Desde la plataforma Salvemos al Cine de Ídolos Petardos, constituida en el mismo momento de la redacción de la presente, queremos reivindicar, entre otras muchas cosas, el derecho que tiene todo ser humano con mínimas capacidades psicomotrices a jugar con las mismas reglas que los demás. Y como toda plataforma que se precie debe tener un blanco sobre el que volcar sus iras, un ente contra el que rabiar o, en definitiva, un mono al que dar leña, proponemos que semejante honor recaiga en la figura del alguna vez mencionado en esta web (y lo que le queda) señor Ben Affleck.
Desde la SCIP-Revelación queremos que el mundo se percate de la gravísima injusticia que constituye valorar como actor a aquél cuyo único mérito atribuible es revolcarse con Jennifer López, acontecimiento loable sólo si seguimos la máxima de Santiago Segura: “no me importa que las mujeres se acerquen a mí por dinero; ser guapo es algo genético, mientras que la fama y el dinero me lo he ganado yo”.
¿Y por qué hablamos de jugar con las mismas reglas? Porque siguiendo con las citas, tal y como dijo Oscar Wilde, y si no lo dijo lo pensó, “tengo más talento en el más pequeño de mis pedos que tú en todo el cuerpo” (siempre que se dude sobre a quién corresponde una frase célebre, es más que aconsejable atribuírsela a Oscar Wilde).
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"Soy una castaña de actor, pero llevo medias de caballos" |
El señor Affleck no tiene talento alguno. Quizá escriba buenos guiones, sea un jugador de póker excelente o cuente unos chistes de soltar montón los esfínteres, pero no nos referimos a ese talento. A lo largo de su filmografía podemos verle repitiendo una y otra vez la misma interpretación: expresión cansina de recién salido de la fábrica, sonrisa crónica de medio lado y mirada perdida en el horizonte como si estuviera buscando sin prisa una farmacia para comprar ese añorado laxante tan necesario para cambiarle la cara.
Repasemos al azar unas cuatas películas en las que el querido Ben tuvo a bien intervenir y nos encontraremos con El indomable Will Hunting, Phantoms, Armaggedon, Shakespeare in love, Algo que contar, Pearl Harbor y Paycheck, amén de las películas del nunca suficientemente reverenciado Kevin Smith (al que perdonaremos el batacazo de Jay y Bob contraatacan por habernos hecho disfrutar tanto con perlas como Dogma , Persiguiendo a Amy y Mallrats). Por eso, desde la SCIP-Revelación proponemos una revisión conceptual del cine. Realizar un casting masivo a todo aquél que quiera ser actor se antoja imposible, pero al menos solicitiamos, suplicamos algo de criterio a la hora no sólo de seleccionar estrellas, sino de encumbrarlas a lo más alto.
¿Cómo es posible que un perforador, un soldado, un hombre al que se le hace la vida imposible, un ángel expulsado del cielo o alguien enamorado de una lesbiana se comporten exactamente de la misma manera? ¿Cómo asimilar el éxito de quien realiza interpretaciones más rígidas que un tricornio de escayola? ¿Cómo no clamar al cielo cuando nosotros, que hemos realizado mejores actuaciones comprando el abono transporte, vemos nuestro talento dramatúrgico relegado a las timbas de tute mientras semejante fiasco se hincha a ganar dinero? ¿Cómo no rasgarse las vestiduras al ver que semejante paquete del celuloide se tragina a buena parte de las diosas de Hollywood en base a una inmerecida posición, la misma que hace babear a una nutrida legión de féminas adolescentes, mientras que a nosotros se nos agotan los rollos patateros que largar para llevarnos al catre a cualquier moza un viernes por la noche?
Sabemos que la vida no es justa. Sabemos que muchos desperdiciaremos nuestra capacidad interpretativa realizando nuestra labor administrativa en las sombras de una oficina. Somos conscientes de que para triunfar no sólo basta con ser bueno, sino que hay que tener suerte y conocer gente. Todo eso está claro.
Pero no quita para que veamos al señor Affleck, y nos joda.