LÉOLO.

Muchas expectativas me había creado hacia ese “Léolo” del malogrado Jean-Claude Lauzón, no en vano cuanto más comentarios leía sobre ella tantos elogios, alabanzas y mejores críticas recibía, así que cuando ayer por la tarde me dispuse a verla en DVD estaba ilusionado como pocas veces, como si fuera a ver una obra maestra sin parangón.

 

 

LÉOLO. Artículo enviado por Ivan Ilitch.

FICHA TÉCNICA:

Título original: Léolo. Año: 1992. Duración: 107'. País: Canadá.

Dirección: Jean-Claude Lauzon.

Guión: Jean-Claude Launzon.

Reparto: Maxime Collin, Gilbert Sicotte, Ginette Reno, Julien Guiomar, Giuditta del Vecchio, Denys Arcand, Pierre Bourgault.

Música: Richard Gregoire.

Fotografía: Guy Dufaux.

 

Bien, para empezar decir que las sensaciones que “Léolo” me trasladó no son fáciles de plasmar en palabras. Reconozco que al principio me costó bastante entrar en la dinámica de la película. El ambiente de la misma me parecía demasiado sucio, las situaciones demasiado dantescas, la música demasiado densa, los diálogos demasiado poéticos... no me calaba, no. Pero según fue avanzando la película, sin que me diera aparentemente cuenta, de repente me percaté de que así había de ser todo para que la historia de Léolo tuviera sentido, la historia de un niño de una inteligencia, sensibilidad e imaginación infinitas atrapado en un mundo decrépito, cutre, marginal y demente. A destacar lo indescriptiblemente sucio y repugnante que está recreado el ambiente donde vive Léolo, capaz de trasladarte una desazón e intranquilidad constante.

Es a partir de ahí cuando empiezas a disfrutar de esta película. A partir de ese instante te das cuenta de lo que representa esa música grave y gregoriana con la que empieza la película y que aparece y desaparece de vez en cuando: es la locura congénita que amenaza a Léolo. También sabes qué representan Italia, la luz blanca del armario y esa tonadilla italiana preciosa (titulada “Chanson de Bianca”, me ha costado pero la he encontrado) que canta su amor platónico, que no son sino sus válvulas de escape. Y también ese “Gloria a Dios en las alturas”, que apenas aparece un par de veces y que acompaña los momentos de felicidad de Léolo, apenas un par como he dicho. Al principio toda esa música, bastante extravagante para qué negarlo, me sacaba de la película y me llenaba de extrañeza. No buscaba símbolos tras ella, y ese fue mi error a la hora de ver “Léolo” porque está cargada de simbología.

“Porque sueño, yo no lo estoy”, es la frase recurrente de la película. Hay que comentar para el que no la haya visto que, menos su imponente madre, toda la familia de Léolo sufre de distintos tipos de locura, absolutamente todos. Y que Leo, Léolo que se ha bautizado a sí mismo, no tiene mejor método de evasión para olvidar su sucio e intelectualmente misérrimo entorno que el de refugiarse en sus fantasías y en sus palabras. Increíbles fantasías y extraordinariamente elegidas palabras. Huir de la locura huyendo de la realidad, esa es la extraña paradoja de esta extraña película, su extraña lección.

Pero a pesar de todos estas sensaciones post-película, tampoco creáis que durante su transcurrir me emocionara de sobremanera, es curioso. Apenas me hicieron sonreír un par de escenas y para nada se me soltaron las lágrimas. Simplemente me dejé envolver por las palabras, el ambiente y el triste devenir de los acontecimientos, sin más, con cierta frialdad por mi parte la verdad. En cambio, cuando terminó la película fue cuando más empecé a rumiar esas reflexiones que se habían ido sucediendo sobre la locura, el miedo, el amor, la vida, los sueños, la escritura...

En definitiva y a modo de resumen, “Léolo” no me pareció la obra de arte que a otros os parece pero sí es de rigor reconocer que me dejó un regusto muy agradable en la memoria. Y muchos interrogantes en la cabeza también (algo similar sentí con “Lost in translation”, en la que más que la historia valoré el estado de ánimo y las cuestiones que consiguió trasladarme). Y solo por eso, pienso que vale la pena verla.

Os dejo a modo de despedida las últimas palabras que a modo de corolario garabatea “Léolo” en su cuaderno:

Porque no amo,
porque me da miedo amar,
ya no sueño...

Qué melancólico final. Y qué bello...

 

 


 

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