Ya lo había dejado caer aquel personajillo extraño, levantando la voz desde la parte de atrás del grupo.
- ¿El avión no va un poco sobrecargado?
Pero las prisas, ayudadas por la mala leche y la flamenquería innata del piloto, nunca son buenas, y menos cuando se sobrevuela el desierto del Gobi. Despegue normal, avión de carga normal, tormenta de arena normal, comentario “no vamos a volver atrás porque nos trastorna la planificación” normal, agujero en la bodega normal y consiguiente castañazo en mitad del desierto muy, pero que muy normal.
Porque, señores, ésta es la tónica de la película. La normalidad, propiciada por una enorme previsibilidad. Once personas van a bordo del cacharro. Si hiciéramos una quiniela tras los primeros diez minutos de película sobre quién va a morir y quién no, pudiendo añadir además de qué forma se va a comportar cada uno, nos forrábamos.
Repasemos el boleto:
A los mandos del pájaro Frank Towns, conocido despectivamente como “el cerrajero”, por ser el encargado de cerrar los pozos petrolíferos que no resultan rentables a la empresa. Hosco, testarudo y extremadamente chulo, cometerá el error de sobrecargar el avión y de intentar evitar tremenda tormenta de arena, con el resultado ya conocido. A su favor, ser un veterano piloto que, gracias a una gran maniobra, conseguirá aterrizar sin que muera más de una persona (uno ya había salido despedido por el boquete).
Al frente de la planta petrolífera, la geóloga Kelly, de gran corazón, siempre optimista, siempre maja, siempre buena. ¿Que me doy el galletazo en medio del desierto, con posibilidades de rescate prácticamente nulas, rodeada de hombres que no paran de discutir y con víveres que descienden a velocidad de vértigo? Pues no pasa nada.
Y el tercero de los importantes en discordia, Elliott, personajillo introvertido y peculiar. Nadie sabe qué pinta allí. Simplemente, un buen día apareció en la plataforma diciendo que estaba recorriendo mundo, y que si le hacían un hueco (sí, también muy normal). Sin embargo, ahí el raro podría suponer la salvación. De buenas a primeras nos enteramos que es ingeniero, que trabaja para una empresa de aviones, y que puede rediseñar lo que queda de aparato para construir otro nuevo y salir de allí. Todo esto, por supuesto, dentro de la más absoluta de las normalidades, faltaría más.
Completan la quiniela los otros siete supervivientes –además del fiambre de salida, claro- entro los que cabe destacar a Rady, cuya presencia, historias y lemas constituirán un fuerte nexo de unión y tranquilidad entre semejante desbarajuste.
¿Y quiénes dan vida a los miembros de la tropa? Dennis Quaid, con su sonrisa de lifting perpetuo, como piloto. Miranda Otto, a la que ya siempre veremos como Éowyn, haciendo las veces de Kelly. Kevork Malikyan, actor principalmente de televisión, realizando la aseadísima faena de Rady. Y muy por encima de todos ellos, Giovanni Ribisi, clavando la interpretación de Elliot, entre la timidez, el egocentrismo y la rareza extrema, y demostrando que ya va siendo hora de dejar los papeles secundarios para pasar a algo más serio.
Y respecto a la película como tal… un remake de la homónima de 1956, dirigida por Robert Aldrich. Muy previsible, en extremo. Pero entretenida, todo hay que decirlo. Quizá fuera porque nos la pintaron muy mal antes de verla. Quizá porque de vez en cuando apetece ver una película y no apetece pensar demasiado (o incluso nada). Quizá porque no es española, y cualquier cosa algo movida que venga de fuera ya nos parece bien.
Nos estamos haciendo mayores. Snif.