Homenaje a los caidos
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Napoleon antes de sus hemorroides |
El ejército galo cometió infinidad de expolios. Como el del Monasterio de Alcántara, donde robaron numerosas obras de arte y casi toda la biblioteca, llevándose un recetario de cocina escrito por los monjes en el que se explicaba la manera de preparar un caldo al que llamaban “consumado”. Los franceses se adjudicaron la autoría de la receta, cambiando su nombre por el de “consommé”. Algo parecido habían hecho 150 años antes, cuando tras invadir Menorca volvieron a su país con la “salsa de Mahón”, rebautizándola como “mayonnaise”. Además de envidiosos, gorrones, claro que sí.
Otra práctica muy extendida entre ellos fue la de incendiar. Utilizaban antiquísimos libros, tallas religiosas y lienzos de valor incalculable para calentarse y hacer antorchas con las que iluminar los campamentos. Pueblos enteros, conventos e iglesias ardían tras su paso. Un oficial galo apellidado Girardin, escribió: “Quemar es un placer del que no se hastiaban nuestros soldados. Prendían fuego hasta a los campos de trigo a punto de segarse […] La pasión por quemar era tan grande que apenas salíamos de los sitios donde habíamos pasado la noche, ya ardían.”
También emplearon en muchos lugares un cruel sistema de represalias: ejecutar a diez lugareños por cada francés muerto. Así lo refleja con satisfacción el boticario del II Cuerpo de la Gironde – un tal Blaze – en sus recuerdos de España.
Durante la Guerra de la Independencia los civiles españoles practicarían un antiguo sistema de combate, denominado guerrilla, causante de notables daños al ejército invasor: ataques por sorpresa que efectuaban grupos reducidos – pequeñas guerras –aprovechando su conocimiento del terreno y dispersándose enseguida. La táctica fue acuñada siglos antes por los celtíberos, cuando Indívil, Mandonio y Viriato hostigaron con numerosas escaramuzas al poderoso ejército de Roma.
El español, individualista, poco dado a la disciplina de las grandes formaciones y sí a obedecer al jefe que elige y ya conoce por ser de su misma zona, resucita la figura del guerrillero, cuya importancia recibió los parabienes de nuestra Junta Suprema de Gobierno en un Reglamento donde se especifican sueldos, reparto de botines, indultos a contrabandistas, y objetivos tales como ataques a convoyes, interceptación del enemigo o modos de impedirle el descanso nocturno “a fin de no dejarle sosegado” .
Especial importancia tuvo la acción guerrillera sobre los correos franceses, dificultando notablemente las comunicaciones entre sus mandos. Hubo noticias – por ejemplo, sobre la campaña napoleónica en Rusia – leídas por los españoles 19 días antes que su destinatario, el rey José I.
Las brillantes estrategias galas fracasaban contra los continuos golpes de mano asestados por la guerrilla, siempre repentinos y basados tanto en la audacia como en la velocidad, pues atacaban aprovechando terrenos muy favorables y desaparecían de inmediato, lo que provocó una inseguridad enorme a los adversarios. Según diversos estudios, causaron unas 300.000 bajas entre los franceses, en unas acciones que además elevaban considerablemente la moral de la población, que admiraba tan valerosas escaramuzas.
Terminó con la figura de Napoleón Bonaparte, cuya desmedida ambición expansionista nos condujo a una guerra heroica y dramática que le supuso su primera gran derrota.
El corso está considerado como el mayor genio militar de la Historia y sólo pudo ser vencido definitivamente en Waterloo, donde al parecer unas hemorroides le impidieron montar a caballo y sin la movilidad necesaria no pudo dirigir la batalla con total eficiencia. Además, en los días previos sufrió un brote de disentería, viéndose obligado a tomar ciertos medicamentos que, contrario a su costumbre, lehicieron dormir demasiado y no preparar correctamente la contienda.
Tuvo gran aversión a los gatos – el suyo fue uno de los primeros casos de ailurofobia estudiados – , y en varios períodos sufrió severos estreñimientos, gastroenteritis, úlceras pépticas, exceso de líquido en los pulmones e infecciones de orina. Hasta hace poco se creyó que había muerto envenenado con arsénico, pero recientes investigaciones demuestran que la causa fue un cáncer de estómago. Cabe señalar que el tamaño de su pene era anormalmente pequeño, de sólo 3 centímetros de longitud. Se lo amputaron durante la autopsia, siendo conservado mediante un proceso químico. En 1972 la Sala Christie´s pretendió subastarlo, pero nadie pujó.