A menudo sucede que juntando pequeñas obras de arte surge la nada, la mediocridad; el resultado final es pobre y esos grandes pequeños trabajos se solapan como las servilletas, cáscaras y cigarrillos a los pies de la barra de un bar. Pero estamos hablando de algo distinto, de una operación exponencial de talentos. Si buscas un productor con dotes musicales, un actor/artista/director con una sonrisa sempiterna y elegancia inigualable, una actriz de diecinueve años, con una pasión y vehemencia propias de quien tiene mucho que demostrar y aunque parezca raro lo consigue, un actor de reparto que se marca la cumbre del baile bufonesco, un director con una gran técnica, una estética sublime, un gran sentido del humor, y una música inolvidable y una coreografía de ensueño te podría salir una autentica castaña, pero no es este el caso, NI MUCHÍSIMO MENOS.
Quién le iba a decir al gran Orson Welles que la columnista Louella Parsons, azote para él, iba a ser ridiculizada en una película que se hiciera tan indispensable como su Ciudadano Kane. Y es que esta película está llena de guiños, maliciosos unos, bondadosos otros, pero todos geniales. Más de un gran artista, director o técnico de Hollywood se vio reflejado en la película, unos se reirían de aquel retrato de los tiempos del paso del cine mudo al sonoro, otros sin duda rumiarían su rencor por las esquinas. Pero el colmo de las ironías que la obra posee es presentar el papel de una afamada artista del cine mudo cuya voz chirriante y escaso vocabulario -Jean Hagen- hace que tenga que ser doblada por otra desconocida actriz –Debbie Reynolds-. Pues bien, haciendo bueno el dicho que la realidad supera a la ficción, a Debbie la doblaron en todas sus canciones, y en una de las escenas es la propia Jean quien le presta la voz; una cosa de locos oiga.
Pero vayamos a presentar un poco el argumento si es que hay alguien que todavía no haya pasado de la visualización del canto de Gene Kelly bajo la lluvia. Estamos en el Hollywood de los finales de los alegres años 20. Un artista de cine mudo –Gene Kelly- tras el encuentro con una jovencita actriz –Debbie Reynolds- de la que se enamorará se empieza a plantear su valía como actor. Este planteamiento se multiplicará al aparecer el cine sonoro. Es entonces cuando, ante el desastre que planea sobre él, decide junto a su compañero de infancia –un magnífico Donald O'Connor- y su nuevo amor el dar un giro a su carrera y hacer lo que realmente sabe, actuar cantando y bailando. Pero surge el problema de su estúpida compañera de celuloide –Jean Hagen- la cual ni sabe hablar y ni muchísimo menos cantar ... y hasta aquí podemos hablar; mejor que la vean y disfruten, y si ya lo han hecho repitan.
Si deciden hacernos caso y salir corriendo a verla le daremos unas indicaciones, o mejor dicho les aconsejamos que repitan unas cuantas escenas. Dejando a un lado la canción que a la película titula repasen la divertidísima frustrada preview, el ocurrente flash back del inicio, la insustancial y ajena “ Beautiful girl” y su derroche de estilismo (realmente impresionante), una de las partes de la excéntrica “melodías de Broadway” en la que se reproduce un sueño erótico bastante daliniano en el cual Gene Kelly baila en compañía de unas piernas... ufff; no perdonen, quiero decir en compañía de Cyd Charisse, y ante todas las cosa no se pierdan a Donald O'Connor espléndido en todas sus apariciones, sobre todo en la que muchos consideran mejor número de baile de todos los tiempos, “Make 'em laugh”.