Se abrieron algunas ventanas, y quién sabe si no se abrieron solas, como si la madera mojada provocase ese efecto automático: lo mismo que el calor puja el maderamen o la carcoma lo devora, la interrupción de la lluvia provoca que las ventanas se abran.
Desde algún lugar comenzó a sonar un piano e, imitando a las gotas de lluvia, la suavidad de los dedos sobre las notas conformó una cortinilla que hablaba de Moonlight Sonata de Mozart. Goteaban las músicas y los tejados, entraba a la habitación la música como un olor, entraba el olor a ozono como una música, y las moléculas de O3, ozono, moléculas formadas por tres átomos de oxígeno, se pusieron a bailar su vals en el aire, deshaciéndose vuelta a vuelta en O2, moléculas cargadas de Mozart.
Desde arriba, la escena fue completada por un ramalazo de tiza más, un toque dorado, que dejó claro, sí, definitivamente, que en la imagen el sol lanzaba un rayo postrero, casi amable, sobre piedras, tejas y vidas.
Bert observó la escena, cruzado de brazos, y su cara alargada y fecunda en gestos alzó una ceja y preparó una media sonrisa que parecía indicar satisfacción. Buen dibujo, un dibujo más, a la entrada del parque londinense, uno de esos dibujos donde Mary Poppins y los niños se podrían meter a cantar o merendar.
Después, comenzó a llover una lluvia rara, metódica, como lanzada con regaderas, y la tiza se fue deshaciendo, pujándose en pompas, mezclándose. Pero Bert, el deshollinador, ya había firmado la escena, así que podemos pensar que ésta, por firmada, ya había quedado fija, segura, inmóvil, más allá del tiempo y sus lluvias. Bert se alejó tarareando su melodía de carbones bajo la lluvia irreal del plató real en el que se desarrollaba su vida de personaje de película.
O sea: una tarde pintada sobre la acera fingida, de atrezzo, de una película. Y todo esto, descrito en La Revelación. ¿Somos reales? Anda, Descartes, sigue pensando. Yo venía hoy a hablarles de Mary Poppins, lo sé. Pero, así las cosas, entre los mismos juegos de espejos que usó Cervantes para escribir con su brazo manco, ¿qué aducir? Ruego por tanto que me sepan disculparme: el que esté seguro de su existencia, que lance el primer comentario.
PD: Y los tejados, en la única coreografía que uno admite, poblados de bandadas de deshollinadores cantando con voces graves, como hobbits a la orilla de la chimenea.