Nos encontramos ante una difícil tarea: calificar de petardo enorme la película ganadora del cuervo de plata en el Festival de Cine Fantástico de Bruselas, nominada al premio de la audiencia en el Festival Europeo de Cine, y rompedora de todos los records rusos de taquilla (sólo superada por Turetskii gambit al año siguiente).
Nos encontramos ante el arduo reto de vapulear un argumento que sin ser de lo más novedoso, al menos prometía: la arquetípica lucha entre el Bien y el Mal, regulada por una tregua a lo largo de los tiempos y controlada por seres dotados de dones especiales que harán lo que esté en sus manos no sólo por preservar el equilibrio, sino por hacer que Aquel Que Ha De Venir (un ser superior a todos y en principio neutral) se decante por uno de los dos bandos y dé al ganador el dominio absoluto sobre el mundo.
Nos encontramos ante el complicado hecho de dar caña a una película que ha sorprendido a algunos críticos por su aprovechamiento de presupuesto, su diferente concepción del cine y su particular forma de contar una historia.
Pero a pesar de todo, ahí va lo nuestro.
Para empezar, nos encontramos ante dos conceptos de momento incompatibles: “cine comercial” y “cine ruso”. Sin embargo, no vamos a rebatir los enunciados de parte de la crítica, la parte eufórica, ya que en su mayoría son acertados. Simplemente su enfoque es distinto.
El aprovechamiento de presupuesto es evidente: solares, lugares sombríos y destartalados, metraje oscuro, efectos especiales de Corel Draw (se salva por los pelos una transformación de mujer a tigresa al principio de la película) y actuaciones ortopédicas se combinan para intentar formar una atmósfera cargada de agobio y confusión, que se consigue aunque no en el sentido deseado.
Ese ambiente caótico se forma en la mente del espectador por el abuso de oscuridad y efectos de luces relampagueantes demenciales, lo que convierte a la película en un videoclip gótico y disparatado de una hora larga (en ocasiones eterna) propio del sueño epiléptico más febril. A este caos contribuye una enorme falta de continuidad en la película, situaciones poco claras, explicaciones atropelladas, diálogos absurdos, escenas aspirantes a la gloria que quedan en nada (la escena de la lucha entre ambas tropas parece una bronca entre hooligans ), monstruos que dan poco miedo e interpretaciones que sí que lo dan.
No sabemos qué habrá visto la crítica, la parte benévola y emocionada de ella, para alabar semejante psicodelia sin pies ni cabeza. Porque los comentarios y reacciones del público fueron unánimes: hombros encogidos, belfos ladeados, cejas arqueadas… y ronquidos, muchos ronquidos.
Quizá nuestra concepción del cine sea diferente a la de los rusos. Tal vez se necesitara un ejercicio de abstracción fuera de lo normal. Puede ser que los sesudos críticos vieran en esta producción del este algo incomprensible para la corteza gris poco evolucionada del consumidor de palomitas. Pero nosotros íbamos a ver una película de ciencia-ficción, no una paranoia etílica.
Lo más triste de todo es que, según parece, Guardianes de la noche es la primera de una trilogía.