El tema sobre la manipulación del ADN en pos de una raza perfecta, tema apasionante y rico de matices donde los haya, es tratado a la perfección en esta película de Andrew Niccol (guionista de “El show de Truman” o “El señor de la guerra”), enseñándonos un mundo que hipotéticamente debiera ser mejor pero que no deja de aparecer hostil, frío y hasta cierto punto aterrador. Muy bien ambientado ese mundo gracias a esos tonos verdes y sepias, artificiales, inhumanos... mágicos.
Y ese primer cuarto de hora de película en que el protagonista nos cuenta su historia, llena de envidias, incomprensión y vergüenza, me parece una maravilla, de lo mejor que nunca se haya hecho en cine. Original planteamiento que te mete de lleno en la historia desde el principio y te hace sentir una empatía hacia el “normal” (¿El Salvaje?) y sus miserias increíble, como si él fueras tú mismo. Sobresaliente el argumento, el ritmo y el final, y qué decir ya sobre cómo interactúan todos los personajes entre sí y esos guiños sobre el futuro que aparecen por doquier.
Muy bien construidos también los personajes por los actores, Jude Law incluido, que no es santo de mi devoción, con un personaje hecho a su medida. Ethan Hawke, por su parte, le dota de gran humanidad a su personaje, que es lo que requiere, y Uma Thurman le otorga al suyo ese hálito de tristeza y misterio tan inherentes a esta actriz.
Qué más destacar de este maravilloso film: la belleza de la metafórica competición natatoria entre hermanos, la deshumanización de los procesos de selección y las condiciones de trabajo, la renuncia social a la privacidad de datos, la marginalidad vista desde otra perspectiva... Una gran película, en definitiva, que merece elevarse a los altares de las obras maestras de la Ciencia-Ficción, por delante de otras tan sobrevaluadas “Matrix I”, por poner un ejemplo que suene a herejía.
Ay, Aldous, cuán cerca estamos de un mundo feliz...