KING KONG (1933), Así se cuenta una historia.

Viejo proverbio árabe:
“Y entonces, la Bestia miró el rostro de Bella. Y detuvo su mano asesina. Y desde ese día, estuvo destinado a morir”.


 

KING KONG (1933), Así se cuenta una historia. Artículo enviado por Angelcaído.

FICHA TÉCNICA:

Título original: King Kong. Año: 1933. Duración: 100'. País: Estados Unidos.

Dirección: Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack.

Guión: Merian C. Cooper, Edgar Wallace.

Reparto: Fay Wray, Robert Armstrong, Bruce Cabot, Frank Reicher, Sam Hardy.

Música: Max Steiner.

Fotografía: Edward Linden, Kenneth Peach, J.O. Taylor, Vernon L. Walker.

 

      Hace unos meses vi King Kong, del director John Guillermin, 1976, con Jessica Lange. Pues bien, Guillermin: la película no tiene ni pies ni cabeza; los personajes muestran tanta coherencia como un paseo por la casa de los espejos estando fino de ginebra; ocurren cosas tan delirantes como que al llegar a la famosa isla en la que vive el simio desembarcan, lógicamente, a nivel del mar y, tras un paseíllo que dura más o menos lo que un avance informativo, los actores ya se asoman a un barranco de varios kilómetros de profundidad. ¿Esto es normal? La relación entre King Kong y la señora protagonista ­­es imbécil—en concreto, la señora protagonista lo parece—. Y, claro, cuando acabó la peli me dije: “¿En qué momento se perdió la capacidad de hacer las cosas bien?”. Se rumorea que Jessica Lange se arrepintió mucho de haber trabajado en ese proyecto. Lo raro es que no se retirara para siempre, pobre chica: afortunadamente no lo hizo y más tarde la vimos junto a Jack Nicholson en El cartero siempre llama dos veces o junto a Dustin Hoffman en Tootsie.

" Y lo hacen. Son ex
combatientes de la Primera
Guerra Mundial, los dos, no
se andan con tonterías y
cuentan las cosas con la
solvencia con la que un
jubilado envida a pares. "

        Pero a lo que iba: ¿cómo es posible que alguien, a mediados de los setenta, se metiera en las camisas de once varas que suponían revivir al enorme Kong y contar de nuevo la historia? Se supone que lo haces para aportar algo, para mostrar ciertos efectos especiales que en la época de la película original no se habían inventado o qué sé yo. Y se supone, ante todo, que sabes contar una historia. Dicen que Peter Jackson ha sabido hacerlo en su particular King Kong, de 2005. No lo sé, no la he visto aún. Pero hoy quería hablar del King Kong original, el de 1933, y ofrecerlo como contrapunto a ese espantajo del tal John Guillermin, que ni sabe contar una historia, ni presentar unos personajes, ni hacer que nos creamos lo que estamos viendo, ni nada.

        King Kong o la octava maravilla del mundo, así se titula el clásico de 1933, dirigido por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, y que comienza con el proverbio árabe con el que hemos abierto el artículo: “Y entonces, la bestia miró el rostro de bella. Y detuvo su mano asesina. Y desde ese día, estuvo destinado a morir”.

        O sea, que nos van a contar La bella y la bestia, pero en plan moderno, en plan Nueva York, 1933, crisis económica, rascacielos, multitudes por la calle y el cine como trasfondo. Legítimo, sin duda. Así lo admiten los guionistas, Merian Cooper y Edgar Wallace: “vamos a contar La Bella y la Bestia”. Y lo hacen. Son ex combatientes de la Primera Guerra Mundial, los dos, no se andan con tonterías y cuentan las cosas con la solvencia con la que un jubilado envida a pares. (No descartamos que el crack de Guillermin también contara en 1976 con ex combatientes de Vietnam como guionistas, pero desde luego se los devolvieron medicados hasta las cejas o con la cabeza perdida en Saigón).

        Sinopsis del clásico, de sobra conocida por todos: un director de cine que se dedica a explotar el filón de lo exótico llevado a la gran pantalla se lanza a la aventura de filmar una cinta en una isla perdida en la que parece que habitan criaturas extrañas. El director está obsesionado con contratar a una señora, porque eso dará a la película un puntito tierno que, asegura, hará saltar la taquilla. En plena crisis económica, no tarda en encontrar a la señora dispuesta a enrolarse en semejante aventura. La chica en cuestión es encarnada por la actriz Fay Wray, angelito en blanco y negro que mostrará entre chillidos sus muslos al rey Kong y con quien todos queríamos casarnos de pequeños: Peter Jackson también.

        Pues bien, embarcan todos y allá que se van, en busca de planos insólitos, critauras pintorescas y salvajes semidesnudos que ofrecer a la audiencia. Lo que se encuentran es muy distinto. En vez de un roedor de quince centímetros con el que juguetear, se topan con un simio de quince metros al que los lugareños adoran como un dios, como un rey, como King Kong. La Bestia se interesa por la chica, por la Bella, quizá le llame la atención la rubísima melena que se incendia sobre su cabeza, quizá sean los grititos que suelta cada vez que él la sostiene sobre su puño incontestable. La cuestión es que se la lleva a la guarida y en el camino estos tipos que hicieron la película, que sí saben hacer películas, nos muestran unos paisajes oníricos que encandilan, nos asaltan con bichos prehistóricos que se mueven con la misma ternura con la que lo hace King Kong: la técnica se llamó stop-motion, fue revolucionaria y marcó al cine de animación durante décadas.

        La tripulación, no obstante, se revuelve contra King Kong, rescata a la chica y apresa al monstruo. Todo narrado de forma verosímil, entérate, Guillermin, verosímil. ¿Sabes qué significa eso? Y acto seguido, a través de la sencilla herramienta de la elipsis, conocida hasta por cualquier escolar de la Logse, ya nos encontramos en Nueva York. ¿A qué contarnos el viaje hasta la ciudad, en el que no pasa nada y donde la acción no avanza? Pues bien, adivinen, lectores, lo que Guillermin no pudo resistir: efectivamente, dedicó unos minutitos —bastantes— a contarnos cómo fue el viaje, lo triste que iba King Kong y cuánto se había enamorado la chica de él. De psiquiátrico, en serio.

        Y llega lo mejor: King Kong suelto por Nueva York, una vez que consigue liberarse de las cintas de acero que lo apresan frente al público. El pánico cunde entre los neoyorkinos del mismo modo que nos dicen que cundió entre los espectadores de 1933 (a los que se les censuró cuatro escenas, dos de las cuales se han recuperado: Kong aplastando a un tipo con el pie y Kong lanzando al vacío a una señora desde un enésimo piso; se han perdido definitivamente la escena en la que una araña gigante se come a un nativo en la isla y la continuación de la escena en la que Kong desnuda a Fay Wray, a la que por lo visto dejaba lista de ropa). Kong busca a la chica, a la rubia, con la que queríamos casarnos todos de pequeños, y una vez que la consigue, se sube a donde el Empire State Building tiene la antena de televisión y allí se enfrenta a los aviones que, avisados por una policía impotente ante Kong, acribillan al simio y lo hacen caer desde los 443 metros de altura del edificio.

        No se pierdan el clásico, en resumen: supone un alivio entre tanta historia mal contada. La música de Max Steiner es magistral, así como la última frase, pronunciada sobre los restos aún calientes de Kong: “No lo hemos matado nosotros. Fue la belleza”. Pues eso, Guillermin, toma nota, anda.


 


 

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