He visto por ahí que los críticos clasifican la peli como “Serie B”. Yo no soy crítico ni clasifico, así que les dejo a ellos las etiquetas de “Serie B”, de “XXL” o de “L” de novato, lo que más ilusión les haga. De cualquier modo, el argumento ―“B” o “C”― es digno de Kafka, pues el protagonista no se convierte en insecto, pero quizá lo hubiese preferido. Un tipo normalmente formado, casado y con una mujer sana, en edad de procrear, con su casa, su gato y su trabajo estable, toma el sol junto a la parienta en la cubierta de una embarcación de recreo. A instancias del marido, la señora baja a por unas cervezas a la cámara frigorífica y, durante el minuto escaso que ella tarda en regresar, a él le pasa por encima una extraña niebla que se pierde en la lejanía del mar tan misteriosa y rápidamente como vino. Lo deja embadurnado en una especie de brillantina y ahí parece quedarse la cosa.
Pero, ay, aún no sospecha el rubio, fornido y leal contribuyente lo que le espera. Al principio es un detalle sin importancia, unos kilos de menos, la pérdida de unos centímetros de altura... pero claro, a los diez minutos de película la tenemos montada: tiene la estructura molecular más alterada que un PC lleno de virus, y para colmo los señores médicos no saben qué hacer para detener ese proceso de empequeñecimiento al que se ve abocado y que está provocando que encoja y encoja sin remisión.
Otros diez minutos y ya ha quedado reducido al metro veinte, convertido en un bicho de circo, con la prensa en el jardín de su casa y su nombre en todos los titulares como sinónimo de atracción de feria. El pobre Scott, que había planeado milimétricamente su vida ―valga la ironía―, ha de soportar que su esposa mida el doble que él, con lo cual queda fuera de su jurisdicción. ¿Qué hacer, más que gritarle y agriar el carácter como si de un tirano bananero se tratase? Poco más, blandiendo un lápiz tan grande como su brazo, en un frustrante intento de contar su historia por escrito.
Pero pasan los minutos de película, el director usa el croma con pericia, demostrando que ese recurso sirve para algo más que para dar el tiempo en los telediarios; Scott ha seguido menguando, ahora vive en una casa de muñecas instalada tragicómicamente, como un juguete en espera de que el niño de la casa vuelva del colegio. Y entonces ocurre la tragedia, si es que podía ser peor su suerte. El gato, antaño mascota simpática e inofensiva, ahora es un enemigo atroz que lo hace huir por el salón y caer ignominiosamente al sótano, a una caja de trapos. ¡Exiliado de su tamaño original y ahora también del resto del mundo, que piensa, simplemente, que el gato se lo ha comido!
Y entonces, allá por los quince centímetros de estatura, comienza una película distinta, más dura, de género “naufragio” casi diríamos. Scott ha de sobrevivir comiendo migas de pan colocadas en los cepos para ratón, refugiado en una caja de cerillas a medio abrir. Y la araña, un peludo monstruo con el que habrá de disputarse el poco alimento que queda a su alcance. Scott, vestido con un trapo neolítico y armado de una aguja, hará las veces de hobbit luchando frente a Ella-Laraña. El primer plano de la boca de la araña da verdadero asco, un asco “Serie A”, digan lo que digan los críticos. Igual a ellos no les da grima, igual lo arácnido les pasa inadvertido por la costumbre.
O sea, que hemos visto, a la kafkiana manera, cómo un tipo, un americano medio, se ha ido viendo despojado de todo lo que tiene: su entorno laboral, social, sentimental... incluso su supervivencia, por la que termina pugnando a lo Robinson. ¿Qué más le queda por perder a alguien que acaba pasando por el agujero de una malla de no más de medio centímetro de ancho?
La película acaba con una reflexión al parecer impuesta por la Universal y por el propio director, que hacen al guionista (Richard Matheson, autor de la novela que da pie a esta película) escribir un discurso en el que Scout se adentra en metafísica y enlaza directamente con los planes del Creador Universal, cuya mano parece ver en el cielo estrellado con el que acaba la cinta. Afortunadamente, durante estos años en los que “El increíble hombre menguante” ha venido a mi mente de forma vaga e intermitente, esta parte final jamás afloró. No creo que lo siga haciendo. Pero qué inquietante el argumento, de nuevo una historia en que se demuestra lo fácilmente que nos podemos ver privados de todo lo que creemos nuestro. Hasta de la conexión a internet, fijaos hasta dónde llego...