Hagamos el esfuerzo, simplifiquemos la película a la personalización de sentimientos, como si de una fábula o un cuento infantil se tratara:
Georgia, Estado sureño, 1861. En una grandiosa finca juguetea con los sentimientos de los que la rodean la caprichosa Vida. En una plantación cercana vive la Rectitud que, próximamente, se casará con la Bondad. La voluble Vida está enamorada de la Rectitud , pero ésta siempre elige a la Bondad , y anuncian la boda. Están invitados la irreflexiva Juventud, el indomable Orgullo, la eterna Adolescencia, la absoluta Ignorancia, la Hipocresía de dos caras, el anquilosado Pasado y el Cinismo. Estos protagonistas empiezan a tejer hilos entre ellos: La irreflexiva Juventud y la eterna Adolescencia están cegados por la belleza de la Vida y ésta, a su vez, siente unos deseos irrefrenables hacia la Rectitud. Entonces la polifacética Hipocresía se une a la Ignorancia para criticar a la disoluta Vida: únicamente será la Bondad su defensora. Pero la Ignorancia no descansa sólo con esto, se alía con el Pasado y enardece la sangre y agita la cabeza del Orgullo ante la noticia de una próxima guerra. Esto es más que suficiente para que la Juventud caiga también presa de sentimientos patrióticos y belicistas: en este caso sólo pondrán cordura la Rectitud con su insoportable responsabilidad y el Cinismo con su inalterable manera de sobrepasar convenciones. Son los únicos que, por cierto, ven algo más, fuera de la inconsistente belleza, a la Vida : una tremenda fuerza, una desbocada pasión por lo que la rodea. Pero hay otros protagonistas en el relato: el Destino y la Tierra , fundamentales para…
… Para transcender el cuento.
Ahora es cuando ponemos las caras a los sentimientos: a la Vida la representa Escarlata O'Hara (una hasta entonces poco conocida Vivien Leight, merecedora de un Oscar por este papel), cuyo simple cuello se nos antoja suficiente como para provocar todo tipo de incontenibles sentimientos; a la Rectitud le da vida un acopado Ashley (Leslie Howard) que parece salido de la más profunda de las depresiones a lo largo de toda la película; a la Bondad le presta su rostro Melania Hamilton (Olivia de Havilland), dudamos mucho que entre los seres celestes haya una cara igual; a la Cordura –sí, no la mencionamos antes, pero, como en muchos cuentos, hay un personaje lleno de sabiduría popular que hace de freno frente a las insensateces de los demás personajes, una especie de buena conciencia, un Pepito Grillo- le regala “mami” (Hattie McDaniel con otro Oscar bajo el brazo) kilos y kilos de humanidad; y está el Cinismo, está Rhett Butler (Clark Gable) enfundado en el más absoluto de los desapegos por la sociedad en la que vive y por él mismo: así, incluso en su momento más honorable, al dejarlo todo y alistarse, se dice:
“¿Por qué? Tal vez porque siempre he sentido debilidad por las causas perdidas cuando realmente lo están, o tal vez...porque siento desprecio de mí mismo, quien sabe...”
Pero no trasciende la narración por estas caras, ni siquiera por los actores.
En el marasmo de la guerra todo cambia: estos sentimientos tan marcados se ven truncados, “el viento se los lleva”: los caminos que naturalmente hubiesen conducido sus pasos ya no existen. Es entonces cuando vemos a Escarlata dejarse su belleza trabajado el campo, ahora Ashley duda y tuerce su trayectoria que a duras penas reconduce, es el momento en que vemos incluso a Melania empuñar una espada y excusar un crimen y vemos atónitos como Rhett Butler deja a un lado su desprecio por la sociedad para imbuirse en ella, trabajando para ser un respetado miembro de la burguesía americana.
Y es en este mundo que cambia en donde un elemento pervive más allá de todo ciclo. Es la tierra, un elemento que está siempre presente; es Tara.
A estas alturas de artículo poco importarán ya cuestiones técnicas y anecdóticas: quienes las hayan buscado seguramente ya se habrán ido a encontrarlas en otra web. A los que interese sólo decir que se basó en un libro homónimo de la escritora Margarett Mitchell, bastante más duro que la película: peyorativo con los esclavos y con alusiones al Ku-Klux-Klan. Nos falta espacio para narrar las peripecias ocurridas en la elección de la protagonista, para contar el baile de directores –uno de ellos con Oscar incluido-, para explicar la elección del color en la impactante y bella fotografía, para clamar por la ausencia del dorado premio que Max Steiner y su música merecían, para alabar la paternidad absoluta de David O. Selznick en todo este asunto y para hacer muchas otras consideraciones que sin duda merece la cinta. Pero lamentablemente, ni tenemos las 1.037 páginas del libro ni los 211 minutos de intensa narración que la película posee.