¿Qué hace de una película que no cuentra entre sus filas con un elenco de actores de primera línea toda una alabanza a la estética y al entretenimiento? ¿Qué hace que un cuento de amor y luchas a espada que un abuelo lee a su aburrido y convaleciente nieto – porque éste es el argumento de la película – no caiga en los tópicos clásicos?
Vayamos por partes.
Para empezar, ya lo dice el propio Peter Falk – Colombo en las retinas de los cinéfilos – a Fred Savage – el entrañable Kevin de Aquellos maravillosos años - a los pocos minutos: “esgrima, combates, torturas, venganzas, gigantes, milagros, persecuciones, fugas... amor verdadero...milagros...”. Sí, repite la palabra “milagros”, y en efecto ese es el resultado.
Todos los temas de los que habla el abuelo aparecen entremezclados en la película de forma sensacional, envueltos por una aureola de magia, una banda sonora espectacular nominada al Óscar y un sentido del humor que no decae en ningún momento.
Respecto a los personajes, toda interpretación es bordada, pero sin un lucimiento desmedido: todos hacen su papel, perfectamente adecuado a la película, dando como resultado un fantástico cuento que muchos nietos quisieran en un domingo de gripe bárbara, en vez de tanto Hansel entrometido y tanto cerdito alelado.
De hecho, el reparto está formado en su gran mayoría por actores que no han destacado especialmente en otros rodajes. Valga el ejemplo de Mandy Patinkin, el gran espadachín español Montoya, bastante flojo cuando deja la espada de lado; André el Gigante, en el socorridísimo papel de Fezzik, más preocupado por los súplex dorsales en un ring de lucha libre que de enseñar el perfil bueno; o el mismísimo protagonista, Cary Elwes, del que no se puede decir que su acusado estrabismo sea la principal causa de no llegar nunca a la peana de un Óscar. Sin embargo, ahí están todos cumpliendo a la perfección.
La princesa prometida nos ha dejado una enorme cantidad de momentos, personajes y frases inolvidables: “Como desees”, “Inconcebible” o el eterno ”Hola, me llamo Íñigo Montoya…” tardarán en olvidársenos; duelos a espada, fuerza bruta e inteligencia; persecuciones por tierra y mar; bodas, desafíos y retos… todo ello sin olvidarnos del componente de ficción que todo buen cuento de este género debe tener: las irritantes anguilas chillonas, el tenebroso pirata Roberts, el excéntrico Milagroso Max – interpretado por un irreconocible Billy Crystal - y las RAG (que no creemos que existan).
En resumen, una maravilla de 98 minutos que se hace muy corta y de la que pocos se cansan por muchas veces que la vean. Desde luego nosotros no.