Cuenta la leyenda que un niño llamado Danny nació en Los Ángeles, California, el 29 de mayo de 1953; un niño que, cuando creciera, desarrollaría un sorprendente talento para la música, lo que le haría convertirse en uno de los compositores más reverenciados de la industria del cine. Sus padres, como antiguos astrólogos, profetas o simplemente por gusto, capricho o porque algo especial vieron en la criatura, decidieron matricularle en un conservatorio de música al tiempo que contrataban a un profesor particular. Pero la leyenda habría perdido gracia de haber estado todo tan encarrilado, por lo que aquel niño decidió prescindir de todo aquello y desarrollar su talento, aprender y llegar a sorprendernos totalmente por su cuenta.
Cuenta la leyenda que Danny tenía un hermano perteneciente a un grupo de rock con el divertido nombre de The Mystic Knights of Oingo Boingo, al que se unió como parte del coro. Pero las leyendas poco hablan de coristas, así que Danny creció en el seno de este grupo para acabar encargándose de arreglos, composiciones, voces, instrumentos…
Cuenta la leyenda que cinco años después de la aparición de Danny, otro enorme talento en ciernes, también californiano y de nombre Tim, nacería para crecer y asombrar al mundo. Pero tendría un aliado: el joven Danny. En 1985, ambas fuerzas de la naturaleza se conocen y Tim pide a Danny que escriba la música para su primera película, La gran aventura de Pee-Wee (1985), comenzando una de las colaboraciones más fructíferas que ser humano, protozoo o periodista del corazón viera jamás.
Cuenta la leyenda que a estas alturas del artículo, o incluso mucho antes, todos los lectores saben que nos referimos a Danny Elfman y Tim Burton. “Tim trabaja con sus películas en un modo emocional, casi visceral, antes que de una manera específica o intelectual. Yo tiendo a trabajar de la misma manera para que todo fluya bien”, comentaba el señor Elfman. La compenetración entre ambos ha sido, es, y probablemente seguirá siendo espectacular. Como muestra, varios botones de oro con diamantes engarzados, películas en las que ambos nombres aparecen (quizá no tan grande como debieran) en los títulos de crédito: Bitelchús (1988), Batman (1989), Eduardo Manostijeras (1991), Batman vuelve (1992), Pesadilla antes de Navidad - en la que Elfman también prestó su voz en las canciones del protagonista Jack Skellington - (1993), Mars attacks (1996), Sleepy Hollow (1999), El planeta de los simios (2001), Big fish (2003), Charlie y la fábrica de chocolate (2005) o La novia cadáver (2005).
Pero no contento con semejante proeza musical, Danny decidió, entre medias de semejantes joyas, dejar su sello en otras cuantas más. Un sello “made in Elfman”, totalmente reconocible para todos sus seguidores con un mínimo de oído. Un sello con el ying y el yang grabado en él, con una marcada dualidad entre el bien y el mal en todos sus trabajos, tal y como él mismo ha reconocido siempre. Así podemos hablar de Los fantasmas atacan al jefe (1988), Dick Tracy (1990), Darkman (1990), El ejército de las tinieblas (1993), Mision imposible (1996), El indomable Will Hunting (1997), Men in black (1997), Flubber (1997), Spiderman (2002), Hulk (2002) o Spiderman 2 (2004), dejándonos otras en el tintero.
Pero no, la leyenda no ha terminado. La leyenda también nos cuenta que Danny no se hubiera quedado satisfecho sólo con esto, así que compuso la banda sonosra original del genial musical Chicago (2002).
- Pero ¿y por qué componer solamente para el cine? ¿Puedo expandir mi trabajo a la pequeña pantalla?- se preguntó en su momento.
- Por supuesto, señor Elfman. Puede hacer lo que quiera, esto es su leyenda.
Dicho y hecho, aparecieron sus sensacionales aportaciones para series de televisión como Flash , Historias de la cripta , Bitelchús y el ya de sobra conocido tema de Los Simpsons.
Cuenta la leyenda que Danny, actualmente casado con Bridget Fonda (si ya había poca envidia, toma dos quintales más), tiene en este momento 53 años. Ya ha sido nominado al öscar en cuatro ocasiones, además de recibir Grammies y otros premios. 53 años son pocos para una leyenda, sobre todo cuando todavía no ha terminado de escribirse.
Por suerte para todos nosotros.