No es la primera vez que hablamos en esta sección del cuidado que hay que tener con las mezclas de géneros en el cine. No es nuevo el comentario sobre el ansia de volcar la calidad de una película en altos costes de producción y efectos especiales. Y tampoco resulta original afirmar que hay ciertos actores que gozan de una inmerecida fama.
Si juntamos estos tres criterios nos encontramos con Pearl Harbor, un “quiero y no puedo”, la típica película que pudo haber sido grande y se quedó en nada. Anunciada a bombo y platillo como una espectacular y carísima producción, su intento de llegar a todos los públicos, argumento ñoño, falta de rigor histórico y desacertado exceso de metraje convierten a este amago de película bélica en un simple entorno para justificar una topiquísima historia amorosa en la que nadie da la talla.
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¿Eh? ¿Que están borbardeando a quién? |
Empezaremos por la parte salvable : al menos la ingente cantidad de dinero sirve para proporcionar media hora de derrumbes, explosiones, llamaradas y combates aéreos que, aunque son a veces incoherentes como el propio hundimiento del Arizona, al menos dejan una sensación visual medianamente agradable.
Insistimos en los errores de las mezcolanzas. La más que vista historia del “yo la quiero, yo no puedo, tú la cuidas”, metida con fórceps intentando seguir el tirón "catastrófico-babosoide" de Titanic, da cien patadas al espectador, que aguanta la subida de azúcar durante una hora y media eterna para ver cómo la gente salta por los aires. Gente que no saltó de esa forma, ni en ese momento, ni en esas circunstancias, pero las exigencias del guión (esa excusa en nombre de la cual se han hecho tantas barbaridades) así lo requerían.
Los actores desde luego nada hacen para remediar la catástrofe (la catástrofe cinematográfica, por supuesto). Ben Affleck continúa su carrera haciendo lo que sabe hacer, es decir nada. No hay talento, no hay expresión, no da sensación de nada más que de aburrimiento; su inamovible tupé destaca más que él. De la señorita Beckinsale sólo deseamos que algún día todo ese talento que está recluido y concentrado en sus morritos se extienda a todo su cuerpo y se convierta en una verdadera actriz.
Añadimos además el exagerado elemento patriótico que tanto gusta a los americanos, la confusión que genera la película en todo aquel que no conozca los hechos originales y la aparición del tercero en discordia, Josh Harnett, que cambia su habitual interpretación de blandito y fotófobo perpetuo por un encabronamiento crónico fuera de lugar.
Por último, remarcar la exagerada duración de la película, invertida en sin sentidos más que en una esperada explicación histórica. Tras el discurso de Roosevelt, cuando el espectador piensa para sus felices adentros que ya ha terminado todo, se encuentra con más y más película que sólo infla su aburrimiento y, a posteriori , la adhesión a las seis nominaciones a los premios Razzie.
En resumen: el reparto no convence, el director no sabe llevar la película, el rigor histórico se perdió por el camino, la tensión se transforma en simple inquietud, la continuidad en un mero bostezo, y los momentos lacrimógenos son fácilmente mejorados por cualquier actuación mía en una revisión de exámenes.