Detenerse ante la lista de películas que Fernando Fernán Gómez ha protagonizado o dirigido desde 1943 es simplemente abrumador. La lista se pierde en el horizonte del folio, uno se pregunta cómo puede dar tiempo a tanto y las arrugas del rostro del actor cobran el mismo sentido que el de la escritura de un amanuense sobre el pergamino: en este caso el amanuense es el tiempo. Pero no escribiré hoy sobre la obra de Fernán Gómez ni sobre sus capacidades: de hecho, no podría, yo no sé qué es lo que hace ni cómo, sólo alcanzo a percibir la grandeza en la interpretación de alguien que desprende calidad y que conmueve. No, hoy escribiré sobre el personaje que interpreta en la película El Abuelo, de Garci, basada en la novela homónima de Pérez Galdós. Sólo eso.
Don Rodrigo de Arista Potestad, conde de Albrit, señor de Jerusa y de Polán, es alto, terrible, gasta una pobladísima barba en la que alguna hebra rojiza aún persiste entre un océano de canas, viste de riguroso negro y su melena, a juego con la barba, se escapa bajo el sombrero y ondea al son de las mareas cuando Fernán Gómez se detiene sobre los acantilados, apoyado en su bastón y soberbio frente al paisaje norteño.
Es el Abuelo, un abuelo mayúsculo que pareciera el abuelo de todos los que enmudecemos ante su estampa. La trama es decimonónica, galdosiana; la imagen, pausada, melancólica, proustiana, de Garci; el lenguaje, pulcro y preñado de tonalidades (¿es el mismo idioma que practicamos habitualmente? Parece un idioma más alto, completamente distinto, nobilísimo). El Abuelo, que acaba de retornar de las Américas, se encuentra con un pueblo arrodillado ante las faldas de una condesa, doña Lucrecia Richmond (Cayetana Guillén Cuervo); la condesa resulta ser precisamente la nuera del Abuelo, y éste le acusa de causar la muerte de su hijo. Qué escena, en un zagúan en mitad del campo, en la que Fernán Gómez se sienta junto a Cayetana y, con cavernoso tono y palabras medidísimas, de parlamentario republicano, de las que hoy en día no se escuchan en ningún parlamento, le suelta reproches con la misma solemnidad con la que un general impone condecoraciones. Qué forma de llamarla, cuando ella ha dado por concluida la entrevista: ¡Lucrecia Richmond!, y uno intuye que se echaría a llorar como un niño ante semejante llamado.
Y qué escena, rodeado por despreciables lacayos de la condesa, acorralado como animal noble por lobos hambrientos, cuando el Abuelo se revuelve ante los depredadores y, uno a uno, les dirige certeras dentelladas. Ay, si uno supiera contestar así a todos los lacayos de todas las condesas que se cruzan en el caminar corriente de cualquier tipo normal.
Qué ternura, la del Abuelo con sus dos nietas, a sabiendas que una de ellas no lo es, es “nieta bastarda”, y qué nobleza, por Galdós, por Garci, por Fernán Gómez, la del señor capaz de bramar como una montaña pero al que se le escapa la ternura como un arroyo de agua cristalina que baja desde la cumbre.
Fernando Fernán Gómez erguido al borde del acantilado, con el pelo danzando al ritmo del vaivén de las olas. Fernán Gómez, el Abuelo, el que me curó la fiebre y me otorgó el bien del sueño y el descanso. Como sólo los abuelos saben hacer.