2 DE MAYO DE 1808 III: Madrid da, Madrid recibe.

Nos despedimos en el anterior artículo hablando del parque de artillería de Monteleón, donde se encontraban unos pocos oficiales españoles — entre ellos los capitanes Daoíz y Velarde, así como el teniente Ruiz — al frente de un puñado de soldados y algunos civiles. Tras repeler un primer ataque de las tropas francesas, alguien da la voz de alarma: el poderoso IV Regimiento, reforzado por el Batallón Westfalia, están a punto de echarse encima de los españoles. Comienzan las hostilidades a lo grande y los defensores se las llevan de todos los colores. El teniente Jacinto Ruiz es herido en un brazo; alguien le venda y regresa a su puesto, sólo para ser atravesado momentos después por un balazo por la espalda.


 

2 DE MAYO DE 1808 III: Madrid da, Madrid recibe. Artículo enviado por Chuca.

 

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Sin embargo los defensores, menos de 150 españoles con apenas munición, continúan resistiendo. Murat es informado de la situación y envía una brigada con otros 2000 hombres que son repelidos tres veces, cayendo el capitán Pedro Velarde en la última oleada y siendo luego su cadáver profanado por el enemigo (muy poco elegantes estos franceses).

Daoíz y Velarde, aún en pie en una plaza de Madrid

        El marqués de San Simón, teniente general de Madrid, llega en ese momento al parque de artillería y solicita un alto el fuego, hábilmente aprovechado por los franceses para entrar al Parque y hacer prisioneros a los resistentes. El general Langrange, en otra gran ejercicio de savoir faire francés, se acerca a Luis Daoíz, que tiene una pierna destrozada y no puede sostenerse en pié, insultándole; el capitán, ante tamaño despliegue de educación, trata de devolverle el piropo espada en mano e inmediatamente caen sobre él varios soldados galos, clavándole uno de ellos la bayoneta por la espalda.

        Todo esto ocurrió en un plazo de tres horas, tiempo suficiente para que los franceses demostraran sus artes y para que cayeran siete mujeres españolas que ayudaron a defender la plaza.

        A estas alturas, el avispado lector habrá reparado en un detalle: el pueblo madrileño dando y recibiendo lo que no está escrito, apoyado por ínfimo puñado de militares. ¿Dónde estaba la mayor parte del ejército español? En Madrid sólo había unos 600 hombres, la mayoría dedicados al servicio honorífico de Palacio. La mayoría permanecieron en sus cuarteles siguiendo las órdenes del Ministro de la Guerra y la Junta de Gobierno, que gobernaba en ausencia del monarca. Sólo unos pocos, cuya mayor gradación era la de capitán, hicieron caso omiso de las órdenes para unirse al pueblo llano, que combatió valientemente sin importarle el despliegue de medios de los invasores. La nobleza y las jerarquías eclesiásticas también optaron por esa gran estrategia española conocida familiarmente como “hacerse el sueco”.

        Incluso 56 presidiarios de la Cárcel de Corte, bajo promesa de volver a cumplir su pena, colaboraron en la defensa armados de palos y barras de hierro, regresando al día siguiente todos excepto un herido ingresado en el Hospital General, otro muerto y un desaparecido. Este último quizá murió también, o fue el glorioso inventor del famoso “voy a por tabaco y ahora vuelvo”.

A las tres de la tarde la Junta de Gobierno, por medio de los ministros de Hacienda y Guerra, negocian con Murat el fin de las hostilidades, de modo que varios oficiales españoles y franceses recorren las calles anunciando la paz. Otro error. Los madrileños vuelven a sus casas y los franceses hacen gala, una vez más, de sus buenos modales. Siguiendo el plan ya utilizado en Milán, Roma, Lisboa y El Cairo, los invasores toman enormes represalias contra los madrileños montando un espectacular baño de sangre a modo de castigo y ejemplo, por si a cualquier otra ciudad se le ocurriera enfrentarse a ellos. Todos los prisioneros son fusilados, conociendo la misma suerte todo transeúnte al que se pillara por la calle con cualquier suerte de arma blanca. Esto incluyó al cirujano Inocencio Bedoya, que tenía dentro de su maletín el instrumental quirúrgico necesario para atender a un paciente o a la joven bordadora Manuela Malasaña por tener la feliz idea de llevar unas tijeras en la cesta. Los franceses se escudaron en que tales órdenes estaban escritas. Lo curioso es que tales disposiciones no aparecieron públicamente hasta dos días después.

Parque de Monteleón

        El Paseo del Prado, la Puerta del Sol, el Retiro, las tapias de diversas iglesias y la desgraciadamente célebre Montaña del Príncipe Pío, donde Goya retratara todo el horror como testigo directo, fueron escenario de los fusilamientos.

        A primeras horas de la tarde de aquel histórico día 2, Juan Pérez Villamil, Fiscal del Supremo Consejo de Guerra que pasa una temporada en su casa de Móstoles, es informado sobre los sucesos de Madrid y decide alertar a la Nación. El anciano alcalde Andrés Torrejón firma el Bando de Declaración de Guerra a Francia, que es llevado hasta varias poblaciones donde hacen copias para difundirlo y continuar el heroico levantamiento germinado en Madrid que dio lugar a la Guerra de la Independencia, en otro espectacular ejemplo de cómo el pueblo español se une cuando nos vienen a tocar las narices desde fuera.


        El cálculo de las bajas realizado por los historiadores estima que murieron alrededor de 500 españoles y hubo 180 heridos, mientras los franceses tuvieron casi 1.700 muertos, cerca de 500 heridos y 251 desaparecidos. Ese fue el balance de uno de los días más importantes en la historia de España.

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