Igual que no existe dolor físico más fuerte que el producido por un cólico nefrítico, no existe dolor espiritual más intenso que la caída de un mito.
A lo largo de la vida, pero sobre todo en nuestra juventud, todos hemos pasado por trances semejantes. Llegaba un momento en nuestra vida en el que veíamos que nuestros padres no lo sabían todo, la concepción idealizada de la pareja amada se desmoronaba o nuestras creencias sobre cualquier dios se venían abajo. Nada hay moralmente más doloroso que depositar la esperanza en algo para ver posteriormente cómo se desvanecen nuestras ilusiones.
Pero siempre acabamos sobreponiéndonos, volvemos a generar nuevas esperanzas e irradiamos ilusión por todos los poros… hasta que los hermanos Wachowski nos la arrancan de cuajo.
Voy a ceñirme a la experiencia personal, que supongo será compartida en mayor o menor medida por muchos: allá por el año 99 fui al cine a ver una película de la que apenas había oído hablar. Ignoraba cualquier opinión de la crítica, de cualquier conocido y lo poco que sabía de ella era a través de unos confusos y misteriosos anuncios en televisión.
Dos horas y pico después salí del cine con la ilusión de un niño pequeño: había visto, a mi parecer, una de las mejores películas de ciencia-ficción. Pasó el tiempo, empezaron a circular los rumores sobre una segunda parte, después sobre una tercera; que si se iba a rodar la trilogía completa, que si la segunda iba a ser una precuela o una secuela…
El caso es que en 2003, mis sueños se hicieron realidad. The Matrix , ese peliculón que vi cuatro años atrás, tendría continuación. Y dos, a falta de una.
Allí estaba yo el día del estreno, haciendo coreografías de palmas con las orejas junto con una nutrida tropa de amigos; toda la ilusión del mundo volcada en ver de nuevo esa originalidad que me fascinó, esos efectos especiales fuera de lo normal, esa magia del universo de la matriz cibernética.
Tras el último fotograma de The Matrix Reloaded, una sala enmudecida se preguntaba, triste y en silencio, qué había pasado. Sólo un hombre sentado dos filas delante de mí se atrevió a hablar, resumiéndole a su mujer el pensamiento general: “¿Pero qué coño es esto?”
¿Qué había sido de la originalidad? ¿Dónde estaba la magia? ¿Por qué un filón semejante se había convertido en un videojuego de más de dos horas, en una ensalada de palos y más palos sin sentido? ¿Por qué un guión de ovación y vuelta al ruedo se había transformado en una sucesión de chorradas inconexas y sin sentido?
En eso había tornado nuestra ilusión. En una chufa de tonos verdosos, en un “más de lo mismo” sin emoción alguna; un sinvivir de frases con acento francés y temblores de párpado ante cada nuevo “ergo” salido de labios del Arquitecto; una renovada decepción ante cada revolcón de Neo y parienta y cada baile de cuarto de hora; una atención centrada en el (tremendo) escote de la señorita Bellucci por ser lo único que merecía la pena.
Los hermanos Wachowski pagaron la afrenta (aunque no creo que ni ellos ni a su bolsillo les importara demasiado) con la nominación a un Razzie a la peor dirección.
Yo sólo quería mi Matrix , aquella que tanto me había gustado. Quizá por eso, por esa esperanza que nunca se pierde, fui a ver The Matrix Revolutions … lo siento, no puedo seguir escribiendo…
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