas páginas para darle el beneficio de la duda, cierro y a otra cosa. Sin embargo pocas películas he dejado a medias por horrendas que fueran. A bote pronto, sólo recuerdo el caso del infame remake de La matanza de Texas, que duró menos de 20 minutos en el DVD. En el caso de The descent, agradecí esta paciencia.
Me encontré ante otro caso de película a la que mirar con recelo: producción no americana (en este caso británica) de terror, con buena crítica y premio al mejor director en el British Independent Film Award. Muchas cosas con similar presentación han tenido resultados nefastos para el cerebro. Y de hecho, así me lo confirmó la primera media hora. Tras una escena muy bien llevada en la que una familia se la piña con el coche –de estos accidentes que se ven venir y sólo piensas “¡pero mira p’alante, melón!– con resultados trágicos y tintes pseudogores, entramos en una dinámica de inevitable bostezo.
Seis amigas muy amigas, de éstas que tienen que demostrar que son muy amigas a base de hacer el bobo y pegar grititos, se reúnen tras un tiempo de desconexión para pasar unos días juntas y ponerse al corriente. Entre ellas, la única superviviente del accidente antes comentado, todavía traumatizada por la muerte de su marido y su hija. También entre ellas, otra chiquita de origen oriental, mejor amiga de la sufridora de la tragedia. El espectador que llegado a este punto de la película haya tenido un poco de vista y de cerebro retorcido, quizá haya observado ciertos detalles indicadores de que la señorita oriental, además de ser amiga de la traumatizada, también lo era de su marido. Demasiado, incluso.
Pues bien, durante esta primera media hora nos enteramos además de que el grupo de féminas excursionistas van a hacer unos pinitos en espeleología para distraerse un poco. Y para todo esto, treinta minutos de extrema lentitud y de típicas incoherencias: un ciervo destrozado a la entrada de la cueva no supone motivo alguno de alarma. “Habrá sido un oso”, dice despreocupadamente una de ellas. A lo mejor soy muy cagón, pero a mí saber que hay un oso así de cafre por la zona –luego se verá que no es un oso– me acojonaría bastante.
Por suerte, el ritmo de la película empieza a cambiar. Tras unos cuantos sustos fáciles, que si salen murciélagos de pronto, que si te toco en la espalda cuando no te lo esperas, las cosas comienzan a complicarse. Al desmoronamiento de la galería de entrada de la cueva con casi despachurramiento de una excursionista se unen tres factores:
a. Histeria moderada por el mal rato y por ver cómo vuelven ahora. Menos mal que la oriental lleva una guía de la cueva.
b. Error, la oriental no lleva la guía, se la ha dejado en el coche porque va de sobrada.
c. Pero además, tan sumamente sobrada que ni siquiera era la cueva pensada en un principio, sino otra completamente inexplorada y de pinta bastante más compleja.
Crisis, broncas, lamentos, mentadas a la madre… para seguir avanzando por complicados abismos, agobiantes pasajes y descubrir por fin que lo del ciervo nada tenía que ver con un oso. Un nutrido grupo de humanoides de las cavernas, especie de híbridos de Gollum y el malo-rata de Creep, y ciegos pero con mucha mala leche, comienzan a hacer estragos entre las amigas, que irán cayendo como chinches con coleta. A favor de las damas, los arrebatos heroicos de alguna de ellas. En su contra, el instinto voraz de sus perseguidores y la ineptitud de la oriental, que no contenta con sus proezas anteriores las sigue haciendo dobladas.
No debemos comentar más, que ya bastante hemos destripado. Dejamos que el lector se anime a ver The descent, para asistir de esa forma a una aventura de supervivencia bajo tierra, con una atmósfera de agobio continuo muy bien conseguida, y con un final peculiar de esos que tanto nos gustan.
Y es que ya lo decía mi abuelo: cuando van solas dan algo de guerra, pero cuando se juntan varias, la que son capaces de montar
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