Sin duda, o al menos con poca duda, el mérito de este actor reside no tanto en sus capacidades interpretativas, sino en la elección de los papeles. Concretamente: en la elección de con quién y / o en qué contexto, dando lo mismo si por voluntad propia o de productores, guionistas u otros seres del negocio. Keanu, al que muchos –y me incluyo- califican de “apañaete”, no es ni mucho menos un prodigio de la expresividad. Pero ha tenido, ya sea por contactos, suerte, acierto o una combinación de los tres factores, papeles en películas que puedo considerar con gran estima.
Quizá el Destino ha querido compensarle. Keanu Charles (“Brisa fría de las montañas – Carlos” traduciendo del hawaiano y del inglés a nuestra lengua) vio cómo su isleño padre se largaba de casa cuando el niño sólo tenía dos años. Condenado a una década de cárcel por posesión de cocaína y heroína, dejó a Mujer e hijo dando tumbos por Estados Unidos y Canadá.
Ya expliqué en este foro mi concepto de “películas favoritas”: no se trata de grandes maravillas, de genialidades, de impresionantes guiones o increíbles interpretaciones. Sí, puede haber poco o mucho de todo ello; pero principalmente, entiendo ese concepto como el de una película sumamente entretenida, que puedo ver una y otra vez sin apenas cansarme y que me hace pasar un rato verdaderamente agradable.
Por todo ello, no se me caen los anillos al reconocer que en esa lista entran The Matrix, Speed y Pactar con el diablo.
The Matrix, que a pesar de sus decepcionantes secuelas ya comentadas es, pese a quien pese, una de las obras maestras del cine fantástico. En esta ocasión, la fuerza reside en la originalidad y despliegue de efectos. Los acompañantes, sin ser monstruos de la pantalla, cumplen a la perfección. Weaving, Fishburn, Moss y compañía merecen el aprobado alto, con ovación incluida.
Speed, de estilo distinto pero con esquema resultante similar al anterior: entretenida, movida y original. Ni siquiera Sandra Bullock, más insulsa que la puñeta (como siempre), consigue enturbiar el metraje. Y un Dennis Hopper que, dentro de su tremenda irregularidad, aquí le toca el día bueno.
Pactar con el diablo… palabras mayores. En este caso, junto a una buena idea, el tirón lo ofrece Al Pacino, soberbio como de costumbre. Una nueva versión de la eterna lucha entre Dios y el Diablo, con la intervención de la apenas conocida Charlize Theron (sí, sí, sí…).
Aquí el amigo confirma que ha habido buen ojo. Y además, podemos rematarlo hablando de Drácula, Las amistades peligrosas, Constantine… aunque por supuesto, algunos borrones tenía que haber en su trayectoria. Sería injusto (y poco gracioso) pasar por alto perlitas como El alucinante viaje de Hill y Ted, Un paseo por las nubes o la aplastante Johnny Mnemonic.
Sin embargo, ahí le tenemos, en la cresta de la ola hollywoodiense, codeándose con los mejores. Algo tendrá este chico, visto lo visto, y lo mismo resulta un caso como el de tantos otros que con el tiempo mejora. Yo estaré ahí para verlo, para confirmarlo, y para quitarme el sombrero ante él si eso ocurre.
Pero mientras tanto, pasaré un rato de lo más agradable con sus películas.