El 26 de diciembre del año 1895, don Jaime se desplazó de Madrid a París por motivos profesionales, pues debía visitar a unos colegas anticuarios. De paso, pensaba subir a la polémica estructura metálica de Gustave Eiffel, colosal alarde de ingeniería inaugurado seis años antes, que iba a ser demolida al finalizar la Exposición Universal de 1900. Tan descomunal armatoste de hierro provocaba un enorme rechazo social no sólo por razones de estética sino también, ajuicio de sesudos expertos, de seguridad. Cabe señalar que don Jaime conocía dos obras de Eiffel en España: una bodega jerezana de González Byass llamada “La Concha”, y la nueva Estación de Atocha, en la que el francés asesoró al arquitecto Alberto de Palacio.
Esos fueron los argumentos expuestos a su familia para permanecer fuera cinco o seis días, pero no eran todos pues además, o principalmente, planeaba reunirse con cierta atractiva joven parisina que conociera meses atrás, veraneando en San Sebastián, y cuya relación epistolar era prometedora de otra mucho más directa e íntima. Y
es que hay algunos a los que tiran mucho las faldas francesas, como bien nos contara angelcaido en su artículo sobre Baudelaire.
Llegado a la capital gala, nuestro hombre dedicó toda la mañana y parte de la tarde del día 28 a sus actividades profesionales, contando las horas que faltaban para la cita nocturna, concertada de antemano, con la muy apetecible señorita. En espera del ansiado momento dio un paseo sin rumbo fijo, admirando las fascinantes maravillas arquitectónicas y monumentales de la ciudad, con la Torre Eiffel siempre recortándose en la lejanía. Al pasar por el Boulevard des Capucines le llamó la atención un cartel colocado junto a la puerta del Grand Café, anunciando algo llamado Cinématographe Lumière y que según el texto era algo así como una reproducción de imágenes en movimiento . Le pareció curioso, andaba sobrado de tiempo y entrar allí era un buen modo de resguardarse del intenso frío, así que pasó al local para luego bajar al pequeño Salon Indien tras abonar un franco.
A los pocos minutos se apagaron las luces y ante el escaso público, sobre una tela blanca situada frente a ellos, aparecieron las imágenes en blanco y negro de varias personas moviéndose: era la película titulada “Salida de los obreros de la fábrica Lumière” y el cine acababa de nacer. Enseguida los atónitos espectadores contemplarían otras nueve filmaciones de 17 metros, entre otras “La llegada del tren a la estación de La Ciotat”, que aterrorizó a la concurrencia al ver cómo la locomotora se precipitaba hacia ellos. Aquellas imágenes impactaron enormemente por la fidelidad de la reproducción y porque pese a ser en dos dimensiones reproducía el movimiento con gran nitidez de enfoque, o lo que hoy llamamos profundidad de foco.
Cuando se encendieron las luces varias personas seguían boquiabiertas, sin salir de su asombro, mientras otras comentaban admiradas lo recién visto. Según observó don Jaime, todos eran franceses y entre ellos estaba Georges Méliès, director del teatro Houdin, unos de los invitados al acto.
Al día siguiente los diarios locales dedicaron los mayores elogios al invento de Auguste y Louis Lumière (hasta un cronista alababa “la autenticidad de los colores”), de modo que de los 35 francos recaudados en la presentación, insuficientes para pagar el alquiler del local, se pasó en una semana a superar los 2.500 diarios.
Respecto a su cita, don Jaime la resumía con un escueto aunque significativo “Psché” y nunca dio más detalles. Lo cierto es que el día 29, a primera hora de la mañana, regresaba precipitadamente a Madrid, sin haberse acercado siquiera a la Torre Eiffel ni sacar el más mínimo provecho comercial. Pero se llevaba el recuerdo imborrable de una breve sesión cinematográfica que iba a cambiar el mundo mediante un ingenioso aparato que aprovechaba el fenómeno de la persistencia retiniana. Y el cine, aquella fábrica de sueños donde se aunaron el arte, la industria, el espectáculo y el comercio, le acompañó para siempre, convirtiéndose en una de sus grandes pasiones. El viaje sin duda había merecido la pena.
Continua en: Historia del cine español II. Consideraciones previas y advertencias.