OLIVER TWIST, Twist 2.0, la versión actualizada de Polanski.

Si no han leído Oliver Twist, de Dickens , vean Oliver Twist , de Polanski . Y viceversa.

 

 

OLIVER TWIST, Twist 2.0, la versión actualizada de Polanski. Artículo enviado por Angelcaído.

FICHA TÉCNICA:

Título original: Oliver Twist. Año: 2005. Duración: 130'. País: Francia y Reino Unido.

Dirección: Roman Polanski.

Guión: Ronald Harwood; basado en la novela de Charles Dickens.

Reparto: Ben Kingsley, Barney Clark, Jamie Foreman, Harry Eden, Leanne Rowe, Lewis Chase, Edward Hardwicke, Jeremy Swift, Mark Strong, Ian McNeice, Jake Curran, Ophelia Lovibond, Chris Overton.

Música: Rachel Porter.

Fotografía: Pawel Edelman.

 

       Imaginemos un armario decimonónico, nobilísimo, antiguo y arañado en anaqueles, soportes y baldas por el tiempo. El armario huele a polvo, y de hecho trae una capa blanquecina en la que podemos dibujar trazos si dejamos que un dedo curioso se deslice por la madera. Pero basta frotarle un lateral, una juntura, una portezuela —como el que acaricia la lámpara maravillosa—, para que el maderamen demuestre la calidad y el tronío que aún atesora. Vaya pedazo de armario, qué bemoles le echó el que hizo esto, pues mira, ciento y pico años después sigue en pie, con un par, y con más mérito que una planta entera de Ikea. ¿Quieres el armario para tu casa?, nos dice alguien. Vaya, ¿y dónde metemos nosotros esto? No nos va con la lámpara de diseño. Ni con el revistero.

        Pues eso, que Dickens, Charles Dickens, en pleno siglo XIX se dio a lijar tablones, cortar robles, pulir nudos y articular bisagras y nos dejó en el caserón de la literatura un formidable armario llamado Oliver Twist. Ya hemos hablado aquí de ese libro. Nos reiteramos en lo escrito. Pero en este artículo no vamos a ocuparnos de Dickens, sino de la adaptación al cine de Oliver Twist que ha firmado Roman Polanski. Y dice el director parisino criado en Polonia:

        “Quité lo que corresponde a los imperativos comerciales del siglo XIX, la cuestión folletinesca, relativa a la identidad de los padres de Oliver y el suspenso en torno de ello”. En efecto, Polanski se llevó a su casa el armario del XIX que nos dejó en herencia Dickens, a todos, al que lo quisiera, y lo ha reformado, cortando de aquí, puliendo allá, restaurando remates y dándole una mano de barniz que lo ha dejado nuevo, novísimo, presente, funcional y, no obstante, con el mismo porte que el original. O sea, que nos va estupendamente con la lámpara y el revistero.

        En primer lugar, reclamamos una vacaciones pagadas para el guionista, Ronald Harwood, que ha sabido respetar el texto dickensiano con pasmosa maestría. ¿Qué trozos de esta historia —nos preguntábamos al leer el libro— se podrían eliminar si quisiéramos resumirla a la mitad y no alterar sustancialmente el contenido? Harwood nos responde con un guión que, hasta la mitad de la película, no altera nada. Después llega el serrucho, la lija, el escoplo e, imaginamos que siguiendo las directrices de Polanski (“quité lo que corresponde a los imperativos comerciales del siglo XIX, la cuestión folletinesca”) el guionista acelera la historia, simplifica tramas y toma un eficaz atajo que conduce al mismo final que Dickens diseñó. Sin despeinarse. El colega.

        Y dicho esto respecto a la historia en sí y a la forma de contarla, no podemos obviar que, tratándose de Dickens, debía ser importante el clima, el ambiente, eso que se ha dado en llamar “lo dickensiano”: calles frías y sucias, personajes vivísimos que llevan el alma colgando de una barba o encintada en un sombrero, por fuera siempre, claroscuros, olores, en definitiva. Es lo que mejor sabe hacer Polanski, que se permite, con puntialísima cordura y medido equilibrio, sin perder la tensión, crear temperaturas distintas y, al igual que Dickens, llevarnos del frío al calor para que sintamos el contraste. Ya los créditos iniciales son una declaración de intenciones: imagen fija sobre un carboncillo en el que la campiña inglesa se dibuja oscura en lo cercano y con un cielo abierto y claro que parece dar esperanza. Así es el resto de la película: planos fijos, que se muevan los actores, que actúen, que se lo trabajen, que para eso la selección de personal ha estado tan acertada.

        Aparte del pequeño Barney Clark, que encarna a Oliver y en el que sí llegamos a ver el candor con el que Dickens lo vistió, y aparte de Jamie Foreman —qué desalmado, qué ceño de odio— y de Leanne Rowe —escotazo y ojos como un océano—, nos quitamos el sombrero que no llevamos, malditos tiempos modernos, ante Ben Kingsley, el judío Fagin. Boca entreabierta, barba deshilachada, pupilas ávidas de dinero, avaricia infinita y, a pesar de ello, no sabemos qué lucecita aún encendida en el fondo de lo que conocemos como conciencia. Hay momentos en que no sabemos si odiar definitivamente a Fagin y condenarlo a nuestra aversión, como hacemos sin dudarlo con Bill, o si enternecernos ante un temblor suyo y llegar a creernos su sonrisa pedigüeña. Fagin acaba loco, presa del conflicto que le arde dentro: el brillo del metal o el brillo de los ojos de Oliver, el tacto crujiente de las libras o pasar la mano por el pelo del noble niño. Loco, Fagin acaba loco, sí, y nosotros con él, con Ben Kingsley, para el que también exigimos un pasaje a cualquier paraíso artificial.

        Y de paso, que nos manden billetes también para Polanski, para Oliver Twist, para nosotros. Que nos vamos todos. Con Dickens. Y con el armario a cuestas. Amén.

OLIVER TWIST, de Charles Dicken

 


 

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