Leonardo Sbaraglia interpreta a Martín Circo, un profesor de Historia de la Economía (que no propiamente de Economía, y esto es de vital importancia para el desarrollo del filme), que en mala hora resulta ganador de un concurso televisivo de preguntas y respuestas tipo Saber y Ganar. El premio son quinientos millones de las antiguas pesetas, en forma de bienes materiales (una mansión, un cochazo, un viaje…) que, supuestamente, puede empezar a disfrutar de inmediato.
No obstante, algo que el protagonista y su novia ven tan maravilloso en un principio resulta que tiene un reverso mucho menos halagüeño. Hacienda, como no podía ser menos, le reclama casi el cincuenta por ciento de ese patrimonio… en efectivo.
Nuestro profesor ha pasado de la noche a la mañana de integrar la clase media a ser rico, pero no dispone de ninguna liquidez. A consecuencia de ello, como un ingenuo, comete el mayor error de su vida: pedir un crédito. Al tener dos casas como aval, no tiene problema en la concesión del préstamo, pero ha de devolverlo en un año. Y es aquí cuando todo se dispara: empieza una carrera a contrarreloj para convertir en dinero las adquisiciones provenientes del premio para poder pagar al banco, acción que no resulta fácil al constatar los posibles compradores su necesidad urgente de vender. El torrente de acontecimientos está servido pero, claro está, no voy a ofrecer más detalles: deseo que veáis la película.
Sí que me gustaría comentar el encuentro del protagonista con, probablemente, el personaje más interesante del filme. Cuando el profesor se da cuenta de que, por mucho sepa de historia de la economía es un completo ignorante de sus entresijos, visita a un enigmático hombre, Edmundo Figueroa, que va a cambiar su concepción del capital y sus transacciones de forma radical. Tampoco explicitaré los pormenores de las conversaciones que irán manteniendo en sus diversas citas, porque hay que detenerse en ellas y analizarlas, paladearlas como los buenos platos; sólo diré que una escena, la del tablero de ajedrez y las monedas, es, como decía al principio, impresionante.
El largometraje no está exento de pequeños “fallos” (a mi entender), pero estos no eclipsan la brillantez del conjunto. Uno de ellos es que no juzgo coherente que la narración de la trama empiece con la voz en off del protagonista y luego ésta desaparezca de raíz. Se habría agradecido su reaparición sobre todo al final, como colofón y síntesis de todo lo ocurrido. En contraste, tiene instantes y matices preciosos: la melodía escogida para cerrar el filme es, por ejemplo, de lo más acertada.
De cualquier manera, me parece una película fenomenal que merece mucho, mucho la pena. Por ello, desde aquí, os recomiendo encarecidamente que la veáis.